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s2t2 -El húsar Tiburcio


Después del infructuoso intento de conquistar Astorga en octubre de 1809, el 21 de marzo de 1810 los franceses establecieron un cerco alrededor de la capital maragata con el propósito de tomar tan codiciada plaza. Al mes siguiente, el general Junot se sumó al asedio de una ciudad que ya padecía los estragos del hambre y la falta de municiones
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

El 20 de abril, todas las baterías galas abrieron fuego de forma simultánea, provocando un cañoneo tan atronador que se oía desde León. Al rayar el alba del día 21, y según relata Ángel Salcedo en su monografía sobre la heroica ciudad, unas granadas caídas sobre la Catedral prendieron fuego a la sacristía, incendio que pudo ser atajado con prontitud gracias al esfuerzo de los vecinos. No corrieron la misma suerte distintas viviendas sitas en Rectivía y en las calles de Santa Marta y Sancti Spiritus, arrasadas por las bombas del enemigo.

A las once de la mañana de aquel mismo día se destacó de la trinchera más próxima un soldado con bandera blanca y, una vez adentrado en la plaza, se identificó como español y cabo del Batallón de Voluntarios de Ribadeo, que había sido capturado en Foncebadón. Traía un recado de Junot para el gobernador de Astorga, diciendo que si no se rendía en el plazo improrrogable de dos horas, sus tropas entrarían en la ciudad a sangre y fuego, pasando a cuchillo a todos los que estaban dentro, sin respetar edad ni sexo. El rehén añadió que los franceses ocupaban todos los puertos exteriores, sin que se pudiera esperar socorro alguno por parte del ejército español. Celebró entonces Santocildes una conferencia con los jefes militares, manifestando todos ellos que no procedía rendirse sin haber sufrido un ataque general. Es más, el soldado que trajo la misiva de Junot se negó a volver con la respuesta, pidiendo un fusil para seguir luchando por la patria.

Fue un oficial de los encargados de defender Rectivía quien comunicó la negativa al general galo, quien le mostró los 14.000 soldados que ya estaban preparados para el ataque final. A eso de las dos y media, 2.000 franceses se lanzaron a paso de carga sobre Rectivía, amparada por apenas medio centenar de voluntarios leoneses. Cuando el arrabal parecía a punto de caer, salieron por la Puerta del Obispo el resto de voluntarios de León y varias compañías de Lugo y de Santiago, trabándose unos y otros en un feroz combate a bayoneta calada y arma blanca. La llegada de nuevos refuerzos desde el interior decidió la lucha, pues los galos hubieron de retirarse dejando un montón de cadáveres.

Cargan los granaderos

Sin arredrarse lo más mínimo, un contingente de 1.000 granaderos, fogueados en los campos de batalla de toda Europa, se lanzó sobre la brecha abierta en la muralla, equipados con escalas y asaltos. A pesar de las descargas de fusilería que diezmaban sus filas, lograron entrar en la ciudad y llegar hasta la Catedral, pero la violenta respuesta de los paisanos lograría expulsar a los intrépidos invasores, aunque no alejarlos de la muralla. Y allí mismo se dispusieron a pasar la noche, preparados para reanudar el combate con los primeros rayos de sol. En las calles de Astorga se encendieron fogatas, desde las que se oían perfectamente los golpes de piqueta con que los franceses trataban de colocar minas en el cerco de piedra.

Pese a la proeza de rechazar a los granaderos, la suerte de Astorga ya estaba decidida. Así lo comprendió Santocilces al hacer recuento de las municiones existentes, apenas treinta disparos de fúsil por hombre, veinte tiros de cañón, una bomba y una granada. Y con los torreones de la muralla a punto de derrumbarse, lo que dejaría indefensos a los ciudadanos ante la última y despiadada carga francesa. La junta de jefes se reunió a la una de la madrugada, manifestando su sorpresa ante la sugerencia de capitular que presentó el brigadier catalán. Pero al conocer las escasas municiones restantes, y sobre todo con la intención de salvaguardar al desguarnecido vecindario, se acordó enarbolar bandera blanca al amanecer. Y si el enemigo se negaba a pactar una capitulación honrosa, lucharían todos hasta la muerte. Antes, Santocildes se trasladó al Ayuntamiento para comunicar su decisión a los munícipes astorganos.

Honrosa capitulación El gobernador puso en conocimiento de las autoridades civiles la carencia de municiones, así como la superioridad absoluta de las fuerzas enemigas, como demostraban los dos puntos de la muralla que ya habían sido flanqueados por los franceses. El Ayuntamiento estuvo de acuerdo en solicitar una capitulación honrosa, a excepción del Sr. Martínez Flórez, dispuesto a no ceder en ningún caso. Pero el personaje que brilló con luz propia en aquella lúgubre y memorable sesión, celebrada a primeras horas de la mañana del 22 de abril, fue el anciano Pedro Costilla, antiguo corregidor de Astorga y persona muy importante en la vida social. Santocildes, en su Resumen histórico , recuerda así la actuación del veterano patriota: Este virtuoso y venerable anciano, de más de sesenta años de edad, renovando en su corazón toda la fuerza de la juventud y toda la virtud de los héroes, a pesar de estar convencido de la absoluta necesidad de admitir una capitulación honrosa, prorrumpió lleno de entusiasmo: ¡Muramos como los numantinos!

Al clarear el día se colocó una bandera blanca en la Puerta del Obispo, mientras que el oficial Guerrero cabalgaba hasta las líneas francesas para entregar la capitulación, que Junot firmó sin apenas leerla. A eso de las once entró en Astorga el general Boyer para tomar posesión oficial de la plaza, seguido poco después por Junot, que no quiso aceptar el sable que le tendía Santocildes en señal de rendición. Según el acuerdo firmado en el protocolo de capitulación, la tropa española superviviente, exhausta después de semejante lección de coraje, fanatismo y valor, formó en columna y comenzó a desfilar por el camino real hacia La Bañeza, escoltada por 10.000 soldados franceses que miraban pasar con respeto y admiración a sus antiguos enemigos.

¡No me rindo! Entre los soldados que debían partir de Astorga una vez consumada la derrota se contaba el húsar Tiburcio Álvarez, nacido en Villafrades, un pueblecito de Valladolid, allá por 1785. Había destacado sobremanera durante las aciagas jornadas del sitio, sobresaliendo por su ardoroso patriotismo en acciones como la acontecida el 12 de marzo. El propio José María Santocildes refiere: a presencia de toda la guarnición y habitantes sacó libre a una guerrilla de cuarenta tiradores de esta plaza, que habiendo empeñado una defensa obstinada a un cuarto de legua con una descubierta enemiga superior en número, no solo en infantería sino en caballería, y habiendo sido envuelta por los enemigos y cortada por otra partida de caballería, Tiburcio contuvo con algún otro soldado de veinte y dos caballos que se componía su partida, a los enemigos que atacaban a la guerrilla en retirada, y cargándolos de nuevo, hirió de un golpe de sable al comandante francés que la mandaba, dando lugar con esta acción a que la guerrilla, reponiéndose y adquiriendo mucho valor, los atacara a su ejemplo y los persiguiese, matando algunos franceses y obligándoles a salvarse cada uno como pudo. No menor arrojo mostraría cuando los franceses abrieron brecha en la muralla, pues se presentó voluntario a defender cuerpo a cuerpo la entrada de los enemigos, teniendo el honor de matar con un puñal al primer oficial que intentó traspasar aquel punto que consideraba sagrado. Su extraordinaria figura se ha rodeado por el aura de la leyenda, agrandada en la fantasía popular. Según Salcedo, Tiburcio Álvarez iba a la vanguardia de la columna que salía de la capital maragata con destino a La Bañeza. En ese momento, excitado por la aparatosa ceremonia del desfile, disparó su carabina apuntando al general Boyer, mientras gritaba: Si todos se rinden, yo no me rindo . Otra versión sugiere que, arrojando el fúsil al suelo, Tiburcio se lanzó sobre el enemigo y mató unos cuantos franceses con su sable antes de ser reducido. Portentosa hazaña merecedora de la correspondiente composición poética:

Tiburcio mató a un francés

gritando: ¡Yo no me rindo!

