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DEVOLUCIÓN DEL EDICTO DE AUGUSTO

DEVOLUCIÓN DEL EDICTO DE AUGUSTO
(También llamado Edicto de El Bierzo o Bronce de Bembibre)


(Original del Edicto exhibido en el Museo de León. Foto FCPB)


El Partido de El Bierzo (al que el Foro Cultural Provincia de El Bierzo asesora en materia cultural por convenio suscrito con dicho partido) ha solicitado la devolución del Edicto de Augusto, como en su momento se prometió, a El Bierzo.
Tras su hallazgo a finales de 1999, cerca de Bembibre (sobre esto podríamos hablar largo y tendido, ya las circunstancias de su hallazgo no son nada claras, nunca quedo muy claro si fue en el yacimiento de San Román de Bembibre, destruido de una manera temeraria y prematura por las obras de la A-6, o en Matachana, en el municipio de Castropodame), se prometió y requeteprometió que tras su estudio y comprobación de su autenticidad, la cual se puso de manifiesto, (ciertas personas dudaron su autenticidad, aún años más tarde, sin haberlo visto) sería devuelto a su lugar de origen. Se insistió en la importancia de que estuviera dentro de su contexto cultural, histórico y geográfico y se volvió a insistir en que su "viaje" iba a ser temporal. Por supuesto fuimos muchos los que desconfiamos de esas promesas, de esas palabras vacías, ya estamos acostumbrados a que intenten tomarnos el pelo, y es que de buenos se deben creer que somos tontos.
Desde hace algún tiempo el Museo de León lo exhibe entre sus fondos y no tiene ninguna intención de deshacerse de él. Se limita a ofrecer copias y justifica tal decisión en que el lugar adecuado para conservarlo es el Museo de León. Para terminar de liar la madeja, el anterior concejal de cultura ponferradino, Manuel Rodríguez, pidió que el Edicto pasase a formar parte de los fondos del Museo de El Bierzo ponferradino, algo que no nos parece correcto ¿por qué? Porque el Museo ponferradino no reúne las condiciones en su colección para encuadrar esta pieza dentro de un contexto y su sitio debe ser el Nuevo Museo del Bierzo Alto, dado el gran nivel de los yacimientos arqueológicos de las cercanías (Noceda del Bierzo, Castropodame, Congosto, Torre del Bierzo,…), el impulso al interés por las investigaciones que supondría recuperar una pieza de tal importancia, el disponer de un nuevo edificio y unos profesionales como el director del Museo, Manuel Olano, de reconocido prestigio y el obligar a cumplir lo que se prometio.
Entenderemos que esta pieza, dada su importancia, fuera trasladada al Museo Arqueológico nacional pero ¿por qué en León? La pregunta se responde ella sola para cualquiera que siga un poco la habitual relación entre El Bierzo y León. No es chauvinismo, es obligar a cumplir lo prometido. ¿Qué creen ustedes que pasara con los hallazgos que se encuentren en excavaciones que se están llevando a cabo en Castro Bergidum (Castro de la Ventosa)? ¿Creen que tras su estudio y catalogación van a retornar al Museo de Cacabelos? Mucho nos tememos que sucederá lo mismo que con el Edicto de Augusto. Descansará en una vitrina justificando que en León se conserva mejor. Las razones de porque se conserva en León mejor las desconocemos, tal vez es que el subjetivismo se ha elevado a norma.

(Replica del Edicto exhibida en el Museo de El Bierzo de Ponferrada)

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s2t2 -El centenario

El centenario
LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN (y 20)
Con el propósito de que la gran epopeya leonesa durante la Guerra de la Independencia no cayese en la oscura neblina del olvido, en 1908 se celebró por todo lo alto el primer centenario de aquel gran acontecimiento patrio. Ya en el mes de enero, nuestro periódico convocaba un concurso literario centrado en el desarrollo del conflicto dentro de la provincia, cuyo ganador sería recompensado con la cantidad de 100 pesetas
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

El jurado estaba formado por Manuel Diz como presidente, Juan Crisóstomo Torbado y el propio director del Diario de León. Finalizando el mes de abril, el alcalde de la capital, Tomás Mallo, dio a conocer el programa oficial de los festejos, en el que se incluía un vibrante bando: El 2 de Mayo de 1808, todos los españoles, que no podían soportar la dominación extranjera, protestaron enérgicamente contra ella; y no fue el último, sino el primero, en demostrar virilmente su desagrado, el siempre patriótico y noble pueblo de León, como se consigna en la Sala Capitular de las Casas Consistoriales. Al aprestarse España entera a celebrar dignamente el Centenario de su Independencia, tampoco nosotros debemos ser los últimos en demostrar que somos los sucesores de los que expusieron sus vidas y haciendas en holocausto, a lo que todos tenemos que anteponer a los demás intereses, el interés supremo de la Patria. Don Tomás añadía: Como estoy seguro que ninguno que se precie de leonés necesita más excitaciones para coadyuvar a los festejos que la Junta organizadora de ellos ha preparado, en cuya Junta están representados todos los elementos más valiosos de León y su provincia, confío que vuestra cooperación entusiasta salvará las deficiencias que pudiera haber en la realización de todo lo que la expresada Junta ha preparado; deseando vivamente llene las aspiraciones y entusiasmo de todos los leoneses. En que todo lo que se haga con vuestra valiosa ayuda, engalanando las casas e iluminándolas, resultará digno de nuestro culto pueblo y de nuestros antepasados, confía vuestro Alcalde que os saluda con el grito que está en todos vuestros corazones. ¡Viva España Independiente! ¡Viva León!

El 2 de mayo Señalada como fecha clave de las conmemoraciones centenarias, el 2 de mayo de 1908 las buenas gentes leonesas tomaron las calles con el orden y la compostura que era modelo de comportamiento entre nuestros abuelos. A las nueve en punto de la mañana se iniciaba en la Diputación una solemne sesión, a la que asistieron las autoridades y representantes de todas las corporaciones, centros, entidades y sociedades. Especialmente brillante resultó la alocución del obispo, merecedora de entusiastas críticas por parte de todos los medios, incluido un periódico tan refractario a las prácticas religiosas como La Democracia : A continuación hizo uso de la palabra el ilustrísimo señor Obispo, quien estuvo en extremo afortunado, mencionando la gran parte que el clero español tomó en aquella lucha de 1808 contra el francés invasor abandonando los templos, monasterios y conventos para luchar con denuedo en los campos de batalla contra formidables huestes del Gran Capitán del Siglo, alcanzando muchos de ellos grados en el Ejército que abandonaron al regresar a sus obscuros retiros. Sacó todo el partido posible, como era natural, a favor del Clero, con gran acopio de datos, hechos y citas históricas para venir a parar en que hasta el favor del cielo estuvo de nuestra parte en tan sangrientas jornadas, puesto que hasta la Virgen del Pilar, según rezan unas coplas, protegió la heroica lucha que por nuestra Independencia tuvieron nuestros abuelos. Fue varias veces interrumpido por entusiastas aplausos de toda la concurrencia, a los que unimos los nuestros en prueba de imparcialidad. No desmerecieron en cuanto a brillantez los discursos del alcalde, del presidente de la Diputación y del general Casellas, todos ellos llenos de símbolos y de figuras poéticas alusivas a la gesta protagonizada entre 1808 y 1813 por el pueblo español. Una vez terminado tan lucido acto, se formó una procesión cívica hasta la Catedral, encabezada por el pendón morado que es símbolo heráldico de la ciudad. En el templo tuvo lugar una misa de Réquiem en sufragio por los héroes de la Guerra de la Independencia, ambientada musicalmente por los cantos gregorianos que entonaron un grupo de seminaristas. A la salida de la Pulchra Leonina , y ante la tropa de la guarnición perfectamente formada, los niños corearon un himno a la bandera, que también fue saludada por las autoridades. Y tras un descanso para el almuerzo, las emociones se reanudaron entre las cinco y las siete de la tarde, tiempo en que permanecieron abiertas las galerías de la Diputación para que el pueblo paseara libremente por tan nobiliario recinto.

Himno a la independencia Tan atareada jornada se cerraba al anochecer con una extraordinaria velada que tuvo lugar en el Teatro Principal. En su transcurso se estrenó el bautizado como Himno a la Independencia , obra del laureado poeta señor Ballarna y cuyo envoltorio musical se debe al compositor Neira, maestro de capilla de la Catedral. Merecidos aplausos arrancó la interpretación al piano de las señoritas Casas y Gómez Algara, capaces de transmitir a los espectadores toda la fuerza de la composición e instrumentación de la inspirada y patriótica composición. La banda del Regimiento de Burgos también recibió un coro de aclamaciones al terminar la ejecución del número que le estuvo encomendado, pero esto no nos extraña ya que nos tiene acostumbrados a oír siempre buena música y bien interpretada. Los poetas Hernández Galán, González Lafuente, Blanco y Alonso, leyeron sus composiciones en el escenario del Principal, mientras que las damas participantes en la velada fueron obsequiadas con hermosísimos ramos de flores en nombre de la prensa, por iniciativa del señor Villabrille. Especial interés cosechó la obra Los guerrilleros , original de Lisandro Alonso, y El Corral de San Guisán , monólogo escrito en verso por el señor Calvo, director de La Democracia . Todos los participantes, en definitiva, acentuaron el sacrificio de los leoneses en aras del honor local. Los actos del centenario concluyeron el 3 de mayo, cuando el presidente de la Diputación y el alcalde repartieron dulces y caramelos entre los niños de las escuelas que habían participado activamente en las fiestas. Por la tarde se celebró un animado paseo en torno al kiosco de Guzmán el Bueno, amenizado igualmente por la banda del Regimiento de Burgos. También se clausuró la exposición fotográfica inspirada en el acontecimiento y, ya de puertas adentro, el Diario de León publicaba un cómic de tono costumbrista, el primero aparecido en nuestro periódico, cuyo título fue Cómo se celebra el Centenario en mi casa .

En Astorga La capital maragata habría de aguardar un par de años para festejar el centenario del sitio, aunque ya en el mes de abril de 1909 la Junta de Gobierno aprobaba el proyecto y presupuesto que para la construcción del monumento a los héroes de la Guerra de la Independencia había presentado el escultor Marín. A partir de entonces, todas las actividades sociales astorganas se centraron en la gloriosa actitud que mostraron sus antepasados en 1810, al sufrir lo indecible durante un cerco que sólo pudieron soportar, en palabras de un cronista local, a base de cojones y españolía . Una tesis similar, aunque expresada en tono más refinado, sostenía el poeta Alberto López Argüello:

El mejor himno a tu nombre

lo escribió la historia ya

en las piedras de granito

de tu mole secular.

Por eso, Astorga, tu nombre

generoso y ejemplar

suena a nombre de epopeya suena a aliento de volcán.

A las diez de la mañana del día 22 de abril de 1910 se reunieron en las Casas Consistoriales las distintas comisiones, autoridades e invitados, entre los que se contaban el señor Domínguez Berrueta, el alcalde de la capital leonesa y el gobernador civil. El corregidor tomó el estandarte de la ciudad y formando la habitual procesión cívica, se dirigió la comitiva a la Catedral, precedida de la banda municipal. Una vez colocadas las autoridades y comisiones en los lugares al efecto asignados, se celebró una misa de réquiem en sufragio de las almas de los héroes astorganos que dieron sus vidas por la independencia nacional. El oficio estuvo a cargo del señor obispo, mientras que la oración fúnebre corrió por cuenta del magistral del templo catedralicio.

Terminada la ceremonia marchó la comitiva a Puerta de Hierro, donde se rezó un responso. Dicho lugar fue el elegido por los franceses para abrir la primera brecha durante los avatares bélicos de 1810. A eso de la una de la tarde, comisiones e invitados se dirigieron al Ayuntamiento, solemne escenario para el banquete oficial. A los brindis, el alcalde realizó un brillante discurso de tema patriótico que fue premiado con nutridos aplausos. Reinó gran entusiasmo durante la comida, al igual que entre la multitud de forasteros que pasearon por la ciudad admirando el adorno de los balcones y los preciosos ramilletes que lucían las señoritas. De esta forma se conmemoró el centenario de aquella Guerra de la Independencia por la que, en afortunada expresión del profesor García de Cortazar, los españoles dejaron de ser súbditos para convertirse en ciudadanos.
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s2t2 -Victoria española

Victoria española
LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN (19)
Decidido a poner el mundo bajo su mando, Napoleón Bonaparte había diseñado en 1808 una estrategia de altos vuelos para conquistar la Península Ibérica y defenestrar a la corrupta y despreciable dinastía de los Borbones. Las primeras y aplastantes derrotas no doblegaron sin embargo la voluntad de un pueblo que se creía traicionado por los acontecimientos, pero estaba dispuesto a verter hasta la última gota de sangre en defensa de sus modos de vida tradicionales
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

El desarrollo del conflicto acabaría por institucionalizar la barbarie en ambos bandos, tal como evidencian las terribles imágenes nacidas del pincel de Francisco de Goya. Llegada la segunda mitad de 1812, el viento de la fortuna había cambiado sustancialmente para unos y otros. Los ejércitos aliados logaron entrar fugazmente en la capital del Estado después del resonante triunfo en los Arapiles, obligando a José I a exiliarse temporalmente en Valencia. De forma simultánea, los pueblos y ciudades ocupados por los patriotas ratificaban la Constitución liberal promulgada por las Cortes de Cádiz. Las autoridades leonesas juraron acabar el texto constitucional el día 16 de julio, en un solemne acto presidido por el mariscal de campo José María de Santocildes, elevado a la categoría de héroe mítico después de su gloriosa actuación durante el sitio de Astorga. De esta forma se desmontaron las estructuras administrativas del Antiguo Régimen, pues el artículo 309 de las nuevas normas exigía que León, por ser capital de provincia, contase con doce regidores, nominados el día 11 de agosto de 1812. A ellos se sumaron los alcaldes Bernardo Escobar y Manuel Martínez, por entonces médico de la Catedral. Otra reforma prevista incluía el nombramiento de un jefe superior, cargo que recayó en el brigadier José María Cienfuegos, cuyo cometido era establecer en la provincia la Constitución en todas sus partes y en cuanto las circunstancias lo permitan. Su mandato no se inició de la mejor forma posible, pues en un oficio fechado el 16 de septiembre comunicaba a su superior que cierto soldado enfermo había muerto en el portal de una casa sin que nadie le prestase ayuda, mientras que a otro se le administró la Extremaunción en plena calle. Castaños montó en cólera y, en su indignada respuesta, se admiraba de que en un Pueblo Español y mucho más en una Ciudad que contiene dentro de sí una Junta Superior, un Ayuntamiento, varios cabildos eclesiásticos y personas acomodadas, se trate con inusitada crueldad a los que diariamente derraman su sangre para conservarles la tranquilidad y arreglo de sus hogares .

En defensa del honor La misiva de Castaños concluía deplorando una actitud que no puede menos que desdorar a los ojos de la Nación, los timbres que en otros tiempos supieron adquirirse los Leoneses . Sin negar la mayor -la dejación de funciones con respecto a algunos soldados en precaria situación personal-, el jefe Cienfuegos se hizo eco de la furia desatada entre el vecindario ante tan graves imputaciones, remitiendo un nuevo escrito a Francisco Javier Castaños, si bien el tono era completamente distinto: para reparar el concepto que pudieron merecer a Vuestra Excelencia los vecinos de esta Ciudad, no debo ocultarle que, habiéndose dispuesto un petitorio que se verificó por el Gobernador de la Ciudad, un individuo del Ayuntamiento y otro del Cabildo, han encontrado el ánimo de todos ellos tan dispuesto a suministrar ropas y otros varios efectos para socorrer a los militares enfermos. El Ayuntamiento capitalino elevó incluso una protesta a la Regencia del Reino, que en un intento de calmar los ánimos y reparar los fallos que pudieran haberse cometido anteriormente, contestó a las quejas leonesas de la siguiente forma: Convencida de esta verdad, no puede menos de prometerse que, procediendo de común acuerdo las autoridades y movidas por el celo del más exacto y puntual desempeño de sus deberes y del más ardiente deseo del bien general de la Nación, procuren, cada uno por su parte, valerse de cuantos medios están a su alcance para impedir que en casos semejantes se repitan iguales desórdenes e intenten proporcionar todos los posibles alivios a los defensores de la Patria.

Reaparecen los franceses Semejante cruce de reproches y explicaciones quedaría rebajado a simple tormenta en un vaso de agua, una vez que se produjo la nueva y sorprendente reaparición de las tropas francesas. Todas las reformas de Cádiz quedaron suprimidas a partir del 7 de diciembre de 1812, cuando el ejército enemigo ocupó la capital leonesa e impuso, como en otras ocasiones, a sus hombres de confianza: Reyero en el corregimiento y Manuel de Ciarán al frente de la Intendencia de la Provincia. Fue una especie de canto de cisne, ya que la ofensiva llevada a cabo por Wellington tenía todas las trazas de ser definitiva. En el mes de febrero de 1813 se recibió en Madrid la orden de retirada, provocando que José I estableciera su residencia en Valladolid. Los afrancesados leoneses apenas tuvieron tiempo de celebrar la onomástica de su monarca, ya que el día 26 del mismo mes de marzo el Intendente anunciaba la partida: según las intenciones del Excmo. Sr. General en Jefe, debe desalojarse esta plaza y yo, por las circunstancias de una revolución sin principios, desastrosa y caprichosa, tengo que seguir el movimiento de las tropas. Según señala Patrocinio García, curioso cambio de actitud el de Manuel de Ciarán, un hombre que había aprovechado su estrecha relación con los franceses para enriquecerse con las compra de bienes desamortizados. Ante la inminencia de la derrota, Ciarán parece buscar la comprensión y hasta el aprecio de sus convecinos, recomendando por ejemplo a la Municipalidad que mantenga el orden, pues en él reside la autoridad popular y los vecinos tienen derecho a exigir la seguridad de sus personas. Y con respecto al cabildo catedralicio, continúa Ciarán, le pide que ponga especial empeño para evitar todo insulto de los habitantes , además de recomendar de forma muy especial los intereses y cuidados de los niños expósitos.

Pese a la marcha de los franceses en el mes de marzo, sus tropas se acantonaron en Mayorga y Valderas, amenazando la capital mediante frecuentes correrías que llegaban hasta las mismas puertas de León. La plaza estaba defendida por el Regimiento de Caballería de Húsares de la Rioja, al mando del coronel Francisco Salazar, cuya presencia logró mantener a raya a las huestes invasoras. Así fue hasta el 3 de mayo, cuando el general Boyer y sus hombres entraron en la ciudad para apresar, en calidad de rehenes, a varias personas de prestigio, que serían puestas en libertad a cambio de un grupo de militares y patriotas.

Ofensiva final

Las exigencias del general Boyer aumentaron con el paso de las horas, llegando a solicitar 50 bueyes de 300 libras cada uno, 20 camas completas, 24 sábanas finas y una multa de 500.000 reales por haber dado cobijo en la ciudad a distintos enemigos de su causa. El pueblo hizo oídos sordos al chantaje, seguro de que la ofensiva final de un Wellington ebrio de victoria pondría glorioso punto final al conflicto. Las tropas de Boyer siguieron efectivamente al grueso de ejército francés a mediados de junio, saliendo definitivamente del solar provincial. León festejó por todo lo alto el éxito aliado en Vitoria y la toma de San Sebastián, el 31 de agosto. Al recibir tan grata noticia, el Ayuntamiento determinaba colocar el retrato de Fernando VII en la Plaza Mayor, con la seguridad de que el monarca estaba a un paso de recuperar el trono español.

Entre manifestaciones populares rebosantes de un tremendo júbilo, León vibró con la victoria definitiva de las armas españoles en el mes de noviembre, causante de que Napoleón renunciase definitivamente a España tras la firma del tratado de Valencay, el 11 de diciembre de 1813, merced al cual la corona hispana era recuperada por los Borbones en la persona del taimado don Fernando: El valor y la lealtad vencieron a la tiranía y libre España este día gozará felicidad.

Después de cinco años en que la nación había padecido un conflicto de tan brutal magnitud, España se encontraba en una situación calamitosa. Muchas de las ciudades y pueblos estaban prácticamente destruidas, como era el caso de la heroica Astorga, mientras el resto de capitales se hallaban en un estado ruinoso. Los impuestos extraordinarios y los repetidos saqueos acabaron con la incipiente recuperación económica experimentada durante el reinado de Carlos III, llevando al comercio y a la industria a unas cotas mínimas. Pero a pesar de todo ello, España decidió plantar cara a su destino en 1808 y había logrado una imposible victoria en la Guerra de la Independencia, derrotando a los intrusos franceses enemigos de la Religión. ¿Por qué se ganó la guerra? Tanto en el imaginario colectivo como en los lemas políticos posteriores, tiende a olvidarse que la entrada de Inglaterra en la contienda resultaría crucial, al igual que el continuo hostigamiento por parte de los grupos de guerrilleros enfervorizados por la higiene de los ideales. Ambos factores resultaron decisivos a la hora de explicar un triunfo que causó sensación en la vieja y asombrada Europa. Tal como dijo el propio Napoleón Bonaparte: con audacia se puede intentar todo, más no se puede conseguir todo . El resto, ya es historia.
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EL MONASTERIO DE SAN JUAN DE MONTEALEGRE

LA DESTRUCCIÓN DE NUESTRO PATRIMONIO
EL MONASTERIO DE SAN JUAN DE MONTEALEGRE

Aspecto de la cabecera de la iglesia actualmente
En el primer valle de El Bierzo tras cruzar el puerto del Manzanal, a 4 kms de Torre del Bierzo, se encuentra el Monasterio de San Juan de Montealegre. Situado a los pies de la antigua calzada romana Vía Nova, de la que la iglesia del Monasterio conservaba dos miliarios, uno que sostenía el pulpito y otro junto al altar mayor, se encuentran las ruinas de uno de los 45 monasterios que formaron la Tebaida Berciana.