Y después lo fusilaron¿ dicen que por asesino. Los hechos reales no ocurrieron exactamente así, tal como anota Santocildes al referirse al heroico húsar: Este fue pasado por las armas por los franceses, por haber intentado matar a un edecán del general Boyer, después de rendida la plaza y firmada la capitulación. Testigos presenciales de los acontecimientos afirman que Tiburcio Álvarez estaba con sus camaradas de armas cuando vio entrar a grupos de franceses en Astorga. Al conocer que se había firmado la rendición, gritó en forma desaforada ¡yo no capitulo! y se lanzó sable en mano contra los gabachos, salvando uno de ellos la vida al refugiarse en un portal. Llevado a presencia de Junot y juzgado sumariamente, fue pasado por las armas al pie de un negrillo, a la salida de Rectivía para la Fuente Encalada, y allí mismo recibió precaria sepultura. Con el paso del tiempo la figura de Tiburcio Álvarez iría cobrando tintes más épicos, acrecentados tras el decreto emitido por las Cortes de Cádiz el día 30 de junio de 1811, expedido para premiar la gloriosa resistencia de Astorga a las huestes francesas. Con respecto al mártir, afirma: pereció víctima de su resolución y de la patria, con la serenidad propia de las almas grandes, aparte de recomendar la justa recompensa y honrosa memoria de su entusiasmo y heroicidad. Emotivas palabras para cerrar la semblanza de uno de los más señeros protagonistas de la Guerra de la Independencia.
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s2t2 -(13) El Sitio de Astorga

El Sitio de Astorga
LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN (13)
El cruel arranque del siglo XIX afectó sobremanera a la señorial capital maragata, una urbe empapada en la rancia solera que proporcionan los siglos. Huéspedes tan incómodos como Napoleón Bonaparte hollaron su solar, que se convertirá en pieza codiciada para los ejércitos galos en 1809
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

Hostilizada Astorga desde el mes de septiembre, el brigadier catalán José María de Santocildes fue nombrado gobernador de una plaza apenas defendida por un millar de soldados inexpertos y mal armados. Las muescas de la historia se hacían patentes en las prácticamente desmoronadas murallas, así que el general francés Carrier inició el 9 de octubre un ataque que presentaba todas las garantías del éxito. Al mando de 3.000 hombres reforzados por dos piezas de artillería se lanzó sobre los arrabales y, protegida por las casas de Recitivía, la tropa gala cercó la Puerta del Obispo, defendida por un conglomerado de paisanos, mujeres y la guarnición de Voluntarios de León que dirigía Félix Álvarez Acebedo. La lucha, que se prolongaría durante cuatro horas, adquirió tintes épicos:

En la Puerta del Obispo

es la lucha más reñida,

por ser el punto más débil

y el que en franquear

se obstinan;

pero a estorbarles el paso

la gente está decidida

y ni el peligro la espanta ni el morir la atemoriza. Una crónica de ira, venganza y sangre que se inclinó, sorprendentemente, del bando español, capaz de batir en toda regla y provocar la retirada del humillado Carrier. Uno de los caídos en tan memorable jornada fue el civil Santos Fernández, sustituido en la refriega por su padre, al grito de ¡Si mi hijo ha muerto, aquí estoy yo para vengarle! Tan grave resultó la afrenta para el honor galo, que cuando la naturaleza comenzaba a vestirse con los primeros colores de la primavera comenzó el sitio de Astorga, contundente hito histórico cuyo punto de partida se encuentra en la primera hora de la tarde del 21 de marzo de 1810. En ese momento se avistó desde la torre de la Catedral un fuerte contingente comandado por el general Clousel, uno de los oficiales más brillantes y experimentados del ejército bonapartista.

La casa del Cortijo

Los 2.000 jinetes llegados el primer día rodearon la ciudad por completo, reforzando el cerco con otros 4.000 efectivos de todas las armas que aparecieron en las siguientes jornadas. Los franceses establecieron su centro de operaciones en una casa denominada «del Cortijo», al tiempo que ocupaban los pueblos vecinos de San Justo y San Román. El día 23 se cruzó importante fuego de fusilería entre sitiadores y sitiados, con los enemigos realizando distintas incursiones por la zona de Rectivía. La jornada siguiente reservaba una grave sorpresa para Santocildes, pues en torno a Astorga apareció una red de trincheras perfectamente entrelazadas, dibujando un muro concéntrico en torno a la plaza. Para elevar la moral de los astorganos, el gobernador dispuso efectuar una salida hasta muy cerca de las trincheras enemigas, llevada a cabo por mil infantes y una docena de jinetes.

El día 26 de marzo resultaría uno de los más críticos del sitio, ante la orden del general Boyer de ocupar por sorpresa el arrabal de Rectivía. Una columna de granaderos se acercó a las defensas amparada en la oscuridad de la noche, efectuando una descarga a quemarropa que sorprendió a los nuestros. Acto seguido entraron a la carrera en la barriada, apoderándose a paso de carga de algunas viviendas. El Regimiento de Lugo, responsable de la defensa, se repuso pronto de la confusión, respondiendo con tiros y cargas de bayoneta en un combate que duró poco más de dos horas y se saldó con la retirada de los franceses, aún a costa de numerosas pérdidas entre los patriotas maragatos. Por la tarde repitieron la intentona, entonces sobre el puente de los Molinos, siendo nuevamente rechazados. En cambio, y ello supuso un gran éxito, lograron cortar el agua con que se surtía la ciudad. A lo largo de las siguientes jornadas se mantuvo el fuego por una y otra parte, mientras aumentaban las trincheras y campamentos donde se alojaron las tropas que en número creciente llegaban a reforzar el campo.

Fuente encalada Al amanecer del día 30 y según los estudios de Ángel Salcedo, Auditor de Brigada del Cuerpo Jurídico, los astorganos amanecieron con otra desagradable novedad. Sobre una loma, en el sitio llamado las Tejeras , a sesenta toesas de la muralla, los franceses lograron colocar dos cañones que, bien dirigidos, podían suponer el fin de la ciudad. Ante una amenaza de semejante calibre, y nunca mejor dicho, se decidió que una fuerza mandada por el coronel Félix Álvarez Acebedo cargase contra la posición. Así lo hizo al frente de trescientos hombres, hasta lograr que los franceses desalojaran la trinchera, dejando tras de sí armas, mochilas y herramientas de ingeniero. Durante las siguientes jornadas continuó la refriega, logrando los enemigos conquistar el convento de Santo Domingo. El 1 de abril también se perdió la Fuente Encalada, por lo que el surtido de agua sólo dependía ya de los pozos abiertos en la ciudad.

Por resultar imposible defender los enclaves exteriores, y haciendo uso de la doctrina del mal menor, Santocildes ordenó evacuar el convento de Santa Clara, incendiándolo antes para que no cayera en manos de los sitiadores. La muralla peligraba igualmente, por lo que todo el vecindario se dedicó a reforzar con sacos y espuertas de tierra el anillo pétreo, amenazado por el enemigo con productos inflamables. En esta tesitura, la población entera lanzó un enorme suspiro de alivio al conocer la nota, traída por tres soldados que entraron a la carrera desde el exterior, en la que el general Mahi prometía, de forma un tanto imprecisa, auxiliar a la ciudad con su poderoso ejército de 4.000 mil soldados. Santociles hizo que se leyera la carta en público, ante la natural alegría del vecindario.

Sin tiempo para disfrutar la noticia, los franceses asaltaron el arrabal de Puerta del Rey en una lucha trabada incluso con armas blancas, colocando una nueva batería frente a la ermita de Santa Colomba. También incursionaron por el arrabal de San Andrés, situando otro potente cañón en la llamada huerta del Rulo. Desde todos estos enclaves se disparaba al interior de la ciudad, que para el día 13 de abril ya se resentía de la carencia de alimentos, lo que provocó un bando de Santocildes en el que prescribía, bajo severísimas penas, la mayor economía en el consumo de víveres.

Falsas promesas El día 14 de abril lograba entrar en la asediada Astorga un confidente, portando un oficio del brigadier José Meneses, comandante general de la vanguardia del ejército de Galicia. En él se decía: Sr. Gobernador. Luego tendrá usted un socorro poderoso . Tales palabras sólo pretendían ser, en opinión del citado Ángel Salcedo, un intento de elevar el ánimo de la agobiada población, ya que el socorro prometido era imposible de todo punto. El regimiento de 3.000 o 4.000 hombres que se encontraba entonces en Villafranca, no podía enfrentarse de ningún modo con los casi 50.000 efectivos del 8º Cuerpo del ejército galo acampados frente a la capital maragata. Tampoco el ejército aliado de Wellington, situado en los alrededores de Ciudad Rodrigo, consentiría en desalojar la zona central de la península para prestar ayuda a los 2.000 españoles encerrados en Astorga.

La plaza estaba condenada a sucumbir, por más que Santocildes creyera en un primer momento en la promesa de Meneses. Al fin y al cabo, llevaba para entonces veinticuatro días cercado, desconociendo lo que había ocurrido en el exterior durante todo este tiempo. Aquel mismo día 14, el comandante en jefe Junot salió desde Valladolid, donde tenía establecido su cuartel general, con destino a Astorga, dispuesto a finalizar el cerco con una victoria decisiva. El propio Santocildes, en su diario, afirma que el día 17 se vio a un general con escolta de 60 caballerías que revistó toda la línea francesa y reconoció la plaza, creyendo que era el mismo Junot. Al anochecer, y siempre según Santocildes, se retiró a Castrillo de los Polvazares.

La llegada de tan alto mando aligeró los preparativos franceses, pues al siguiente día se había levantado una formidable batería de brecha con nueva piezas, sin que los astorganos pudieran responder en condiciones pues las municiones de cañón faltaban casi por completo. También amenazaba con derrumbarse parte de la muralla, debilitada por el impacto de los proyectiles y el traqueteo de los disparos que se realizaban desde lo alto. Para remediarlo, se construyó un nuevo terraplén con material extraído de la Huerta del Obispo. Y sobre la pendiente se colocaron cuatro cañones de diferente calibre, cargados con granadas, bombas y morteros de piedra.