Este era su aspecto a principios del siglo XX. Nada que ver con las ruinas actuales.

Una de las primeras referencias a este Monasterio nos llega desde el año 946, año en el que su abad, Pimolo, se encuentra entre los asistentes al Concilio de Irago. En aquel momento, el Monasterio, se llamaba San Martín de Montes, aunque tras su conversión en hospicio su advocación se hiciera a San Juan y añadiéndosele Montealegre por ser este el pueblo del que era parroquia. La fabrica actual es románica, y poco se conserva de su pasado esplendor.
Pero esto no va mucho que no fue así. A principios de siglo se conservaba en muy buen estado (véase la foto adjunta) pero durante el siglo XX sufrió innumerables desatinos y expolios desapareciendo parte de los ajedrezados, la sillería de granito (con marcas de hasta seis canteros diferentes), los arquitos murales con decoración de billetes a manos de expoliadores profesionales y aficionados añadiéndosele a esto la perdida de casi todos los restos de sus pinturas murales, solo conservándose, a la intemperie, parte de ellas en su ábside izquierdo. La espadaña construida en el siglo XVI, con muros de más de tres metros de espesor, conserva en su interior los restos de una preciosa escalera de caracol, hoy, como con el resto, solo conserva sus ruinas.



(Foto 1)Marcas de hasta seis canteros diferentes en la sillería. (Foto 2) Restos de pinturas murales en el ábside izquierdo.

Actualmente, una, a todas luces insuficiente, verja metálica “protege” los restos. Dicha verja ya ha sufrido una ruptura (algo que hemos puesto en conocimiento de las autoridades) por la que sin duda ha entrado más de un amigo de lo ajeno a continuar con la tradición expoliadora.
A este expolio contribuye su difícil acceso y asilamiento, todo esto a pesar de encontrarse ¡a menos de 5 kms de la A-6!, pero aún así llegar al Monasterio es toda una odisea. La falta de carteles indicadores es un hecho, y pretender llegar desde Torre del Bierzo o desde La Silva supone perderse una y otra vez entre caminos que llevan a antiguas minas abandonadas. Solo desde Montealegre (pueblo que acoge un miliario como fuente) y gracias a la amabilidad de sus vecinos, se puede llegar relativamente bien, seguramente tras haberte equivocado de camino un par de veces.

Aspecto del ábside izquierdo desde el ábside central.

El problema es que este Monasterio, el pueblo de Montealegre y el de La Silva a pesar de encontrarse dentro de El Bierzo geográficamente, pertenecen al municipio cepedano de Villagatón, cuya cabeza municipal dista cerca de 18 kms. Es por ello que aunque la Mirada Circular (que está realizando una encomiable labor señalizando rutas) o el Consejo de El Bierzo, pretendan intervenir, no podrán al situarse fuera de sus competencias. El Partido de El Bierzo, siguiendo nuestro convenio de colaboración, se hace eco de nuestras demandas, en las que coincidimos plenamente, y solicita que se intervenga en la conservación y señalización, evitándose que lo poco que queda termine por desaparecer. Sirvan estas fotos de testigo de la agonía de este monumento.

Espadaña del siglo XVI con muros de más de tres metros de grosor y detalle de la escalera de caracol.

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s2t2 -«La Pepa», una Constitución a la española

«La Pepa», una Constitución a la española
LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN (18)
A comienzos de 1812, y ante el asombro del mundo entero, la España analfabeta, mísera y oprimida seguía plantando cara al todopoderoso y hasta entonces invencible ejército bonapartista. La cosecha de aquel año resultaría un auténtico fiasco, provocando que el hambre hiciera presa en una nación cada vez más debilitada por los efectos devastadores de la guerra
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

Los malos entendidos y desacuerdos llegaron hasta la supuestamente pacífica capital leonesa, pues el comandante Bert, al mando de la plaza, llegaría a ordenar el ingreso en prisión del procurador general, Sancho Antonio Vigil, persona afecta a su causa. También se multiplicaron los problemas a la hora de constituir una nueva corporación municipal, dado que algunos de elegidos alegaron distintas razones para no ocupar sus cargos. Al fin quedó constituido el Ayuntamiento local, cuyos miembros juraron acatar al rey José Bonaparte y cumplir fielmente las obligaciones relativas a sus empleos.

En marzo se celebró con toda solemnidad la onomástica del monarca, que para entonces ya se ocupaba personalmente de los conflictivos asuntos del país. Su hermano Napoleón, harto del desastre en que se había convertido la campaña desarrollada en nuestro país, marchó a Rusia para abrir un nuevo frente en la guerra total que asolaba Europa. Aquel mismo mes de marzo, las Cortes de Cádiz aprobaron la Constitución que se venía redactando desde 1810. Un texto de carácter progresista, basado en buena medida en la Constitución francesa de 1791, que incluía normas tan insólitas como delimitar las atribuciones reales. Conocida popularmente como «La Pepa», pues se sancionó el día de San José, fue rubricada por varios diputados leoneses, presentes en tan trascendental ocasión.

Según estudios de Máximo Cayón Waldaliso, antiguo cronista oficial de León, eran los diputados Miguel Goyanes, Luis González Columbres, Antonio Valcarce, Miguel Alfonso Villagómez, Francisco Santalla en representación de la Junta Superior de León, y Joaquín Díez Caneja, uno de los cuatro secretarios que actuaron en aquel histórico momento. Entre los firmantes también aparece José Casquete, diputado por Extremadura pero en su momento obispo-prior del convento de San Marcos.

Dale que dale

A pesar de la conquista de Valencia por el general Suchet, las tropas galas sufrían un acoso constante de los guerrilleros y su número de efectivos disminuyó considerablemente al ser trasladados a Rusia. Ciudad Rodrigo capituló ante Wellington, que al frente de 50.000 fuerza la conquista de Badajoz antes de dirigirse en el mes de junio hacia Salamanca, que cae igualmente del bando aliado hispano-británico. Haciendo de tripas corazón ante las penalidades cotidianas del día a día, una sensación de euforia comenzaba a dar alas al espíritu nacional, cohesionando a un pueblo que estaba dispuesto a todo con tal de ser rey de su destino:

Dale que dale:

¡Viva Fernando Séptimo

rabie quien rabie!

Ante la amenazadora proximidad de Welington, los franceses evacuaban León en la mañana del 10 de junio para sumarse al grueso de su ejército en Benavente. Con ellos iban las autoridades más comprometidas, cuya suerte había quedado ligada definitivamente a las armas napoleónicas. La liberación se celebró con la acostumbrada misa mayor y un Te-Deum en la Catedral. Apenas se habían apagado los rezos del ceremonial religioso cuando el ejército español entraba en la plaza, siendo reforzado con posterioridad por las unidades de Pablo Mier y el brigadier Pascual Liñán. De inmediato se inició la demolición de las fortificaciones levantadas por los soldados intrusos, además de adoptar medidas que garantizasen el orden y gobierno en la capital. Y todo ello en nombre del rey legítimo don Fernando, que desde su dorado exilio en Francia empezaba a creer en una victoria cada vez más cercana.

Asedio de Astorga

Con la intención de distraer fuerzas al enemigo en el choque que ambos ejércitos saldaron el día 22 julio en los Arapiles, a mediados de junio se iniciaba un nuevo sitio a la capital maragata, pero ahora llevado a cabo por nuestras tropas. El marqués de Portago dispuso el cerco, aunque el mando de las operaciones pasará posteriormente al especialista José María de Santocildes, decidido a recuperar definitivamente la capital que fue testigo de sus primeras glorias militares. Con este fin se colocó una batería frente a Puerta de Rey, a la que se añadiría más tarde otra pieza situada entre el castillo y Puerta Obispo. La situación resultaba muy compleja, pues las huestes enemigas del general Remond habían pertrechado perfectamente la plaza, al derribar el arrabal de Rectivía y cubrir con fosos y empalizadas las puertas del Obispo y del Rey. Una dificultad añadida a la imposibilidad de lanzar bombas y granadas contra un pueblo que albergaba tantos compatriotas.

Santocildes debió abandonar el sitio a mediados de julio, para unirse al ejército de Wellington en tierras salmantinas. No llegaría a tiempo de tomar parte en la victoriosa batalla de los Arapiles, auténtico punto de inflexión en la Guerra de la Independencia, aunque en su hoja de méritos incluyó la participación en la toma de Valladolid. Mientras tanto, Astorga permanecía sitiada y amenazada por una batería de tres cañones, aunque el ritmo de operaciones disminuyó considerablemente con los rigores del verano y la distracción de efectivos para otros objetivos más apremiantes. Finalmente, el general Castaños se presentaba ante la plaza mediado el mes de agosto y por medio de su ayudante, Pascual Enrile, ofreció a Remond una capitulación honrosa que pusiera fin a la enquistada pugna. El gobernador francés aceptó con alivio la propuesta, pasando Astorga a manos españolas después de dos meses de horrorosas privaciones que repercutieron, como era de esperar, en la indefensa población.

León constitucional Las luces de la escena pública se fijaron entonces en la Constitución aprobada por las Cortes de Cádiz, cuya puesta en funcionamiento se iba demorando por muchas y poderosas razones. Así las cosas, y en respuesta al retraso provincial en seguir las nuevas sendas constitucionales, el general Castaños manifestaba en un oficio del 4 de julio de 1812 que la Ciudad de León, que tantas y tan repetidas pruebas a dado de su patriotismo y amor a la independencia nacional, mirará como días los más felices aquellos en que se publique y jure el acto constitucional . Una postura confirmada por el Ayuntamiento capitalino, al responder a Francisco Javier Castaños que estaba de acuerdo con José María de Santocildes para la puesta de largo de la Constitución. El ya reconocido como mariscal de campo de los ejércitos nacionales confirmó desde La Coruña lo dicho por los munícipes locales, aunque afirmó no poder fijar el día en que pasaría a la capital para verificar lo anunciado. Y ruega Santocildes que el municipio ponga los medios oportunos para excitar el espíritu público de estos dignos ciudadanos tan distinguidos en todas ocasiones y acreedores a la mayor consideración. Los ediles leoneses atendieron con presteza la recomendación de Santocildes, y en la sesión municipal del 16 de julio se dio a conocer la inmediata llegada del militar catalán a la ciudad y la necesidad de publicar la Constitución aquella misma tarde y prestarle juramento en la mañana del día siguiente. Según recogió el escribano Félix González Mérida, el acto se realizó con toda la pompa y solemnidad que requería: acudió el Ayuntamiento en pleno, que junto a un piquete de caballería y una compañía de infantería de Tiradores del Rey condujo la Constitución desde las Casas Consistoriales a la Plaza Mayor. Entre los asistentes se hallaba el mariscal Santocildes, acompañado por Pascual Liñán, brigadier de los Reales Ejércitos y gobernador de la plaza, además de la Junta Superior, el intendente y otros caballeros y militares de relieve público. Posteriormente pasaron a la plaza de la Catedral, donde se repitió la publicación, y después la ciudad se retiró a sus Casas del Ayuntamiento . A las ocho de la mañana del siguiente día, 17 de julio, la corporación municipal se dirigió a la Pulchra Leonina portando un ejemplar de la Constitución. Allí esperaba un grupo de oficiales, presididos por Santocildes. Tal como refiere la profesora Patrocinio García, el mariscal se trasladó al altar mayor, al lado de la Epístola, sentándose bajo un dosel en el que estaba colgado un busto del rey Fernando VII. Había delante una mesa cubierta de terciopelo y sobre ella cuatro velas encendidas, un crucifijo, los Santos Evangelios y la Constitución. Todos los miembros de la Junta Superior y del Ayuntamiento fueron pasando ante ella, mientras Santocildes les tomaba juramento. Anteriormente, el militar accedió a la sala capitular y allí recibió el juramento de observar el texto constitucional por parte del presidente del cabildo, que a su vez lo tomó a todos los capitulares. Concluida la ceremonia, ambas corporaciones acompañaron al mariscal de campo hasta la casa-posada donde se alojaba, concertando con Santocildes que el día 19 se presentaría por todo el vecindario el debido juramento a la Constitución que habría de regir la vida local en el futuro. Un momento de gran alegría que contrastaba con todas las pesadumbres del pasado:

A congojas y sustos

han revelado

luminarias, repiques

y otros regalos.
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La provincia de El Bierzo en el Siglo XVI

Nota de VRedondof :

el que publique articulos de "claras tendencias" , no significa que yo este de acuerdo con esas tendencias , es mas , es mi opinion que todo lo que es CREAR ENTIDADES PUBLICAS es aumentar la burocracia y crear empleo PUBLICO , gasto que SE RESTA DE INVERSION , con el handicaps de no aumentar LA EFICIENCIA NI LA EFICACIA (EN NADA ... mas gente mamando de la gran teta).
Tampoco soy partidario de que el bierzo hable Gallego , ni que se le anexione a Galicia , ni que se tenga un idioma propio del bierzo.
Nacionalismos los justos , solo el que sirva para ensalzar el vino del bierzo en una comida con Botillo ...




La provincia de El Bierzo en el Siglo XVI

14 Agosto 2008 |

Una colaboración de Xabier Lago Mestre, Pte. de Fala Ceibe do Bierzo.

La división del condado de Lemos a fines del siglo XV supuso la creación del marquesado de Vilafranca y la compra de Ponferrada por los Reyes Católicos en 1486. Desde ese momento esta villa pasó a ser de realengo y tuvo como máxima autoridad a los sucesivos corregidores. Este intenso proceso de intervención real en la región se concretó también en la reordenación territorial a través de la creación de la Provincia de El Bierzo. Esta demarcación territorial buscaba una mejor integración de la región natural en las dinámicas de control real, caso de los ámbitos fiscal, judicial, gubernativo, militar y demás.

El conde de Lemos, Rodrigo Osorio, tras la derrota y la segregación de sus posesiones bercianas, continuó defendiendo sus pretensiones territoriales en los tribunales. Así lo hizo ante la Chancillería de Valladolid (1502), en sus alegaciones demandó “la villa de Villafranca con su castillo e tierra e vasallos e juridiçion civil e criminal, e la villa de Cacabelos con su jurediçion civil e criminal e la tierra e lugar de Corullon con sus vasallos e juridiçion, e la tierra de Aguiar con el castillo de Luçon, e el valle de Balçacel con su tierra e juridiçion, y el coto de Balboa con su coto y juridiçion, lo qual todo esta en la Provincia del Bierço (…)”. Comprobamos que el propio conde asume la nueva ordenación provincial, como válida y consolidada, para fijar la delimitación geográfica de sus perdidos territorios bercianos.

Para los Reyes Católicos, la vinculación del Reino de Galicia con El Bierzo es clara. Cuando se trata velar por la seguridad del Camino de Santiago (1499), los monarcas se dirigen “a todos los otros corregidores e alcaldes, e otras justiçias del dicho nuestro reino de Galizia, e de la provincia del Bierzo (…)”. Apreciamos pues la diferenciación entre los dos ámbitos territoriales vecinos, el reino y la provincia, que denota la especificidad de El Bierzo respecto a Galicia.

Para el reino de Galicia la Provincia de El Bierzo tenía un interés estratégico y militar. Así se deduce de las demandas de la Asamblea de Melide (1521), fijadas por la alta nobleza gallega ante el emperador Carlos V, aprovechando la negativa coyuntura antiseñorial y antimonárquica de la guerra de las Comunidades en Castilla. La contestación real a estas peticiones gallegas incluye la referencia a “proveer alguna gente de guarda en Ponferrada y en Monterey, porque es muy nesçesario para la buena guarda de ese Reyno (…)”. El rey manda “al my gobernador dese Reyno, que luego haga poner en la dicha villa treinta peones y una persona que tenga especial cargo y cuidado, cuenta e razón dellos, los quales sean asy para la guarda de la dicha fortaleza e villa de Ponferrad e pasos della, como para la execuçión de nuestra justicia e para lo demás que a nuestro servicio tocare (…)”. Vemos pues como el gobernador de Galicia tiene orden real para intervenir en el castillo ponferradino por la vinculación de éste con la defensa de Galicia.

Por otra parte, el corregidor de Ponferrada ejerció su jurisdicción en la Provincia de El Bierzo. Pero las protestas de los monasterios de Montes, Carracedo y Espinareda por esta intromisión judicial en sus territorios determinó que los RRCC quitasen finalmente la jurisdicción a su corregidor (1502), “libremente la jurisdicción zivil e criminal que son en la dicha provincia del Vierzo a aquellos a quien pertenecen para que usen della segun que lo azian o devian azer antes que nos vos preveiesemos del dicho oficio de corregimiento (…)”.

En sentencia de 1522, por el privilegio de exención de portazgo de Valencia de don Juan contra Ponferrada, se dice “e por ser como era, llave e principio del reyno de Gallizia, e la dicha villa, en lo que tocava al dicho portadgüo (…), e non en la dicha villa de Ponferrada que dividia e partia el dicho Reyno de Gallizia destos nuestros Reynos de Castilla y de Leon (…)”. Vemos pues que la localización de Ponferrada de nuevo aparece vinculada con Galicia. Hasta tal punto llega la peculiar situación geográfica de nuestra villa que provoca dudas y confusión a muchos. En un documento de toma de posesión del castillo de Ponferrada, por D. García de Toledo, se indica que “la tenencia de la fortaleza de Ponferrada, situada en el reino de Galicia o en otro reino del dicho Rey, nuestro señor, atendientes, aunque para tomar la posesión de la dicha tenencia no podemos personalmente ir (…)” (1561).

Los ponferradinos aprovechan su situación de capitalidad oficial de la Provincia de El Bierzo para demandar ventajas y privilegios. Así acontece con lo contenido en un documento poder de la villa de Ponferrada con peticiones concretas ante el Rey Felipe II (1587), “pedir licencia para que esta villa y vecinos de ella puedan empanerar, según lo tiene la ciudad de Leon, atento que es cabeza de provincia y falton de pan, y adonde concurren a aprovecharse de toda la tierra y de otras muchas partes (…)”. Un ejemplo más de que la competencia con la ciudad de León estimula de nuevo las demandas de Ponferrada de mejores servicios públicos.

Por lo que se refiere a la visión de los viajeros a su paso por El Bierzo, decir que muchos de ellos sitúan esta región en el Reino de Galicia. Claude de Bronseval concreta, en su “Peregrinatio Hispanica” (1532), que “aquí (Ponferrada) es donde termina el reino de Castilla y comienza el de Galicia. En este cambio de reino, cambiamos nosotros nuestra espada afilada (…)”. Y Bartolomé de Villalba y Estaña, en su libro “Peregrino curioso” (1570), indica “tiene esta villa (Vilafranca) buena vega, aunque ya está en Galicia, donde falta pulicia y sobra malicia (…)”. Tras el viaje de Ambrosio de Morales, en 1572, éste destaca nuestra peculiaridad geográfica, “El Bierzo es una región que cae entre Galicia y el reino de León, y está encerrada entre los dos puertos de Rabanal hacia Castilla, y el Cebrero hacia Galicia (…)”. Rematamos haciendo mención a los mapas históricos del siglo XVI, en los cuales surge parte de El Bierzo integrado en el Reino de Galicia. Son los casos de la cartografía de Abraham Ortelius (1579) o de Joan Blaeu (s.XVI), en este último “Valcasar” y “Ponte de Domingo Flores” están en Galicia, y Vilafranca en el límite.

O Bierzo, agosto de 2008.

www.obierzoceibe.blogspot.com

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s2t2 -(17) Guerrilleros en acción

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN(17) Guerrilleros en acción: 1808-1813
La situación estratégica de la provincia de León, su orografía montañosa, frontera y paso natural con Galicia y Asturias, fue causa de que la guerrilla tuviera un papel muy importante en nuestras tierras. Desprendiéndose de una roca, brotando del seno de una garganta y aprovechando todos los accidentes de un terreno que ellos conocían palmo a palmo, los ágiles guerrilleros hostigaban día y noche a la retaguardia de los ejércitos imperiales
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz


Igual ocurría en todos los pueblos y ciudades, en todas las llanuras y montañas de España. Para estimular al soldado de las tropas regulares y cooperar al esfuerzo común, el pueblo puso a su lado al «ciudadano guerrillero», aquellos hombres audaces, implacables enemigos del usurpador, salidos de la masa del pueblo y ligados a éste por las afecciones de la familia, de la amistad y de la homogeneidad de sentimientos.