El día 20 de abril, a las cinco en punto de la mañana, todas las baterías galas dispararon al unísono, provocando un cañoneo tan formidable que se oía desde la capital. Según testigos presenciales, muchos leoneses salieron a la pradera del Calvario para escuchar tan amedrentador sonido. La horrorosa cortina de plomo cayó hasta mediodía sobre la desamparada Astorga, en cuya muralla se abrió una brecha que fue tapada a marchas forzada con costales y barricas. La ciudad parecía condenada sin remedio, pero antes habría de protagonizar una página inmortal e inolvidable en la historia leonesa.
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s2t2 -1809, un año crítico

1809, un año crítico
LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN(12)
La última cruzada emprendida por la vieja España en 1808, surgida en defensa del rey Fernando, la Religión y la patria, no presentaba buen cariz a comienzos del siguiente año. El general Loison había sido nombrado gobernador general del Reino de León, con el objetivo de «restablecer la confianza, el orden y la tranquilidad, y reparar los desórdenes que son consiguientes al paso de los ejércitos»
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

Una guarnición gala ocupaba permanentemente la capital, cuyos vecinos soñaban con tiempos mejores mientras trataban de llevar una vida más o menos normal en aquel polvorín cargado de tensiones. Decididas a renovar las rancias tradiciones españolas mediante un baño de modernidad, las nuevas autoridades ratificaron a Alejandro Alonso Reyero en el cargo de corregidor, nombrando regidores a Rafael Daniel, Manuel Castañón, Rafael Canseco y Nicolás Suárez. Todos ellos, acompañados por el obispo Pedro Luis Blanco, formaban parte igualmente de la Junta Particular, nuevo organismo creado por los franceses.

La ancestral división del país en reinos y provincias se sustituyó por un organigrama de 38 intendencias, cuyos responsables tenían a su cargo la inspección de los hospitales y casas de misericordia, la educación pública y el fomento de la agricultura y la industria, entre otros cometidos. Manuel de Ciarán fue el intendente designado para León, puesto que ocupará durante todo el período de dominación napoleónica. Por encima del intendente estaba la figura del comisario regio, encargado de comprobar la aplicación de las órdenes dictadas por el rey José Bonaparte, inspeccionar la fidelidad de las autoridades y fomentar, en definitiva, un espíritu de adhesión a los franceses. El conde de Montarco, antiguo Consejero de Estado, fue nombrado comisario regio para las provincias de Santander, León y el Principado de Asturias. Pero a decir de un folleto publicado después de la guerra, el recibimiento de la capital leonesa a su persona no resultó especialmente caluroso: Vino a esta ciudad en la primavera de 1809 el ridículo viejo conde de Montarco de comisionado regio por el rey intruso. Lo primero que trató de informarse fue del espíritu público, y al momento le designan como principales perturbadores a D. Lino Alambra, a D. Pedro Gaztañaga y a D. Pedro Unzúe. El tal comisionado regio los llamó a todos tres por esquela a distintas horas, y a cada uno de por sí les echó una sermonata, que no faltó más que sacar el Cristo para que la predicación hubiese sido completa. Los delatores, que sin duda aspiraban a más, dieron parte a su buen rey de que su regio comisionado se había andado con paños calientes, y que convenía para tranquilizar la opinión y amedrentar a los demás, que a los canónigos D. Francisco Campomanes, D. Lino Alambra y D. Pedro Pascual se les recluyese en el Seminario de San Froilán por dos meses, en donde aprendiesen el respeto y obediencia que se debía al rey y a sus leyes.

Llega la guerrilla Fanáticos del culto al orden, los franceses dedicaron todos sus esfuerzos a mantener una ficción de normalidad en la vida cotidiana. Con este fin, el general Loison dio el visto bueno a un Reglamento de Policía para la ciudad de León y pueblos comarcanos que regulaba aspectos referidos a la compraventa de mercancías, limpieza de la capital, armas que poseían los vecinos o la obligación de declarar a las personas alojadas en las viviendas particulares. La infracción a cualquiera de dichas normas era castigada con penas pecuniarias. Pero la tranquilidad pública que pretendían garantizar las autoridades afrancesadas, dividido su corazón entre el amor a la patria y sus ideales ilustrados, se vino abajo cuando los días 9, 10 y 11 de julio de 1809, las tropas mandadas por el general Chalot abandonaron León, no sin advertir que estuvieran dispuestos suficientes suministros para cuando tuviese lugar su regreso, pues de lo contrario serán terribles contra los inobedientes y omisos los procedimientos y penas con que serán castigados. Apenas terminaban de salir los últimos soldados galos, y mientras los regidores estaban reunidos en el Ayuntamiento, cuando una partida de seis o siete hombres pertenecientes al grupo de Acebedo entraron en la ciudad para informarse de los movimientos del ejército invasor. Enterados por el corregidor de que los franceses regresarían en breve, los guerrilleros partieron de la capital sin molestar a nadie. La guerrilla había encontrado un gran aliado en los montes de la provincia, lugar perfecto para perpetrar las emboscadas y audaces golpes de mano con que golpearon una y otra vez al enemigo. Tal como rezaba la propaganda bonapartista, la canalla se ha echado a calles y caminos , inventando una forma de guerrear que daría lugar a un término utilizado en castellano en todo el mundo. Se trataba de un conglomerado compuesto por desertores cercanos al bandidaje, campesinos, curas absolutistas y artesanos liberales, que jugaría un papel crucial al dificultar a los franceses el dominio del territorio.

Porlier en León El ejército napoleónico regresó efectivamente al poco, aunque el día 26 de julio la guarnición salió nuevamente de la capital. El comisario Montarco informó del hecho a la municipalidad, a fin de que arbitrasen las medidas oportunas para mantener la salud y tranquilidad pública. Así lo hizo el Ayuntamiento, emitiendo un bando con recomendaciones para preservar el orden y respetar las cosas, ordenando que los comisarios de Policía y los regidores de los arrabales, escoltados por vecinos de probada lealtad, rondasen por las noches y trasladaran los enfermos del Hospital Militar al de San Antonio Abad. Medida que de poco habría de servir, pues en la misma tarde del día 26 se presentaron en la capital cinco o seis jinetes, con espadas desnudas y socolor de Militares . En la sesión municipal del día siguiente, Claudio Quijada expuso que, hallándose desempañando su comisión para resguardar la Puerta de Renueva, se acercaron a dicha entrada hacia las 4,30 de la tarde, poco más o menos, 80 hombres a caballo y armados con espada y, habiendo preguntado al que al parecer los capitaneaba, dijo que buscaba al juez del pueblo para lo que se dirigía a la Plaza Mayor. Sigue refiriendo Quijada que el grupo se introdujo en la ciudad, dando paso a un destacamento de infantería de 70 hombres con sus fusiles, bayoneta armada y tambor batiente. Aún más, al amanecer del 28 entraron por Puerta Obispo alrededor de 200 hombres a caballo con espadas y clarines, encabezados según se decía por Juan Díaz Porlier, apodado el Marquesito . Permanecieron en la capital hasta las once de la noche, cuando marcharon por la calzada de Puente Castro. Al día siguiente se presentó un oficial, logrando abastecerse con 6 ó 7 carros cargados con pan, carne e incluso leña, cargamento que fue llevado a Villavente. También llegó a León otra partida con 70 hombres de caballería y alrededor de 300 de infantería. Era apenas una avanzadilla para la entrada, en la tarde del 29 de julio, de Luis de Sosa, comandante general español del Reino de León y de las Divisiones de Voluntarios.

Euforia patriótica

El pueblo recibió con alborozo la aparición de los nuestros, pese a que el enemigo tenía distribuidos importantes contingentes armados por los pueblos de Mansilla, Valencia de Don Juan, Mayorga y Valderas. Como consecuencia de su postura recelosa hacia los munícipes en funciones, nombrados al fin y al cabo por los franceses, Luis de Sosa los cesó en sus cargos, decisión ratificada por la Junta Superior del Reino. Y para contener el previsto e inminente ataque galo, se reforzaron las puertas de la ciudad con gruesas empalizadas. Un trabajo realizado entre canciones rebosantes de euforia patriótica:

¡Viva la alegría! ¡Viva el buen humor! ¡Viva el heroísmo del pueblo español! El día 7 de agosto tuvo lugar el previsto encontronazo entre ambos ejércitos, choque armado que se trabó en el entonces arrabal de Puente Castro con el resultado de varios muertos y heridos por cada bando. No obstante, el cerco galo se estrechaba cada vez más, hasta el punto que Porlier y más tarde Luis de Sosa hubieron de abandonar León a su suerte, dados los ingenuos auxilios que pudo prometerse de nuestros cuerpos de ejército, a pesar de haberlo solicitado por seis veces, ya que los jefes militares no podían ejercer estos auxilios por las órdenes terminantes del Sr. General en Jefe . A mediados de agosto las tropas del general Kellermann tomaron de nuevo posesión de la capital, y según su versión, con satisfacción de todos los habitantes . Sin duda, el hartazgo del conflicto había provocado algún roce con la guerrilla, tal como declaró el apesadumbrado Luis de Sosa.

Desde esta fecha hasta el mes de diciembre de 1809, la capital será tomada y abandonada consecutivamente por unos y otros. Después de ser ocupada otra vez por Porlier, la caballería gala del coronel Dejean robó el día 16 de septiembre la plata de San Isidoro y hermosos ornamentos sagrados de otros conventos leoneses. Punto clave en la estrategia conjunta para el territorio norte peninsular, León cambia de manos en función de los intereses tácticos inherentes al movimiento de los ejércitos rivales. Así hasta el día 8 de diciembre, cuando las tropas francesas mandadas por el general Ferry, nuevo gobernador de la Provincia, se instalan de forma más estable y continuada, nombrando autoridades afines a su causa. El siguiente objetivo de los militares napoleónicos sería Astorga, víctima de un asedio que pasará a los anales militares españoles.
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Aparece la fosa de una embarazada y de su hijo de 3 años paseados en 1936


Aparece la fosa de una embarazada y de su hijo de 3 años paseados en 1936

Fueron fusilados como represalia a Isaac Cabo, marido y padre, que estaba escondido en el Pajariel
Los restos de ambos permanecían desde hace 72 años ocultos bajo una vivienda en el barrio de Flores del Sil
A. Calvo ponferrada
La historia era conocida en el Bierzo. Jerónima Blanco Oviedo y su hijo Fernando Cabo Blanco, de tan sólo 3 años, fueron paseados y abandonados en la orilla de la carretera en agosto de 1936. Durante tres días sus cuerpos estuvieron a la intemperie hasta que una familia de Toral de Merayo decidió enterrarlos. La mujer, de 22 años, estaba embarazada y su muerte y la de su hijo fue utilizada como represalia contra su marido, Isaac Cabo Pérez, que desde el principio de la contienda civil permanecía escondido en el Pajariel por su afiliación sindical y por las ideas políticas de toda su familia, vinculada a la izquierda.

Ayer, la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica comenzó los trabajos de exhumación de los cuerpos de Jerónima y de su hijo. Ocultos bajo un chamizo de madera han permanecido durante más de 70 años, sin que la dueña actual de la vivienda supiera que ambos estaban allí, de hecho, según fuentes de la asociación, la propietaria pensaba que estaban en otra zona de la finca, cerca de otra edificación.

La historia de la familia de Jerónima e Isaac y de su hijo Fernando traspasa el dramatismo. Una de las tantas veces que el marido bajaba desde el Pajariel a Flores del Sil a ver su familia sólo encontró, a la orilla de la carretera, los cuerpos de su mujer en avanzado estado de gestación y de su hijo. Entonces, huyó a Asturias. Poco después se enteró de que los falangistas también habían matado a sus padres, a dos de sus hermanos y su cuñado.

Una carta desde Santander

Isaac fue detenido, poco tiempo después en Santander. Allí fue juzgado y allí escribió una carta para pedir el indulto. Ésta fue una de las pistas que siguieron los miembros de la asociación para localizar ambos cuerpos. El hombre, que después de ser liberado regresó al Bierzo, decidió emprender una nueva vida en Pedrún de Torío, donde volvió a casarse. Uno de sus hijos ha colaborado con la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica para localizar a la primera familia de su padre, que murió en los años 80. Los voluntarios tuvieron que ir acotando el espacio, recurriendo a testimonios de aquellos que vieron los dos cuerpos en la orilla de la carretera y el entierro, documentos del juicio y cartas que ahora han permitido encontrar a Jerónima y al pequeño Fernando.

El cofundador de la asociación Santiago Macías, continúa esperando una respuesta del Ayuntamiento de Ponferrada desde que el año pasado le solicitara un espacio en el cementerio municipal para enterrar los cuerpos de los paseados que no son reclamados.
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(11)Cantineras militares, mujeres de armas tomar


LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN
Bajo su atavío femenino, y casi siempre pobre, latían corazones llenos de valor y de abnegación. Las cantineras eran la verdadera flor de los campos de batalla para los ejércitos de aquella época, y por supuesto de la cruel Guerra de la Independencia
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

El poder de Napoleón se hallaba en su apogeo allá por el año 1807, y toda la Europa continental estaba supeditada a su voluntad. En el mes de julio de ese mismo año hizo anunciar al Gobierno español su decisión de enviar a Portugal un contingente francés para obligar a dicha nación a cerrar sus puertos a los ingleses y expulsarlos de sus fronteras. Comenzaron entonces las conversaciones con Godoy que dieron como resultado el infame tratado de Fontaineblau firmado el 27 de octubre, en el que se estipulaba que Godoy recibiría el Principado de los Algarbes y a Carlos IV se le otorgaba el pomposo dictado de Emperador de las Américas. Éste, en cambio, se comprometía a mantener y alimentar a los soldados galos destinados a la ocupación de Portugal, permitiendo su paso por territorio español.

No vieron o no quisieron ver nuestros gobernantes la estratagema, el deseo vehemente de Bonaparte de ocupar así la Península Ibérica. Sesenta mil soldados se agolparon súbitamente sobre los Pirineos, prontos a cruzar la frontera y penetrar en el corazón de nuestra desventurada patria sin pegar un solo tiro. Al año siguiente, en 1808, los españoles comenzaron a manifestarse en muchas ciudades contra los franceses y en distintas fechas. En León, concretamente, hubo un manifiesto el 24 de abril de dicho año, tres meses antes de que las tropas francesas llegaran realmente a la capital, donde penetraron por el barrio extramuros de San Lorenzo.

A Napoleón siempre le acompañaban en sus campañas las cantineras, que además de suministrar víveres a los soldados, les servían de consuelo moral o ejercían de útiles enfermeras, además de su «biblioteca portátil». Según cuentan, el amor a los libros de este arrasador de naciones y empedernido «bibliómano» era tal, que se hizo construir una gran y completa biblioteca portátil. Constaba de un millar de libros que no superaban los diez centímetros de largo por seis de ancho, para facilitar así el traslado. Comprendía cuarenta volúmenes de materias religiosas, cuarenta de poesía épica, cuarenta de obras dramáticas, sesenta de versos, sesenta de historia, cien de novelas y los restantes de memorias históricas. Siempre que Bonaparte proyectaba una campaña dirigía instrucciones a su bibliotecario, un tal Barbier, encargándole libros que pudieran tener relación con aquélla, así como planos y documentos históricos sobre las mismas. Pero a pesar de la multitud de libros que solicitó sobre España, ello no impidió que Napoleón perdiera la guerra.

Un barril por bandolera

Cuando el 1 de enero de 1809, precedido el día antes por el mariscal Bessières, entró Napoleón en Astorga viniendo por Valderas y Benavente, pasó revista a casi setenta mil soldados y jinetes, formando también un pequeño grupo de mujeres, las famosas cantineras. Luego se retiró a su tienda de campaña, donde ya habían instalado su biblioteca, debido al mal tiempo y para que descansaran las tropas y reagruparlas, según narran las crónicas. Horas antes de llegar el emperador galo, la ciudad de Astorga había sido abandonada por las tropas del marqués de la Romana y las inglesas del general Moore, de camino hacia La Coruña.

Las cantineras son personajes poco conocidos, típicas de los ejércitos de antaño, una reminiscencia del pasado con su falda corta y el barrilito colgando de la bandolera. Habían surgido en una época romántica. La cantinera uniformada y formando en filas, verdadera flor de los campos de batalla, fue exotismo pasajero. Los españoles lo habíamos tomado de los franceses, con quienes alcanzaron gran popularidad desde la época de Napoleón. En tiempos de guerra seguían a los ejércitos con una pequeña cantina ambulante, despachando bebidas o comestibles a los soldados. Sin ningún distintivo especial, vestían al igual que cualquier mujer del pueblo, como podemos apreciar en la iconografía que ilustra este reportaje, y normalmente llevaban sus provisiones en un gran cesto colgado al brazo, o cuando más en un carricoche destartalado, del que tiraba un mísero rocín. Sin embargo, bajo su humilde apariencia, latían corazones llenos de patriotismo y valor. En algunas provincias se llegaron a crear las «compañías de mujeres» bajo la advocación de Santa Bárbara, con el deber de auxiliar a la guarnición, socorriendo a los heridos y repartiendo provisiones.

La dama de La Cándana

Napoleón condecoró a gran cantidad de ellas como recompensa a su comportamiento en el campo de batalla, honra para la clase de las cantineras. Así Teresa Fromageot, herida mientras daba de beber a los soldados que habían quedado lisiados. Catalina Rohmer, que asistió al sitio de Zaragoza y fue también herida. María Bourane, salvadora de un soldado que se ahogaba en otra batalla. Hay que destacar igualmente a las esposas de algunos arrieros maragatos, que ejercieron de cantineras ayudando a los ejércitos españoles y a las guerrillas en las contiendas habidas contra los franceses al paso por nuestra agreste y montañosa provincia. No hay que olvidar el servicio que los arrieros maragatos han prestado siempre al Estado y a la Corona. Podemos señalar como cantineras maragatas que destacaron en esa guerra, según fuente particular, a Trinidad Botas, de Castrillo de los Polvazares, Manuela Salvadores, de Santa Colomba, o Juana Calvo, de Rabanal. No nos hemos de olvidar de Amalia Alonso, conocida por la Dama de la Cándana, admiradora de su heroína, la Dama de Arintero. Amalia nació en un lugar del valle del Curueño allá por el año 1770, posiblemente en la Cándana. Era buhonera de profesión y en un pequeño y destartalado carromato, tirado por una mula flaca, recorría todos los pueblos del valle. Tendría unos 40 años cuando se enroló como cantinera al servicio de la guerrilla que luchaba contra el ejército galo. Se alistó al lado del famoso guerrillero fray Juan de Deliva, de sobrenombre el Capuchino , que actuaba por León y era correligionario del afamado Empecinado .