Luego, desde el sitio de combate, el ciudadano guerrillero se dirigía al pueblo de su naturaleza, ocultaba las armas en el rincón más oscuro del hogar doméstico, y con la misma mano que acababa de sostener el sable o el fusil, tomaba los aperos rústicos y desempeñaba las faenas agrícolas o de cualquier otro oficio o profesión. Siempre dispuesto, acudía a todos los rebatos (toques de campana), regando alternativamente el suelo de su trabajo con el sudor de su frente y el campo de las lides con la sangre de sus venas. Así fue desde que las tropas francesas entraron en León a principios de julio de 1808, recibidas con enorme hostilidad por el pueblo llano. Durante cinco años a partir del levantamiento acaecido en mayo de 1808 en Madrid, y sobre todo desde la ocupación de la capital leonesa ese mismo verano, las gentes se batieron en luchas sanguinarias, contando con la ayuda de los guerrilleros que operaban por nuestros confines, al igual que ocurría en otros rincones de la península.

El capuchino Su protagonismo resultó decisivo en uno de los hechos más sangrientos ocurridos en nuestra ciudad, el día 7 de junio de 1810. En la colegiata de San Isidoro acampaban más de mil soldados de la 8ª división de dragones. El templo fue expoliado y saqueado. Robaron joyas y profanaron tumbas de reyes, pillajes que ocurrían cada día. Para corregir tales desmanes, leoneses ayudados por guerrilleros venidos de fuera, así como soldados desperdigados de los batallones reales comandados por el Marquesito , conocido guerrillero que actuaba por todo el noroeste de España, penetraron en la ciudad por la zona donde hoy está la calle Arco de Ánimas, plena de sabor antiguo y resonancias sentimentales.

Dragones franceses salieron de San Isidoro a su encuentro. La Plaza Mayor, inmemorial lugar de comercio y largos encuentros, fue el escenario primero de la enconada lucha. La mayoría de los paisanos leoneses perecieron por impacto de las balas, atravesados por sables o pisoteados por los cascos de los caballos de los coraceros. Uno de ellos, según cuenta la entrañable leyenda, se despeñó junto a su montura por las escalerillas de la Plaza Mayor. Los leoneses que sobrevivieron al primer encuentro escaparon en dirección al Corral de San Guisán, en el castizo barrio de Santa Marina. Aquí se produjo la última y más cruel batalla. Murieron casi 70 leoneses y 30 franceses, siendo enterrados todos ellos en el pozo que había en el lugar. Así, a fuerza de heroísmo y sacrificio, el Corral de San Guisán fue convertido en improvisado cementerio. Se ha dicho que a veces el clero formaba parte de la resistencia popular, no sólo por razones de patriotismo, sino en una desesperada acción de retaguardia para defender a ultranza a la Iglesia. En la provincia de León se sabe de las andanzas y actuaciones del guerrillero fray Juan de Deliva, de sobrenombre el Capuchino , y clérigos de la diócesis como Orallo en León, Salvadores en Astorga, y decenas más repartidos por el territorio local. En un libro-novela del año 1871, el escritor Esteban Carro Celada menciona más de cien clérigos guerrilleros.

Reglamento de partidas

Existieron tres tipos de guerrillas. Las lideradas por civiles, propias militares y las que eran comandadas por un clérigo católico. Hasta hubo un «Reglamento de Partidas y Cuadrillas» que estableció la Junta Nacional Central para todas ellas, dictado en diciembre de 1808. Contenía dieciocho artículos y regulaba, en resumen, las contribuciones extraordinarias, requisa de armamento, caballos, alimentos, vestuario, donativos y cualquier otro recurso necesario para sustentar la resistencia y amparar a los guerrilleros. Ante el desarrollo que estaban tomando las partidas lideradas por sacerdotes, el mariscal Bessières dictó un bando con seria advertencia, no para la Iglesia católica en sí, sino dirigido a los religiosos y frailes. Manuel Traggía, con el nombre de fray Manuel de Santo Tomás de Aquino, perteneciente a la orden del Carmen Descalzo, fue uno de los activistas más destacados en la lucha contra Napoleón, según cuenta Pedro Pascual en su obra Curas y frailes guerrilleros en la Guerra de la Independencia . Los franceses, en represalia, causaron daños irreparables en casi todos los conventos que esta orden tenía repartidos por España. Sin embargo, fueron los capuchinos quienes más se distinguieron en la lucha de guerrillas. En cuanto a la postura de los obispos, hubo de todas las tendencias. Los que mostraban cierta complacencia con la situación y los que estaban radicalmente en contra. Por ejemplo, en documentos fidedignos que cita Pascual, el obispo de León fue acusado de abominable conducta política por sus muestras de apego al bando francés. Al obispo de Astorga, Vicente Martínez Jiménez, le costó la sede el haberse insubordinado contra el hermano de Napoleón. Primero le prestó obediencia, luego, arrepentido, se negó a colaborar y vivió escondido en los montes de León. Los golpes más duros contra las órdenes religiosas y la Iglesia en particular se produjeron en 1809, pues José I firmó en Madrid un decreto por el que suprimía todas las órdenes regulares, monacales, mendicantes y clericales existentes en España.

Entre los clérigos guerrilleros más sobresalientes destaca el cura Merino, de nombre Jerónimo Merino, nacido en un pueblo de Burgos en 1769. Cursó estudios en el seminario de esa ciudad. La primera partida que formó tenía sólo veinte hombres. Creció en integrantes y con el tiempo se incluyó en el Regimiento de Infantería de Arlanza y en el Regimiento de Húsares de Burgos. El temido cura Merino fue un auténtico líder, maestro en golpear duro al enemigo. En 1814, Fernando VII le nombró canónigo de Valencia. Duró poco en el puesto, pues luego volvería a empuñar las armas en las guerras carlistas.

Hombres de honor No se comprende la Guerra de la Independencia sin el valor y audacia de los guerrilleros. En nuestra provincia actuaron patriotas como el ya citado Porlier, que hacía sus incursiones en León viniendo desde Asturias. O Atanasio el Manco , cuya base de operaciones estaba en los altos de Oteruelo, capaz de encabezar una partida de treinta jinetes que aparecía por San Francisco o el Parque (donde está hoy el cuartel de la Guardia Civil). El maragato Salvadores, que intervino en el sitio de Astorga, al igual que Julián Sánchez el Charro , combatientes infatigables y agresivos que lucharon bajo el mando de Santocildes, héroe del sitio. Llamazares cita al seminarista Francisco González, perteneciente al batallón «literario», que después del desastre acontecido en la batalla en que intervino, regresó con la bandera a León. La guerrilla de la Independencia, fenómeno social que enlaza con los precedentes de la feroz resistencia al poderío romano y la reconquista contra los árabes, ha dado lugar a múltiples debates. Los puntos de controversia están en la indisciplina y la inhumanidad de los guerrilleros, pero al fin se les reconoce que sin su ayuda hubiera sido difícil vencer a los imperiales. Rara fue la provincia que no tuvo su guerrillero: Juan Martín el Empecinado y Saturnino Albuín de Castro, que lucharon en Guadalajara; Francisco Sánchez, conocido por Francisquete , en la Mancha; Mariano Renovales y Miguel Sarasa, en Aragón; el presbítero Quero, Ayestarán y Logedo, en las provincias de Toledo y Extremadura; Espoz y Mina, en Navarra; Romeu, en Valencia; Juan Clarós y José Manso, en Cataluña; el llamado Médico , en Madrid. Y así hasta cientos y cientos, sin contar los que quedaron olvidados en la ingrata nebulosa del tiempo. La Guerra de la Independencia fue eminentemente nacional. Tomó parte activa en ella el pueblo en masa, levantado como un solo hombre contra el invasor. Mujeres, niños, ancianos, sacerdotes, seglares, ricos, pordioseros, todos animados por un mismo espíritu: arrojar a los franceses, que aunque ganaron muchas batallas, hubieron de abandonar la península dejando tras de sí 300.000 cadáveres. Napoleón reconoció el coraje de los españoles y así lo dio a entender claramente con estas expresivas palabras, recogidas en el Memorial de Santa Elena : Les espagnols en masse se conduisirent conmme en homme d¿honeur.Je n¿ai rien à dire à celà sinon qu¿ils ont trionphè, qu¿ils ont eté cruellement punis¿ ils meritaient mieux. O dicho sea en idioma castellano: Los españoles en grupo se comportaron como hombres de honor. No tengo nada que decir al respecto, salvo que han triunfado, que han sido cruelmente castigados¿ ellos merecieron algo mejor .
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s2t2 -(16) La leyenda del dragón despeñado

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN(16) La leyenda del dragón despeñado MAÑANA Guerrilleros en acción: 1808-1813
Los ecos de la gran infamia perpetrada en el Corral de San Guisán perduraron durante largo tiempo, aunque la actuación de algunos paisanos de la capital comenzara a ser puesta en solfa. Félix Carrera, uno de los oficiales que capitanearon la guerrilla, señala que muchos de los vecinos no les permitieron entrar en sus casas para refugiarse en ellas, mientras que las mujeres cargaban los fusiles para que les hiciesen fuego
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

Es más; distintos jefes militares franceses confesaron a Juan Antonio Posse, cura de San Andrés, que habrían sido derrotados si los españoles no se hubiesen entregado al saqueo. Versión que parece justificar el papel hallado en uno de los tarros de la botica del hospital de San Antonio Abad, firmado por el farmacéutico afrancesado Alonso Tomé. En él se dice literalmente: El día siete de Junio de mil ochocientos diez, a la hora de las cuatro de la mañana, entraron las tropas españolas por la puerta que está frente del Malvar, pudieron sorprender a los franceses: no lo hicieron por su mal gobierno. Con todo, el mucho valor de las guerrillas que avanzaron en corto número por toda la ciudad los pasmó. Murieron unos sesenta españoles con veinticuatro franceses, entre ellos un capitán suizo hermano del comandante llamado Labordier. Las tropas españolas fueron un regimiento nuevo llamado de Castilla; otro de Monte-Rey, excelentes tropas, dignas de todo honor: sus comandantes muy poco juicio, por cuyo motivo no pongo sus nombres. Las puertas de esta botica demuestran bien por los balazos que tienen qué día sería para los vecinos de esta ciudad. Entre los botes que se quebraron por las balas que entraron quedó éste donde está este papel. Duró el fuego hasta las diez. Sea como fuere, la acción finalizada trágicamente en el Corral de San Guisan está incluida, con todo merecimiento, en el mejor registro sentimental de la ciudad. Al cumplirse el centenario del suceso, en 1910, se programaron distintos eventos para su conmemoración. El día 7, a las cinco de la tarde, salió desde el Ayuntamiento una procesión cívica en la que figuraban el gobernador civil, delegación del obispo, delegado de Hacienda, el alcalde y el juez de primera instancia, además del numeroso público presente a lo largo del recorrido. Precedidos por la banda de Hospicio se dirigieron a la Catedral, donde se cantó un responso en sufragio de las víctimas. Desde allí se dirigió la comitiva al Corral de San Guisán, para que el alcalde descubriera una lápida alusiva, colocada en el exterior de la casa número 4, en la que figuraba la siguiente inscripción: A los héroes de la Guerra de la Independencia en la gloriosa jornada del 7 de junio de 1810 .