En años posteriores, y en recuerdo de los servicios prestados por tan heroicas mujeres, no sólo como abastecedoras, sino como excelentes auxiliares en la cura y socorro de los heridos, se les dio un carácter militar. Como uniforme se les asignó un traje casi masculino con falda corta y pantalón. Con el fin de evitar escándalos, se exigía que la cantinera fuese casada, y matrimoniada con militar. Se prefería a la mujer de un soldado raso, de un corneta o de un tambor. Además, estaba sometida al reglamento y tenía puesto en filas, detrás de la banda de tambores en las grandes revistas y detrás de la última compañía de su batallón en los desfiles y marchas.

Sirvo a una dama

Aquellas cantineras jóvenes, bonitas las más, se ofendían cuando se les recordaba su sexo o a sus hijos, pues no reconocían otra familia que su regimiento. España las introdujo con éxito en la guerra de África. Su uniforme consistía en sombrero embreado con largas cintas, pantalón como el de la tropa, falda corta, cubierta por delante con un pequeño delantal y corpiño de corte militar. Fortuny supo pintarlas, con hermoso detalle, en el magnífico boceto de la batalla de Wad-Ras. Los periódicos de la época dedicaron especiales elogios a la heroica cantinera de los cazadores de Baza, llamada Ignacia Martínez, que salvó la vida de muchos soldados con riesgo de la propia. Después de haber estado en la guerra siete años, con el ejército del Norte, no quiso abandonar la vida del campamento y siguió toda la campaña de Marruecos.

Cuando en los primeros años del siglo XX desaparecieron las cantineras, ya no eran más que las honradas mujeres de los cantineros; esto es, del cabo de tambores o del viejo sargento reenganchado, que para ayudarse un poco establecían una cantina en el cuartel, previa autorización de sus jefes y mediante el pago de cierta cantidad al regimiento que utilizaba la diminuta tiendecilla. En los ejércitos de Ultramar, nuestras tropas también iban seguidas de las cantineras, y algunas se embarcaron voluntarias hacia aquellas lejanas colonias que acabamos por perder. ¿Cuál era el arma que usaban las cantineras? Desde luego, la navaja, que además de ser objeto familiar y popular en la vida de los españoles, resultaba fácil de camuflar y esconder. Esta arma fue una de las más usadas contra los franceses en la confrontación bélica iniciada en 1808. Fueron muchos los soldados del país invasor que perdieron la vida merced a las navajas empuñadas por las cantineras, que preferían a cualquier otra arma por lo fácil de llevar en cualquier parte de su indumentaria. Cortaban las cinchas de las cabalgaduras de los caballos, y una ver derribados eran degollados. Se cuenta que en la hoja de la navaja de estas valientes mujeres aparecía la inscripción: Sirvo a una dama, la defenderé con la ayuda de Dios . Y es que las mujeres sencillas del pueblo, aquellas cerilleras, floristas, aguadoras o vendedoras ambulantes de otras épocas, confiaban su defensa en la navaja que solapada y dormida entre los pliegues de su ropa, las infundía confianza y tranquilidad.

Entre la historia y la leyenda, así fue el heroísmo, sin escatimar sacrificios ni regatear valor de las cantineras, empeñadas en la lucha por las libertades contra las tropas de Napoleón. Luego se acabó lo nacional, y para bien o para mal, vendrían las dos Españas.
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s2t2 -(10) La batalla de Cacabelos

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN(10) La batalla de Cacabelos

Dispuesto a destrozar el ejército inglés dirigido por John Moore, Napoleón marchó desde la capital de España en diciembre de 1808 apoyado por un numeroso contingente de tropas. Una vez llegado a Astorga, el emperador francés fue informado por medio de un correo que Austria estaba decidida a romper nuevas hostilidades y salió hacia Valladolid, pero lanzando a los mariscales Soult y Ney detrás de los británicos, que marcaban su línea de retirada con saqueos y pillajes que arrasaron el solar berciano
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

La noche del 31 de diciembre, las divisiones de Fraser, Hope y Baird se encontraban en Bembibre, lugar donde corrió tanto la sangre como el vino. Cuando el grueso de la tropa enfiló el camino hacia Villafranca, quedaron abandonados en calles y bodegas alrededor de 200 borrachos y 500 rezagados. Testigos presenciales afirmaron que las puertas y ventanas de las viviendas estaban destrozadas y las cerraduras rotas. También las mujeres y los niños participaron en semejante ordalía de terror y alcohol, pues les escurría el vino de los labios y las narices, como si hubieran sido fusilados. A lo largo de la historia la violencia se ha salido casi siempre con la suya, según pudieron comprobar los atribulados vecinos de Villafranca del Bierzo: La ciudad mostraba las más fuertes escenas de desastre y desolación; partidas de soldados borrachos cometían toda clase de barbaridades; muchas casas estaban en llamas y cierta cantidad del equipaje y suministros militares, para los que no había medio de transporte, se quemaron en la plaza. El ron corría por el suelo; los barriles habían sido abiertos por las calles, y una promiscua chusma bebía y llenaba botellas y cántaros de los regueros. Todas las calles estaban repletas de caballos, mulas y carros.

Al entrar las tropas galas en el desolado Bembibre, los dragones se cebaron en la canalla borracha y descontrolada. La venganza hizo presa en los hombres desperdigados, que cayeron bajo el sable enemigo sin oponer apenas resistencia. Más tarde se incendió el Ayuntamiento con el archivo, la iglesia parroquial y el santuario del Ecce-Homo, acabando por quemar la totalidad de la villa. Las gentes huyeron a la carrera en busca de la seguridad de los montes vecinos, en un intento de poner a salvo su pobres enseres personales antes de que Bembibre se convirtiera, como de hecho ocurrió, en un monumento al horror supremo.

A golpe de fusta El día 2 de enero de 1809, Moore concentró a las tropas en Cacabelos para arengarlas con dureza, abochornado por la conducta de sus hombres: Si el enemigo tomó ya Bembibre, como creo, logró un extraño botín: ha tomado o destrozado muchos cientos de ingleses cobardes y borrachos, pues nadie sino los malvados cobardes borrachos se emborracharían en presencia o ante las mismas narices de los enemigos del pueblo. Y, antes que sobrevivir a tan infame conducta, espero que la primera bala de cañón disparada por el enemigo me pegue en la cabeza.

De poco sirvieron sus inflamadas palabras, pues aquella misma noche se expoliaron diversas viviendas del pueblo, provocando que un tribunal militar de urgencia juzgase a los responsables. Dictada la correspondiente pena de culpabilidad, los revoltosos fueron atados y recibieron, en sus desnudas espaldas, una serie de terribles golpes de fusta. El imponente general Edward Paget supervisaba la escena, ambientada tétricamente por el redoble de tambores que marcaba el ritmo de los latigazos. Posteriormente fueron juzgados dos soldados que habían robado un jamón, cometiendo un delito de saqueo que se castigó con la pena de muerte. La pareja fue llevada al árbol más cercano y, cuando estaba a punto de consumarse la ejecución, llegó al galope un oficial, anunciando que el enemigo estaba a punto de irrumpir en la villa. Paget acabaría por perdonar a los reos, tras su promesa de reformarse.

No era momento para castigos ni ejecuciones, así que el ejército de Moore se aprestó a la defensa, colocando en el castro de Bergidum 2.500 fusileros y una batería de 6 cañones. Otros soldados se distribuyeron entre los viñedos, detrás de los árboles y en los alrededores de las Angustias. Hacia la una de la tarde apareció por fin la vanguardia gala, después de tomar Ponferrada sin disparar un solo tiro. El contingente de ingleses que ejercía labores de vigilancia cruzó el puente sobre el Cúa y se desplegó por la margen derecha en orden de batalla. Ante ellos se plantó el joven y fogoso general Auguste Colbert, a quien el mariscal Soult había ordenado atacar sin esperar más refuerzos. En medio de una tremenda confusión, los dragones cargaron sobre grupos de rezagados que pretendían cruzar el paso, capturando a 50 fusileros. No obstante, una granizada de balas frenó en seco la acometida francesa, propiciando un momento de duda sobre el mejor punto para continuar el ataque.

Muere Colbert Colbert y sus hombres retrocedieron unos pasos para reagruparse, mientras el general acariciaba a una perrita de aguas que le acompañaba habitualmente en sus campañas. Según el escritor Enrique Gil y Carrasco, muy cercano a dichos acontecimientos, el apuesto militar francés caracoleaba sobre su corcel, a pecho descubierto y sin ocultarse del enemigo, animando a la tropa y repartiendo órdenes. Mientras tanto, los fusileros de Moore ascendieron el puente y se apostaron en él, seguidos a caballo por los húsares. Desafiando el peligro, Colbert inició otra embestida con los dragones dispuestos en columnas de a cuatro. Aunque muchos son batidos logran atravesar el puente, pero los disparos cruzados les impiden seguir hasta el castro. Un certero balazo acaba entonces con la vida de Colbert, alcanzado por un tiro en la frente. La orden del día adjudica semejante hazaña, realizada desde unos 140 metros de distancia, al escocés Tom Plunket, soldado del 95º. Junto al general también cayó su ayudante, Latour-Maubourgh, que falleció finalmente en Villafranca. El cronista Napier escribió el siguiente epitafio sobre Colbert: Su delicada y marcial figura, su voz, sus ademanes y, sobre todo, su atrevido valor, habían despertado la admiración de los ingleses, y hubo una pena general cuando el intrépido soldado cayó. La muerte de Colbert exasperó a los suyos, que sumidos en un torbellino de ruido y furia cargaron una y otra vez contra sus bien atrincherados rivales. Así continuaron durante toda la tarde, mientras la carretera quedaba obstruida por los cadáveres. Cuando la luz del atardecer se desvanecía, a eso de las cinco, aún se trabaron nuevamente en una lucha cuerpo a cuerpo entre los jinetes galos y los Casacas Verdes británicos. Casi de noche cesaba por fin la batalla de Cacabelos del día 2 de enero de 1809, cuya victoria fue reclamada por ambos bandos. Sobre el campo quedaron 200 o 300 muertos correspondientes a cada una de las naciones enfrentadas, un número de bajas similar que certifica lo ajustado del combate. Los franceses conquistaron Cacabelos, efectivamente, pero los ingleses lograron proteger con ventaja su retirada. Concluida, por cierto, con la trágica muerte de John Moore en La Coruña, donde aún permanece enterrado. En cuanto al número de combatientes, los distintos autores no acaban de ponerse de acuerdo en las cifras. Mientras Thiers habla de 3.000 hombres de a pie, 600 de a caballo y muchos artilleros, Napoleón estima la retaguardia inglesa en 5.000 infantes y 600 jinetes. En una carta escrita desde Benavente un día más tarde, el emperador no otorga demasiada importancia al enfrentamiento, calificándolo de petit combat .

Recreación histórica

La sangrienta epopeya desarrollada a orillas del Cúa impresionó vivamente a las gentes de Cacabelos, que desde la lejanía contemplaron el desarrollo de la batalla y la muerte del joven general Colbert. Pese al extraordinario odio que se habían ganado a pulso los intrusos galos, enemigos acérrimos de la Religión y de todo lo sagrado, un sentimiento de piedad hacia los caídos inspiró letrillas como la recogida en Villafranca del Bierzo:

En España se quedaron

sin volver a sus hogares

muchos miles de franceses. ¡Cómo llorarán sus madres!

Gracias a la iniciativa conjunta de la villa de Cacabelos y del Centro de Iniciativas Turísticas Ribera del Cúa, en el mes de septiembre del año 2000 se llevó a efecto la I Recreación Histórica de la Batalla. En tan colorido y emotivo acto intervinieron hombres y mujeres del pueblo que representaban, debidamente ataviados a la usanza de la época, al ejército de Tiradores del Bierzo, unidad que realmente no llegó a tomar parte en el combate. Se trataba, en definitiva, de festejar la histórica efemérides instituyendo una tropa que se engrosó con la presencia de las damas españolas y los campesinos del lugar. A su lado, se contó con la presencia de grupos llegados de toda Europa para simular los bandos inglés y francés enfrentados a sangre y fuego el 2 de enero de 1809. Entre ellos, los Royal Green Jackets , la Asociación Rusa de Historia Militar, The Corunna Society, el 4º Regimiento del Real Cuerpo de Artillería y los Chasseurs â Cheval de la Garde . De una u otra forma, el pasado siempre forma parte del presente. Y aquella primera edición de un espectáculo que trata de recuperar la memoria de este episodio fundamental en el periplo histórico de Cacabelos, ha tenido continuidad en ediciones posteriores dada la gran acogida tributada por el público asistente. Con motivo de la I Recreación de la Batalla, y aprovechando la presencia de destacadas asociaciones dedicadas al estudio de los logros y la figura del emperador Bonaparte, se creó la Asociación Napoleónica Española.
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s2t2 -(9) Bonaparte duerme en Astorga

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN(9) Bonaparte duerme en Astorga
Los desgarros del conflicto entre españoles y franceses se cernían nuevamente sobre León en el mes de diciembre de 1808, cuando el día 22 apareció en nuestra ciudad el primer periódico con vocación de informar sobre los hechos de actualidad. Se titulaba El Manifiesto de León y su redactor era el coronel Luis de Sosa, cuyo objetivo primordial consistía en dar noticias sobre las operaciones del ejército enemigo y de los aliados ingleses, aunque también incluía reflexiones políticas y consignas patrióticas
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

En opinión de Carmelo Lucas del Ser, este impreso de cuatro hojas y pequeño formato tenía como finalidad contrarrestar la propaganda de los gaceteros del bando afrancesado y sostener el ánimo de la población. Lamentablemente, sólo apareció el citado número correspondiente al 22 de diciembre, pues la llegada de los franceses abortó la feliz iniciativa de Luis de Sosa, hombre culto y amante de las artes y las letras, como prueba la extensa biblioteca que poseía.

Lanzado Napoleón Bonaparte en persecución de las tropas inglesas del general Moore, nuestros aliados huían a la carrera en dirección al puerto de La Coruña, donde esperaban encontrar la salvación al embarcar en los barcos de su flota. Las infinitas calamidades padecidas por el camino aflojaron hasta tal punto las ordenanzas, que los soldados se entregaron a brutales actos de indisciplina que cubrieron de ignominia al ejército de Gran Bretaña. Al conocerse en la ciudad que el día 29 de diciembre el general Franceschi, comandante de la vanguardia de Soult, había aparecido de improviso en Mansilla, el marqués de la Romana, jefe del Ejército de la Izquierda, salió de la capital para «evitar las violencias del enemigo» y cubrir, con sus tropas, la entrada del Reino de Galicia.

También puso pies en polvorosa la Junta de Gobierno, que después de coger en Astorga los caudales de la Real Hacienda pasaría al Principado de Asturias. Muchos de los vecinos huyeron a los montes vecinos antes de que Franceschi entrase en León el 30 de diciembre de 1808, encontrándose con gran número de enfermos y heridos abandonados a su suerte por el marqués de la Romana, y detrás llegó el general Soult con el grueso de las tropas, un total de veinte y tantos mil hombres.

Llora la Virgen

A pesar de la brevedad de su estancia, pues el ejército francés partió el día 1 de enero de 1809 dejando en la capital una pequeña guarnición, la rapiña espiritual y material perpetrada por las tropas de Soult sería recordada largo tiempo. El convento de Santo Domingo se quemó «casualmente», el de San Marcos fue ocupado y saqueado y el de San Isidoro sufrió todo tipo de afrentas. En la iglesia se deshizo el cuerpo del santo titular, además de revolverse todos los sepulcros de los reyes leoneses. Divisa de barbarie que se extendió al beaterio de Santa Catalina y al monasterio de San Claudio, mientras que del Hospicio se sacaron muebles y géneros para su uso. Tremendos excesos merecedores de la condena divina.

Lágrimas llora de piedra

Nuestra Señora del Dado

por la custodia de plata que los franceses robaron. Presintiendo cercana la presencia de las tropas ingleses, los franceses se abalanzaron como lobos hambrientos detrás de la coalición de aliados, en una persecución que puso a prueba la resistencia de los hombres de Napoleón. Así lo refleja el relato escrito por el barón de Marbot, oficial de órdenes del mariscal Lannes: No recuerdo ninguna marcha tan penosa; una lluvia glacial empapaba nuestros vestidos, hombres y caballos se hundían en el lodazal, no se adelantaba, sino a costa de inauditos esfuerzos, y como quiera que los ingleses habían destruido todos los puentes, los soldados de infantería tuvieron que desnudarse cinco o seis veces, ponerse las armas y efectos sobre las cabezas, y pasar enteramente desnudos los riachuelos que cortan aquel camino. ¡Yo vi a tres granaderos de la Guardia que en la imposibilidad absoluta de seguir adelante, y temerosos sin duda de ser atormentados y sacrificados por los paisanos, si se quedaban rezagados, se saltaron la tapa de los sesos con sus mismos fusiles! Una de las noches más sombrías, y lloviendo siempre, vino a subir de punto los sufrimientos de las tropas. Los soldados extenuados se tumbaron a entrambos lados del camino, sobre el cieno. Un gran número se guareció en La Bañeza, y únicamente llegaron a Astorga las cabezas de los regimientos; el resto se quedó en el camino.