El combate de las ideas

El miedo era el mensaje que pretendía infundir la guerrilla con su sorprendente incursión, objetivo sobradamente cumplido pues a primeras horas de la madrugada del día 9 de junio salieron todos los militares franceses de León, dejando acogidos en el hospital a cuatrocientos enfermos. La ausencia fue corta, pero de vuelta a la capital dictaron una serie de medidas encaminadas a reforzar la seguridad de la plaza: se hicieron fortificaciones y fosos, además de abastecerse de víveres y derribar las casas próximas a la muralla. Los munícipes emitieron un bando complementario exigiendo que cada leonés siguiera con sus tareas habituales, pues todos los que se vieran parados en las calles serían sancionados con una multa. Y en cuanto a los alcaldes de barrio, debían pasar dos partes diarios informando de la situación en su parroquia o distrito.

El combate de las ideas entre patriotas y afrancesados se avivó por entonces gracias a una forma incipiente de propaganda interesada. En un intento de socavar la moral pública, diversos bandos informaban al vecindario sobre las victorias del ejército imperial en Lérida o Puebla de Sanabria. Incluso se celebró un Te-Deum con repique de campanas para festejar la rendición de Ciudad Rodrigo a las tropas galas. Los nuestros no se arredraron, y en la mañana del 3 de octubre apareció fijado en una esquina del corral del marqués de Villadangos, sito en los Cuatro Cantones, un pasquín que injuriaba en gruesos términos a José Bonaparte. Muchos leoneses lo leyeron entre risas y comentarios maliciosos, hasta que un oficial francés se acercó al lugar y rasgó el folleto con su sable. A modo de castigo, el gobernador Lauburdiel impuso a la parroquia una contundente multa de 12.000 reales.

Las cortes de Cádiz

Antes de que finalizara el problemático año de 1810, tuvo lugar muy lejos de León un hecho decisivo dentro del flujo histórico que estaba transformando la identidad secular de España. A finales del mes de septiembre y en la blanca y luminosa capital andaluza, se abrieron las sesiones de las Cortes de Cádiz. Un esfuerzo de tintes prematuramente democráticos encaminado a reconducir los destinos del país, si bien condicionado por la política de elites que trataban de imponer los representantes del Antiguo Régimen, presentes en el Consejo de la Regencia. Pese a que la capital estaba ocupada por las huestes francesas, León eligió sus representantes en base a unos requisitos que exigían ser hombre con más de 25 años y casa abierta. Las elecciones se iniciaron en las parroquias, luego siguieron en las cabezas de partido -Villafranca, Ponferrada, Bembibre, Babia y Valdeburón-, concluyendo el proceso en el monasterio de Carracedo. La votación definitiva, celebrada el 29 de agosto de 1810, arrojó los tres nombres que viajaron a Cádiz en representación de la provincia: Antonio Valcarce, abogado de Ponferrada; Luis González Colombres, canónigo de Astorga; y Joaquín Díaz Caneja, el celebre letrado natural de Sajambre.

Dentro de aquel mundo atascado por grandes sucesos, una tensa monotonía imperaba en nuestra ocupada capital, cuyo discurrir cotidiano seguía al pie de la letra las directrices de las autoridades impuestas por los franceses. Las leyendas son, al fin y al cabo, una forma de defenderse del olvido, así que los recientes sucesos del Corral de San Guisán se adornaron con relatos como el del dragón que, borracho y enloquecido, se precipitó por la escalerilla de la Plaza Mayor en la aciaga jornada del 7 de junio. Otra hebra en el tejido bordado por las tradiciones que sería incorporada para siempre al acervo colectivo leonés. De esta forma se despidió el año, a los sones de unos villancicos empapados de rabia cívica:

Gloria a Dios en las alturas

y en la tierra paz al hombre,

y para estar más en paz: mueran los Napoleones.

Reconquista de Astorga

A comienzos de 1811, el organigrama militar galo encumbraba al general Bessières como jefe de la zona norte, que comprendía las provincias Vascongadas y gran parte del Reino de León. En el bando contrario, los españoles seguían al mando del general Mahy, mientras permanecían asentados en El Bierzo y otras tierras provinciales. Mahy fue sustituido por un viejo conocido, José María de Santocildes, imbuido de un extraordinario prestigio tras su gloriosa defensa de Astorga. Se había fugado de Francia, donde permanecía prisionero, y una vez reintegrado en la milicia era nombrado por la Regencia, el día 11 de marzo, comandante interino del sexto cuerpo del ejército. Después de disciplinar y organizar a sus hombres, cayó repentinamente sobre la casi desguarnecida Astorga, dispuesto a vengar la derrota anterior. Y lo logró el día 22 de junio, entre delirantes aclamaciones de un pueblo que volvía a reencontrarse con el héroe de los sitios. Poco duró su estancia en la ciudad, pues a finales del agosto el general Dorsenne tomaba nueva posesión de la martirizada capital maragata, harta de pasar de mano en mano.

Las huestes francesas llegaron hasta El Bierzo, aunque no pasaron de Villafranca a causa de la tenaz resistencia planteada en toda la provincia por patriotas como el leonés Federico Castañón. El ejército invasor se contentó con saquear a conciencia los pueblos ocupados, llevándose como rehenes a personas principales de cada lugar como prenda de pago para las exageradas contribuciones de guerra que se impusieron a los vencidos. No obstante, a pesar de que la fabulosa máquina militar de Napoleón Bonaparte parecía haber logrado muchos de sus objetivos, lo cierto es que la guerra ardía por todo el territorio y el ejército aliado de Wellington comenzaba a obtener triunfos tan resonantes como el logrado en La Albuela, Badajoz, el 16 de mayo de 1811. Nada estaba escrito aún, tal como prueba la amenaza de abdicación planteada por José I, un hombre con excelentes prendas personales a decir de todos sus biógrafos.

El rey intruso mantenía una dura dialéctica con su ilustre hermano, a causa de sus continuas interferencias en el gobierno y los asuntos de España. Napoleón le respondió con un explícito despacho en el que confesaba estar harto de una guerra infructuosa, en la que decía haber invertido 400.000 hombres y 800 millones. Para empeorar las cosas, el tribunal criminal de Valladolid juró por su cuenta fidelidad a Napoleón Bonaparte, obviando al afligido José. Un monarca puesto en absoluto entredicho, tanto por sus aliados como por sus enemigos:

Pepe Botella se puso

la corona real de España.

La cabeza le dolió

y ha tenido que dejarla.
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s2t2 -(15) El Corral de San Guisán

El Corral de San Guisán
LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN (15)
Corría el año 1810 y España estaba sumida en un naufragio general de ideales y sentimientos, mientras proseguía la guerra sin cuartel entre patriotas y franceses. Desde que en el mes de diciembre anterior el general Ferry se estableció con sus tropas en León, la ciudad había contemplado el regreso de las autoridades impuestas por los invasores. Reyero era nuevamente corregidor y Nicolás Javier Suárez fue nombrado alcalde mayor, ocupándose de las funciones jurídicas del Ayuntamiento
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

Durante el mes de enero volvió Manuel de Ciarán, mostrándose muy satisfecho por haber encontrado tranquilidad y buena armonía entre la Guarnición y el Pueblo. En estas circunstancias, en que el delirio va pasando y la razón recobra sus derechos, me ha parecido que convenía hablar al Pueblo . Así lo hizo por medio de una rotunda proclama, en la que intentaba demostrar la superioridad de las armas francesas sobre las inglesas y españolas. La supuesta balsa de aceite que era León a comienzos de 1810, donde al parecer imperaba el buen espíritu público del que habla Ciarán, ocultaba en su interior un proceloso mar de fondo. Uno de los principales motivos de queja entre los vecinos se refería a motivos económicos, pues mientras Junot estrechaba el cerco de Astorga impuso a León una contribución de dos millones y medio de reales, encargando a su ejército que cumpliese la orden con la mayor diligencia. Otras decisiones burocráticas y administrativas causaron hondo malestar entre nuestros tatarabuelos, como fue instituir una nueva división de España en prefecturas, adoptada el 17 de abril de 1810. De esta forma, en Astorga se estableció la Prefectura de León, mientras que la capital quedaba relegada a simple Subprefectura, dependiente de aquélla. El Ayuntamiento protestó enérgicamente por semejante medida, remitiendo escritos a José Bonaparte en los que se exaltaba la bella proporción de la ciudad, su localización y el timbre y honorífico concepto que ha tenido siempre en el registro de la Historia. Y ello por no hablar de las cinco importantes ferias que se celebraban en un lugar que era, en opinión de los regidores, espejo de valores antiguos.

A robar gallinas

Tampoco ayudaba a la concordia la caída de Astorga en poder de los franceses, hecho acontecido en el mismo mes de abril, o los sucesivos despojos efectuados en los más señeros establecimientos religiosos de la capital. El convento de los Descalzos y el de San Isidoro, transformados por los intrusos en cuarteles militares, sufrieron numerosas tropelías y profanaciones por parte de la soldadesca. Un pillaje de tintes blasfemos que hacía afilar el cuchillo de la venganza entre los leoneses e inspiraba burlonas reflexiones sobre los auténticos motivos e intereses galos: ¿Los franceses a España, a que han venido?

A comer las gallinas y a beber vino. En esta tensa tesitura, el general Nicolás Mahy, jefe del Ejército de la Izquierda, decide contestar de algún modo la conquista de Astorga y alarmar a los Enemigos , así como introducir grano en una provincia azotada por los estragos de la penuria. El plan consistía en un ataque contra la capital llevado a cabo con un empuje de lo más vivo , cuyas posibilidades de éxito se cifraban en un 90%. Así las cosas, el día 6 de junio se reunieron en Otero de las Dueñas tropas del Regimiento de Castilla mandadas por Francisco de Hevia y el Batallón de Rivero. Mientras tanto, los gabachos se creían seguros y a salvo en León, según asegura en un parte el gobernador de la plaza al general Lauburdiel, gobernador provincial. No era para menos, en vista del poderoso contingente militar establecido en la ciudad, en el que se incluía un buen número de efectivos pertenecientes al Regimiento Suizo que formaba parte del ejército bonapartista.

Las fuerzas españolas se pusieron en marcha con las sombras de la noche, y a eso de la una de la madrugada parte del Regimiento de Castilla ya se encontraba en el puente de San Marcos, aunque hubo de esperar varias horas para que el resto de la compañía se uniera a ellos y pudieran atacar en conjunto. Y así ocurrió, rompiendo varias puertas y entrando en León precedidos por el estruendo de la fusilería. El objetivo primordial consistía en tomar las calles que miran a San Isidoro, donde se creía estaban recluidos la totalidad de los franceses, pero los nuestros se encontraron con la desagradable sorpresa de ver repartidos a los enemigos por diferentes casas y puntos, aparte de ser muchos más de los trescientos cincuenta soldados que se estimaban.