Pillaje y embriaguez El día 30 de diciembre, el general Moore y el marqués de la Romana coincidieron en Astorga, cruzándose un fuerte intercambio de opiniones sobre los pasos a seguir. Mientras el militar inglés sólo veía la salvación en llevar a sus tropas hasta La Coruña, donde serían embarcadas, el general español optaba por defender la entrada al Bierzo de forma conjunta, única forma posible de hacer frente a Napoleón. No ayudó a la concordia entre uno y otro los brutales excesos perpetrados por los británicos durante la retirada, episodios de pillaje y borracheras que se iniciaron en la localidad de Valderas: Por la tarde atravesamos un pueblo maragato, de considerable tamaño, que había sido completamente calcinado por el fuego. Sus maltrechos habitantes estaban sentados entre los efectos que habían podido salvar de las llamas, contemplando las ruinas de sus casas en un silencio desesperado. Los cuerpos de los muchos españoles muertos de hambre, por enfermedad, o por los rigores del clima, yacían desperdigados, y daban al conjunto un aspecto dantesco. El pueblo había sido incendiado por algún regimiento de nuestra infantería, y apenas pasaba una hora sin que presenciáramos la más absoluta miseria causada por los excesos de nuestras tropas, algo imposible de prevenir. Los soldados que continuamente se rezagaban en los pueblos cercanos a la carretera, tras dedicarse al pillaje, generalmente prendían fuego a las casas; y si descubrían los lugares donde se escondía el vino, bebían hasta no tenerse en pie, viéndose incapaces para alcanzar las columnas, o morían entre las llamas que ellos mismos habían provocado. No sorprende que estas conductas excitaran los ánimos de los naturales a detestar a los británicos, llevándoles a pagarles a la menor oportunidad, asesinando o maltratando a los soldados rezagados y dispersos. Semejantes brutalidades provocaron una psicosis de pánico entre los vecinos, que ni siquiera tenían claro si sus enemigos eran los franceses o los ingleses. Un desconcierto causante de anécdotas como la referida por el capitán Gordon, del 15º de Húsares: Uno de los muleros fue traído a presencia del coronel Grant, y nos proporcionó un buen rato. Creyendo que había caído en manos francesas, mostró signos de gran terror, cayó sobre sus rodillas e imploró nuestra misericordia por la salvaguarda de su mujer y sus tres hijos; luego besó la tierra y gritó: «¡Viva el señor Napoleón!». Cuando nos cansamos de reír, lo pusimos en libertad sin sacarle de su error.

Napoleón se apiada

El día primero de 1809, Napoleón Bonaparte en persona entraba en la asolada capital maragata, siendo plenamente consciente de que había fracasado en su intento de interceptar a los ingleses antes de que alcanzasen los puertos montañosos que eran pórtico de Galicia. En Astorga se concentraron los diferentes cuerpos del ejército francés, sumando un contingente de sesenta o setenta mil hombres, a quienes pasó revista su malhumorado emperador. El suicidio de algunos soldados de la Guardia, además de la fuga de Moore, ensombrecieron su ánimo, tal como pudo constatar el obispo astorgano, en cuyo palacio se alojó y a quien trató con no poca rudeza. Mayor miramiento tuvo para con sus hombres, pues a pesar de la lluvia y el espantoso frío, recorrió una por una las casas donde se cobijaban los soldados, repartiendo elogios y halagos que pretendían elevar la escasa moral de la tropa. Estando en Astorga, Napoleón recibió un correo de Francia remitido por el ministro del Estado, informándole que los dignatarios austriacos se disponían a romper hostilidades nuevamente, lo que precipitó su decisión de no continuar más allá de Astorga.

No obstante, reacio a soltar su presa, encomendó a los mariscales Soult y Ney la persecución de los escurridizos británicos, encabezando hasta tres divisiones. Por cierto, durante el desfile militar que precedió a su partida se oyeron gritos desesperados de mujeres y niños, procedentes de una casa de campo no demasiado alejada de las murallas. Al abrir las puertas se encontraron alrededor de mil mujeres inglesas con sus hijos, que a causa de la extenuación no habían podido seguir al ejército de Moore, donde estaban encuadrados sus padres y esposos. En aquel momento llevaban casi tres días sin comer otra cosa que cebada. Ablandado por tan lastimero espectáculo, Napoleón ordenó que fuesen llevados a la ciudad y se les repartiesen víveres, asegurando a los ingleses por medio de un parlamentario que, en cuanto lo permitiesen las circunstancias, todos ellos serían enviados junto a sus respectivos familiares. Bonaparte regresó a Valladolid, mientras las desperdigadas tropas británicas proseguían su huída hacia La Coruña. Tal fue su comportamiento en aquella provincia leonesa que iniciaba el año 1809 oliendo a desdicha, que el emperador francés escribió una carta a su hermano José, fechada el 31 de enero, en la que afirma: Los ingleses se lo han llevado todo: bueyes, colchones, mantas, y además han maltratado y apaleado a todo el mundo. No cabe aplicar mejor calmante a España que el auxilio de un ejército inglés».
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s2t2 -(8) Napoleón en España

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN
Después de la inopinada victoria española en Bailén, acontecimiento incluido con todo merecimiento en el recuadro de honor del almanaque patrio, se produjo una reacción en cadena que precipitaría la salida de los franceses de nuestra capital a comienzos de agosto de 1808
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

Según cuenta Honorato García Luengo en su monografía histórica León y su provincia en la Guerra de la Independencia Española , premiada en el concurso literario celebrado en 1908 con motivo del primer centenario de tan señalado acontecimiento, durante la estancia de los galos en nuestra ciudad tuvieron lugar algunas refriegas con partidas de insurgentes llegadas desde las montañas de Santander, a las que se sumaron grupos incluidos en el Ejército de Galicia. Al parecer, trataron de sorprender a las tropas francesas acantonadas en la llamada Fábrica Vieja, con la finalidad de apoderarse del armamento que allí se guardaba. Fueron varios los leoneses, sigue refiriendo García Luengo, que en su afán por liberarse del yugo napoleónico se unieron a las partidas, llevando víveres para el comandante Antonio Ibáñez y sus esforzados granaderos.

Tras la precipitada marcha del mariscal Bessières, las tropas españolas del marqués de Portago entraron en León los días 3 y 4 de agosto, seguidas posteriormente por todo el Ejército de Galicia. Para darles la bienvenida y celebrar el triunfo en Bailén, se engalanaron las casas y se hicieron festejos e iluminarias, coreándose enfervorizados cantares plenos de ardor patriótico:

Viva nuestra España,

perezca el francés,

muera Bonaparte y el duque de Berg. La primera medida de Portago fue retirar la enseña colocada por Bessières en una de las torres de la Catedral, además de borrar de las actas municipales todas las expresiones de obediencia y reconocimientos hechos a José Bonaparte por el duque de Istria, cuya memoria no debe de modo alguno conservarse, y menos la de todo lo obrado a su nombre y del intruso José Napoleón . En la tarde del 5 de agosto se juró nuevamente fidelidad al depuesto Fernando VII, al tiempo que se cesaba en su cargo el corregidor Alejandro Alonso Reyes, impuesto por los galos, y no porque no estuviese muy satisfecho de su buena conducta, patriotismo y desempeño, especial mérito y demás circunstancias que le hacían acreedor a este empleo, sino por haber sido electo por el mariscal Bessières . En su sustitución fue nombrado Francisco Taboada, coronel del Regimiento Provincial de Santiago, que también hubo de abandonar su puesto el 15 de septiembre por salir de campaña con su regimiento, relevado a su vez por Mauricio Cabañas, cuyo nombramiento había sido otorgado por Carlos IV y ratificado por su hijo don Fernando.

La junta suprema

Mientras tanto, diversos reveses militares seguían golpeando a las tropas francesas. A mediados de agosto, la victoria del general inglés Wellesley sobre Junot, jefe del gobierno en nombre de Napoleón, acabó con el dominio galo en la vecina Portugal. Y aquí en nuestros confines provinciales, los preparativos bélicos trajeron hasta la capital, a finales del mismo mes, al general Blake con 23.000 hombres. Llegaba desde Astorga y se dirigía a Reinosa, donde pensaba establecer su cuartel general. En León coincidió con la deprimida tropa del marqués de la Romana, compuesta por 16.000 hombres que presentaban un grado deplorable de armamento y equipación. A todo esto, el vacío de poder causado por la ausencia de los miembros de la Junta Superior, recluidos en Ponferrada desde el mes de julio, quedaba compensado el 7 de septiembres con la formación de la llamada Junta Suprema de León, compuesta entre otros por Rafael Daniel, Antonio Valdés y Jacinto Lorenzana. El bailio Valdés y el vizconde de Quintanilla fueron precisamente los enviados por la provincia a la reunión de la Junta Central, que trataba de aglutinar todos los esfuerzos patrios con el objetivo de expulsar a los franceses del territorio nacional.

Con la intención de zanjar de una vez por todas la difícil situación creada en España, el mismo Napoleón Bonaparte cruzó el 4 de noviembre el Bidasoa para dirigirse a Vitoria con una escolta de la guardia imperial. La presencia del «rayo de la guerra», tal como se apodaba al corso, pronto se hizo notar. En Espinosa de los Monteros, el ejército francés derrotó con contundencia a Joaquín Blake, que perdió a sus mejores jefes y debió emprender una accidentada huída por zonas montañosas que le trajo finalmente hasta León, donde pasó los 16.000 hombres supervivientes a manos del marqués de la Romana, hecho acaecido el 24 de noviembre. Napoleón siguió su marcha triunfal con sucesivas victorias en Burgos, Tudela y Somosierra, donde los lanceros polacos protagonizaron una carga memorable que desarboló a los nuestros, dejando vía libre a la capital.