Épica callejera La guarnición gala pronto se rehizo de la sorpresa y cargó contra los patriotas, rompiéndose el fuego en todas partes. Siguiendo al pie de la letra una lógica de exterminio, cargaron a caballo contra la guerrilla, que marchó en dirección al centro de la población. El sórdido cuerpo a cuerpo se generalizó en torno a la parroquia de San Martín, con los españoles disparando a la infantería enemiga desde la calle Plegaria y la calle Nueva. La lucha se hizo aún más enconada en la Plaza Mayor, en la cual muchos de los nuestros fueron acribillados a balazos frente a la Casa Consistorial, mientras gritaban ¡Viva España! ¡A vencer o morir! Los pocos supervivientes, reforzados por algunos paisanos de las barriadas de Mercado y Santa Marina que se sumaron a la refriega, escaparon a la carrera hacia el que habría de ser su último baluarte: el Corral de San Guisán.

Escenario con mucho de libresco, se trataba entonces al igual que ahora de uno de los rincones más íntimos de la ciudad, elegido por los leoneses para erigir en el siglo XII una capilla dedicada a San Crisanto, muy relacionada con el nobiliario linaje de los marqueses de San Isidro. Allí se pertrecharon los patriotas y resistieron los sucesivos embates del enemigo, provocando una mezcolanza horrible y sangrienta de cuerpos tirados de cualquier manera. El combate se saldó con la derrota de los nuestros, mártires en aquella desigual epopeya por la independencia. Hasta el cielo estaba de luto a las once de la mañana, cuando los tiros cesaron y los españoles que seguían con vida escaparon hacia Otero de las Dueñas.

Luto y gloria

Una jornada, la del 7 de junio de 1810, de luto y gloria, así versificada en 1910 por Daniel Calvo:

Malditos en vida y muerte

sean siempre los que hicieron

correr la sangre bendita,

por su ambición, de dos pueblos:

el bravo pueblo francés y el valiente pueblo íbero.

Aunque las diversas fuentes no acaban de ponerse de acuerdo acerca de los muertos y heridos que produjo la trágica colisión vivida en nuestra ciudad, no cabe duda de que las bajas fueron elevadas en ambos bandos. Francisco Hevia cifra las de los franceses en 190, incluyendo un comandante que era hermano del gobernador Lauburdiel, mientras que la guerrilla también sufrió numerosa pérdida, padecida especialmente en los episodios de la Plaza Mayor y el Corral de San Guisán. Fue, en definitiva, una lucha desesperada por la supervivencia individual y moral del afligido pueblo leonés.
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s2t2 -El húsar Tiburcio


Después del infructuoso intento de conquistar Astorga en octubre de 1809, el 21 de marzo de 1810 los franceses establecieron un cerco alrededor de la capital maragata con el propósito de tomar tan codiciada plaza. Al mes siguiente, el general Junot se sumó al asedio de una ciudad que ya padecía los estragos del hambre y la falta de municiones
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

El 20 de abril, todas las baterías galas abrieron fuego de forma simultánea, provocando un cañoneo tan atronador que se oía desde León. Al rayar el alba del día 21, y según relata Ángel Salcedo en su monografía sobre la heroica ciudad, unas granadas caídas sobre la Catedral prendieron fuego a la sacristía, incendio que pudo ser atajado con prontitud gracias al esfuerzo de los vecinos. No corrieron la misma suerte distintas viviendas sitas en Rectivía y en las calles de Santa Marta y Sancti Spiritus, arrasadas por las bombas del enemigo.

A las once de la mañana de aquel mismo día se destacó de la trinchera más próxima un soldado con bandera blanca y, una vez adentrado en la plaza, se identificó como español y cabo del Batallón de Voluntarios de Ribadeo, que había sido capturado en Foncebadón. Traía un recado de Junot para el gobernador de Astorga, diciendo que si no se rendía en el plazo improrrogable de dos horas, sus tropas entrarían en la ciudad a sangre y fuego, pasando a cuchillo a todos los que estaban dentro, sin respetar edad ni sexo. El rehén añadió que los franceses ocupaban todos los puertos exteriores, sin que se pudiera esperar socorro alguno por parte del ejército español. Celebró entonces Santocildes una conferencia con los jefes militares, manifestando todos ellos que no procedía rendirse sin haber sufrido un ataque general. Es más, el soldado que trajo la misiva de Junot se negó a volver con la respuesta, pidiendo un fusil para seguir luchando por la patria.

Fue un oficial de los encargados de defender Rectivía quien comunicó la negativa al general galo, quien le mostró los 14.000 soldados que ya estaban preparados para el ataque final. A eso de las dos y media, 2.000 franceses se lanzaron a paso de carga sobre Rectivía, amparada por apenas medio centenar de voluntarios leoneses. Cuando el arrabal parecía a punto de caer, salieron por la Puerta del Obispo el resto de voluntarios de León y varias compañías de Lugo y de Santiago, trabándose unos y otros en un feroz combate a bayoneta calada y arma blanca. La llegada de nuevos refuerzos desde el interior decidió la lucha, pues los galos hubieron de retirarse dejando un montón de cadáveres.

Cargan los granaderos

Sin arredrarse lo más mínimo, un contingente de 1.000 granaderos, fogueados en los campos de batalla de toda Europa, se lanzó sobre la brecha abierta en la muralla, equipados con escalas y asaltos. A pesar de las descargas de fusilería que diezmaban sus filas, lograron entrar en la ciudad y llegar hasta la Catedral, pero la violenta respuesta de los paisanos lograría expulsar a los intrépidos invasores, aunque no alejarlos de la muralla. Y allí mismo se dispusieron a pasar la noche, preparados para reanudar el combate con los primeros rayos de sol. En las calles de Astorga se encendieron fogatas, desde las que se oían perfectamente los golpes de piqueta con que los franceses trataban de colocar minas en el cerco de piedra.

Pese a la proeza de rechazar a los granaderos, la suerte de Astorga ya estaba decidida. Así lo comprendió Santocilces al hacer recuento de las municiones existentes, apenas treinta disparos de fúsil por hombre, veinte tiros de cañón, una bomba y una granada. Y con los torreones de la muralla a punto de derrumbarse, lo que dejaría indefensos a los ciudadanos ante la última y despiadada carga francesa. La junta de jefes se reunió a la una de la madrugada, manifestando su sorpresa ante la sugerencia de capitular que presentó el brigadier catalán. Pero al conocer las escasas municiones restantes, y sobre todo con la intención de salvaguardar al desguarnecido vecindario, se acordó enarbolar bandera blanca al amanecer. Y si el enemigo se negaba a pactar una capitulación honrosa, lucharían todos hasta la muerte. Antes, Santocildes se trasladó al Ayuntamiento para comunicar su decisión a los munícipes astorganos.

Honrosa capitulación El gobernador puso en conocimiento de las autoridades civiles la carencia de municiones, así como la superioridad absoluta de las fuerzas enemigas, como demostraban los dos puntos de la muralla que ya habían sido flanqueados por los franceses. El Ayuntamiento estuvo de acuerdo en solicitar una capitulación honrosa, a excepción del Sr. Martínez Flórez, dispuesto a no ceder en ningún caso. Pero el personaje que brilló con luz propia en aquella lúgubre y memorable sesión, celebrada a primeras horas de la mañana del 22 de abril, fue el anciano Pedro Costilla, antiguo corregidor de Astorga y persona muy importante en la vida social. Santocildes, en su Resumen histórico , recuerda así la actuación del veterano patriota: Este virtuoso y venerable anciano, de más de sesenta años de edad, renovando en su corazón toda la fuerza de la juventud y toda la virtud de los héroes, a pesar de estar convencido de la absoluta necesidad de admitir una capitulación honrosa, prorrumpió lleno de entusiasmo: ¡Muramos como los numantinos!

Al clarear el día se colocó una bandera blanca en la Puerta del Obispo, mientras que el oficial Guerrero cabalgaba hasta las líneas francesas para entregar la capitulación, que Junot firmó sin apenas leerla. A eso de las once entró en Astorga el general Boyer para tomar posesión oficial de la plaza, seguido poco después por Junot, que no quiso aceptar el sable que le tendía Santocildes en señal de rendición. Según el acuerdo firmado en el protocolo de capitulación, la tropa española superviviente, exhausta después de semejante lección de coraje, fanatismo y valor, formó en columna y comenzó a desfilar por el camino real hacia La Bañeza, escoltada por 10.000 soldados franceses que miraban pasar con respeto y admiración a sus antiguos enemigos.

¡No me rindo! Entre los soldados que debían partir de Astorga una vez consumada la derrota se contaba el húsar Tiburcio Álvarez, nacido en Villafrades, un pueblecito de Valladolid, allá por 1785. Había destacado sobremanera durante las aciagas jornadas del sitio, sobresaliendo por su ardoroso patriotismo en acciones como la acontecida el 12 de marzo. El propio José María Santocildes refiere: a presencia de toda la guarnición y habitantes sacó libre a una guerrilla de cuarenta tiradores de esta plaza, que habiendo empeñado una defensa obstinada a un cuarto de legua con una descubierta enemiga superior en número, no solo en infantería sino en caballería, y habiendo sido envuelta por los enemigos y cortada por otra partida de caballería, Tiburcio contuvo con algún otro soldado de veinte y dos caballos que se componía su partida, a los enemigos que atacaban a la guerrilla en retirada, y cargándolos de nuevo, hirió de un golpe de sable al comandante francés que la mandaba, dando lugar con esta acción a que la guerrilla, reponiéndose y adquiriendo mucho valor, los atacara a su ejemplo y los persiguiese, matando algunos franceses y obligándoles a salvarse cada uno como pudo. No menor arrojo mostraría cuando los franceses abrieron brecha en la muralla, pues se presentó voluntario a defender cuerpo a cuerpo la entrada de los enemigos, teniendo el honor de matar con un puñal al primer oficial que intentó traspasar aquel punto que consideraba sagrado. Su extraordinaria figura se ha rodeado por el aura de la leyenda, agrandada en la fantasía popular. Según Salcedo, Tiburcio Álvarez iba a la vanguardia de la columna que salía de la capital maragata con destino a La Bañeza. En ese momento, excitado por la aparatosa ceremonia del desfile, disparó su carabina apuntando al general Boyer, mientras gritaba: Si todos se rinden, yo no me rindo . Otra versión sugiere que, arrojando el fúsil al suelo, Tiburcio se lanzó sobre el enemigo y mató unos cuantos franceses con su sable antes de ser reducido. Portentosa hazaña merecedora de la correspondiente composición poética:

Tiburcio mató a un francés

gritando: ¡Yo no me rindo!

Y después lo fusilaron¿ dicen que por asesino. Los hechos reales no ocurrieron exactamente así, tal como anota Santocildes al referirse al heroico húsar: Este fue pasado por las armas por los franceses, por haber intentado matar a un edecán del general Boyer, después de rendida la plaza y firmada la capitulación. Testigos presenciales de los acontecimientos afirman que Tiburcio Álvarez estaba con sus camaradas de armas cuando vio entrar a grupos de franceses en Astorga. Al conocer que se había firmado la rendición, gritó en forma desaforada ¡yo no capitulo! y se lanzó sable en mano contra los gabachos, salvando uno de ellos la vida al refugiarse en un portal. Llevado a presencia de Junot y juzgado sumariamente, fue pasado por las armas al pie de un negrillo, a la salida de Rectivía para la Fuente Encalada, y allí mismo recibió precaria sepultura. Con el paso del tiempo la figura de Tiburcio Álvarez iría cobrando tintes más épicos, acrecentados tras el decreto emitido por las Cortes de Cádiz el día 30 de junio de 1811, expedido para premiar la gloriosa resistencia de Astorga a las huestes francesas. Con respecto al mártir, afirma: pereció víctima de su resolución y de la patria, con la serenidad propia de las almas grandes, aparte de recomendar la justa recompensa y honrosa memoria de su entusiasmo y heroicidad. Emotivas palabras para cerrar la semblanza de uno de los más señeros protagonistas de la Guerra de la Independencia.
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s2t2 -(13) El Sitio de Astorga

El Sitio de Astorga
LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN (13)
El cruel arranque del siglo XIX afectó sobremanera a la señorial capital maragata, una urbe empapada en la rancia solera que proporcionan los siglos. Huéspedes tan incómodos como Napoleón Bonaparte hollaron su solar, que se convertirá en pieza codiciada para los ejércitos galos en 1809
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

Hostilizada Astorga desde el mes de septiembre, el brigadier catalán José María de Santocildes fue nombrado gobernador de una plaza apenas defendida por un millar de soldados inexpertos y mal armados. Las muescas de la historia se hacían patentes en las prácticamente desmoronadas murallas, así que el general francés Carrier inició el 9 de octubre un ataque que presentaba todas las garantías del éxito. Al mando de 3.000 hombres reforzados por dos piezas de artillería se lanzó sobre los arrabales y, protegida por las casas de Recitivía, la tropa gala cercó la Puerta del Obispo, defendida por un conglomerado de paisanos, mujeres y la guarnición de Voluntarios de León que dirigía Félix Álvarez Acebedo. La lucha, que se prolongaría durante cuatro horas, adquirió tintes épicos:

En la Puerta del Obispo

es la lucha más reñida,

por ser el punto más débil

y el que en franquear

se obstinan;

pero a estorbarles el paso

la gente está decidida

y ni el peligro la espanta ni el morir la atemoriza. Una crónica de ira, venganza y sangre que se inclinó, sorprendentemente, del bando español, capaz de batir en toda regla y provocar la retirada del humillado Carrier. Uno de los caídos en tan memorable jornada fue el civil Santos Fernández, sustituido en la refriega por su padre, al grito de ¡Si mi hijo ha muerto, aquí estoy yo para vengarle! Tan grave resultó la afrenta para el honor galo, que cuando la naturaleza comenzaba a vestirse con los primeros colores de la primavera comenzó el sitio de Astorga, contundente hito histórico cuyo punto de partida se encuentra en la primera hora de la tarde del 21 de marzo de 1810. En ese momento se avistó desde la torre de la Catedral un fuerte contingente comandado por el general Clousel, uno de los oficiales más brillantes y experimentados del ejército bonapartista.

La casa del Cortijo

Los 2.000 jinetes llegados el primer día rodearon la ciudad por completo, reforzando el cerco con otros 4.000 efectivos de todas las armas que aparecieron en las siguientes jornadas. Los franceses establecieron su centro de operaciones en una casa denominada «del Cortijo», al tiempo que ocupaban los pueblos vecinos de San Justo y San Román. El día 23 se cruzó importante fuego de fusilería entre sitiadores y sitiados, con los enemigos realizando distintas incursiones por la zona de Rectivía. La jornada siguiente reservaba una grave sorpresa para Santocildes, pues en torno a Astorga apareció una red de trincheras perfectamente entrelazadas, dibujando un muro concéntrico en torno a la plaza. Para elevar la moral de los astorganos, el gobernador dispuso efectuar una salida hasta muy cerca de las trincheras enemigas, llevada a cabo por mil infantes y una docena de jinetes.

El día 26 de marzo resultaría uno de los más críticos del sitio, ante la orden del general Boyer de ocupar por sorpresa el arrabal de Rectivía. Una columna de granaderos se acercó a las defensas amparada en la oscuridad de la noche, efectuando una descarga a quemarropa que sorprendió a los nuestros. Acto seguido entraron a la carrera en la barriada, apoderándose a paso de carga de algunas viviendas. El Regimiento de Lugo, responsable de la defensa, se repuso pronto de la confusión, respondiendo con tiros y cargas de bayoneta en un combate que duró poco más de dos horas y se saldó con la retirada de los franceses, aún a costa de numerosas pérdidas entre los patriotas maragatos. Por la tarde repitieron la intentona, entonces sobre el puente de los Molinos, siendo nuevamente rechazados. En cambio, y ello supuso un gran éxito, lograron cortar el agua con que se surtía la ciudad. A lo largo de las siguientes jornadas se mantuvo el fuego por una y otra parte, mientras aumentaban las trincheras y campamentos donde se alojaron las tropas que en número creciente llegaban a reforzar el campo.

Fuente encalada Al amanecer del día 30 y según los estudios de Ángel Salcedo, Auditor de Brigada del Cuerpo Jurídico, los astorganos amanecieron con otra desagradable novedad. Sobre una loma, en el sitio llamado las Tejeras , a sesenta toesas de la muralla, los franceses lograron colocar dos cañones que, bien dirigidos, podían suponer el fin de la ciudad. Ante una amenaza de semejante calibre, y nunca mejor dicho, se decidió que una fuerza mandada por el coronel Félix Álvarez Acebedo cargase contra la posición. Así lo hizo al frente de trescientos hombres, hasta lograr que los franceses desalojaran la trinchera, dejando tras de sí armas, mochilas y herramientas de ingeniero. Durante las siguientes jornadas continuó la refriega, logrando los enemigos conquistar el convento de Santo Domingo. El 1 de abril también se perdió la Fuente Encalada, por lo que el surtido de agua sólo dependía ya de los pozos abiertos en la ciudad.

Por resultar imposible defender los enclaves exteriores, y haciendo uso de la doctrina del mal menor, Santocildes ordenó evacuar el convento de Santa Clara, incendiándolo antes para que no cayera en manos de los sitiadores. La muralla peligraba igualmente, por lo que todo el vecindario se dedicó a reforzar con sacos y espuertas de tierra el anillo pétreo, amenazado por el enemigo con productos inflamables. En esta tesitura, la población entera lanzó un enorme suspiro de alivio al conocer la nota, traída por tres soldados que entraron a la carrera desde el exterior, en la que el general Mahi prometía, de forma un tanto imprecisa, auxiliar a la ciudad con su poderoso ejército de 4.000 mil soldados. Santociles hizo que se leyera la carta en público, ante la natural alegría del vecindario.

Sin tiempo para disfrutar la noticia, los franceses asaltaron el arrabal de Puerta del Rey en una lucha trabada incluso con armas blancas, colocando una nueva batería frente a la ermita de Santa Colomba. También incursionaron por el arrabal de San Andrés, situando otro potente cañón en la llamada huerta del Rulo. Desde todos estos enclaves se disparaba al interior de la ciudad, que para el día 13 de abril ya se resentía de la carencia de alimentos, lo que provocó un bando de Santocildes en el que prescribía, bajo severísimas penas, la mayor economía en el consumo de víveres.

Falsas promesas El día 14 de abril lograba entrar en la asediada Astorga un confidente, portando un oficio del brigadier José Meneses, comandante general de la vanguardia del ejército de Galicia. En él se decía: Sr. Gobernador. Luego tendrá usted un socorro poderoso . Tales palabras sólo pretendían ser, en opinión del citado Ángel Salcedo, un intento de elevar el ánimo de la agobiada población, ya que el socorro prometido era imposible de todo punto. El regimiento de 3.000 o 4.000 hombres que se encontraba entonces en Villafranca, no podía enfrentarse de ningún modo con los casi 50.000 efectivos del 8º Cuerpo del ejército galo acampados frente a la capital maragata. Tampoco el ejército aliado de Wellington, situado en los alrededores de Ciudad Rodrigo, consentiría en desalojar la zona central de la península para prestar ayuda a los 2.000 españoles encerrados en Astorga.

La plaza estaba condenada a sucumbir, por más que Santocildes creyera en un primer momento en la promesa de Meneses. Al fin y al cabo, llevaba para entonces veinticuatro días cercado, desconociendo lo que había ocurrido en el exterior durante todo este tiempo. Aquel mismo día 14, el comandante en jefe Junot salió desde Valladolid, donde tenía establecido su cuartel general, con destino a Astorga, dispuesto a finalizar el cerco con una victoria decisiva. El propio Santocildes, en su diario, afirma que el día 17 se vio a un general con escolta de 60 caballerías que revistó toda la línea francesa y reconoció la plaza, creyendo que era el mismo Junot. Al anochecer, y siempre según Santocildes, se retiró a Castrillo de los Polvazares.

La llegada de tan alto mando aligeró los preparativos franceses, pues al siguiente día se había levantado una formidable batería de brecha con nueva piezas, sin que los astorganos pudieran responder en condiciones pues las municiones de cañón faltaban casi por completo. También amenazaba con derrumbarse parte de la muralla, debilitada por el impacto de los proyectiles y el traqueteo de los disparos que se realizaban desde lo alto. Para remediarlo, se construyó un nuevo terraplén con material extraído de la Huerta del Obispo. Y sobre la pendiente se colocaron cuatro cañones de diferente calibre, cargados con granadas, bombas y morteros de piedra.

El día 20 de abril, a las cinco en punto de la mañana, todas las baterías galas dispararon al unísono, provocando un cañoneo tan formidable que se oía desde la capital. Según testigos presenciales, muchos leoneses salieron a la pradera del Calvario para escuchar tan amedrentador sonido. La horrorosa cortina de plomo cayó hasta mediodía sobre la desamparada Astorga, en cuya muralla se abrió una brecha que fue tapada a marchas forzada con costales y barricas. La ciudad parecía condenada sin remedio, pero antes habría de protagonizar una página inmortal e inolvidable en la historia leonesa.
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