El día 2 de diciembre Bonaparte entraba en Madrid, alojándose en casa del duque del Infantado. Sin dormirse en los laureles tan brillantemente logrados, Napoleón puso sus ojos en la zona norte del país y trazó un plan para derrotar al potente contingente de tropas que Inglaterra había mandado a España. Al frente de 60.000 hombres partió de Madrid y en una gélida noche, con trece grados bajo cero, cruzó el Guadarrama y se lanzó en persecución del general Moore, que iniciaba la retirada hacia La Coruña en un intento de embarcar a sus hombres en los barcos británicos fondeados en la capital gallega.

Calamidades sin cuento La retirada de Moore, perseguido a uña de caballo por el ejército más formidable de la época, se convertirá en una estela de desastres y privaciones, tal como recogen los diarios escritos por algunos de los protagonistas. El soldado James Gunn, integrado en el 42º Regimiento de Infantería de Escocia, los famosos «Black Watch», refleja un rosario de calamidades sin cuento: Reanudamos la marcha de madrugada por una mala y nevada carretera para nuestra comodidad. Llegamos a un río todavía más formidable que el que habíamos cruzado - el Esla, en Valencia de Don Juan -. Cuando llegamos a la orilla, se nos ordenó quitarnos nuestras faldas y cartucheras y doblarlas y colocarlas encima de nuestras mochilas sobre nuestras cabezas, no se podía dudar a la hora de mantener seca nuestra pólvora. Esta precaución probó ser necesaria. No disponiendo ahora sino de un solo par de botas, resolví cuidarlas, por lo que me las quité para tenerlas secas cuando alcanzara la orilla. Sin embargo, mi celo estuvo a punto de resultarme fatal. Flotaban trozos de hielo corriente abajo y el agua estaba tan fría que de no haber sido por un generoso dragón que vadeaba el río con nosotros, seguramente hubiera sido arrastrado por la corriente. Pero pude llegar a tierra a salvo y disfruté del premio de mis cuidados, sintiéndome muy cómodo al calzarme mis botas secas. La diplomacia del dolor no afectaba tan sólo a la tropa, pues también las mujeres y los niños que la acompañaban se vieron atrapados en una ratonera de odio y sangre: Un rumor extendido, acerca de que los franceses masacraban a todos los prisioneros que caían en sus manos, ocasionó un terror adicional y gran confusión entre los enfermos: las mujeres y los niños, para muchos de los cuales no había transporte, siéndoles imposibles seguir el paso de las tropas, fueron abandonados a su destino. Los lamentos y gritos de estos desafortunados, implorando ayuda, que era imposible prestarles, eran verdaderamente dolorosos, quizás nunca presencié una situación tan a propósito para excitar compasión y ternura, como la que aconteció; una pobre mujer, esposa de un soldado perteneciente a un regimiento escocés, exhausta por el hambre y la fatiga, había caído sin vida en la carretera con dos niños en sus brazos; y allí permanecían; cuando llegué a su altura, uno de los inocentes pequeños todavía se esforzaba por extraer el alimento del pecho de su madre que la naturaleza ya no le podía aportar.

Pánico en León

Antes de que se precipitasen tan tremendos acontecimientos, la capital leonesa se había sumido en un estado de pánico debido a las noticias -infundadas casi siempre- sobre el inminente regreso de los ejércitos franceses. Patrocinio García recoge en sus libros la exposición realizada por Félix González Mérida ante la Junta de Gobierno, el día 15 de noviembre de 1808, comunicando la novedad difundida por varios desertores, en el sentido de que los gabachos habían ocupado tanto Burgos como Palencia. La Junta reaccionó de inmediato, expidiendo una orden para la recogida de los alistados. Al día siguiente, Luis de Sosa insiste en lo crítico de la situación, aunque confiesa carecer de «noticias positivas de oficio». Las autoridades ordenaron poner guardia de día y de noche en cada puerta, auxiliada por dos individuos de instrucción y prudencia, turnándose el vecindario sin distinción alguna, y así se vele siempre la entrada de cualquier persona, se indague la causa de dicha entrada y todo lo demás que conduzca a evitar cualquier espía del que pudieran valerse los enemigos . Hacia finales de noviembre se conoció que unidades galas se paseaban tranquilamente por localidades como Mayorga, lo que ocasionaría una petición a Joaquín Blake, que se hallaba en Astorga, para que viniera a socorrer la indefensa capital. El tira y afloja se prolongó hasta finales de 1808, cuando la amenaza francesa adquirió tintes cada vez más verosímiles. Lo que nadie se imaginaba entonces es que la silueta del mítico Napoleón Bonaparte pronto iba a recortarse sobre el horizonte de la provincia leonesa.
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s2t2 -(7) Llegan los franceses

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN(7) Llegan los franceses MAÑANA Napoleón en España
Después de la contundente derrota de los patriotas españoles en la batalla de Rioseco, el 14 de julio de 1808, el pueblo leonés comprendió muy a su pesar que la cotización de la vida ajena estaba en caída libre. El general Cuesta buscó refugio en nuestra capital, adonde comenzaron a llegar pelotones de soldados que habían sobrevivido a la acción. Venían descalzos y hambrientos, amenazando con quemar la ciudad si no se les socorría
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

Además, contaban horrores sobre lo vivido en Medina de Rioseco, relatos que hablaban de la barbarie ciega desatada por las tropas de Napoleón. No exageraban lo más mínimo, pues contamos con el testimonio de Juan Álvarez Guerra, testigo del acontecimiento, que narra así el saqueo y la masacre perpetrada en la indefensa villa castellana: La desgracia verdadera fue la que siguió a la acción. Los habitantes de Rioseco, que desde las ventanas observaban la batalla, cuando vieron que los enemigos cedían, y que los nuestros iban persiguiéndolos, comenzaron a repicar las campanas, a tirar cohetes y a cantar victoria, y por esto la primera noticia que se esparció en Castilla fue de haber sido derrotados los franceses. Rabiosos estos borrachos y frenéticos, entraron en el pueblo, cometiendo mil horrores, ravagez, brulez, pillez, et tuez tout le monde (destrozad, quemad, saquead y matad a todo el mundo) es la orden que tenían estos bárbaros del tigre feroz, del oprobio de la especie humana, del emperador de los franceses. No hay plumas ni palabras con que pintar la desolación de aquel día. El enemigo entró en la población tocando a degüello, matando cuanto encontraban: hombres, mujeres, niños y animales. ¡Qué confusión! Clérigos, monjas y frailes y toda clase de gentes huyendo de la muerte, que hallaban entre las espadas, bayonetas y balas, que llovían por todas partes. La ferocidad con que se emplearon los galos aún estremece, a pesar de los doscientos años transcurridos: Cansados de matar, se entregaron al saqueo por espacio de 26 horas, y no hubo casa grande ni chica, convento, iglesia, ermita, ni caserío, cuyas puertas no rompiesen con hachas o a balazos, robando todo y destrozando lo que no querían. Las imágenes acuchilladas y despedazadas: los copones y las custodias eran el cebo de su ambición. Apenas hubo mujer que se librase de su desenfreno, ni marido, padre, hermano o vecino que no tuviese que presenciarlo y sufrirlo. A algunas las sacaron después y las llevaban en carnes por las calles. ¿Y son estos los que nos prometen conservar nuestra Santa Religión?

¡No, bárbaros! La especie humana está más interesada en vuestra destrucción que en la de los animales carniceros. Nuestra seguridad y la sangre de nuestros hermanos exigen medidas cada vez más activas y más enérgicas. No conocéis a los españoles: hemos jurado vencer o morir, y vuestras crueldades no hacen más que irritarnos, y llamar sobre vuestras cabezas el castigo y la venganza. La generosidad española lo ha repugnado; pero vosotros nos forzaréis a publicar los dos siguientes decretos: 1º Muerte a todo francés que pise nuestro suelo. 2ª Todo buen español esté obligado a un hecho, por donde no espere perdón si cae en poder de los franceses. Si hay algún cobarde que no se atreva a manifestarse, yo soy el primero a darle ejemplo, proponiendo los dos decretos anteriores.

Templos y propiedades

Ante la proximidad del enemigo, casi a las puertas de León, la Junta decidió abandonar la ciudad en caso de que el capitán general no pudiera defenderla. Y así ocurrió el día 18 de julio, partiendo tanto la Junta, a excepción de cuatro de sus miembros, como el ejército de Gregorio Cuesta. Al día siguiente la ciudad estaba prácticamente desierta, salvo unas cuentas mujeres y niños y un puñado de hombres. Hacia los días 20 o 21 las tropas galas ya estaban en Valencia de Don Juan, apenas a cuatro leguas de nuestra indefensa capital, así que la agobiada vecindad suplicó al obispo, Pedro Luis Blanco, que solicitase la capitulación a los franceses. No obstante, aún era posible que pasaran de largo, por lo que se apostaron dos «vecinos honrados» en los caminos por los que podrían acercarse, para que comunicasen sus movimientos con cierto tiempo de anticipación. No hizo falta esperar mucho, pues el párroco de Palanquinos remitió un escrito comunicando que tenía ante su vista la avanzadilla del ejército francés, extremo confirmado por uno de los vigías. Sin esperar a más, Josef Azcárate y Pedro Álvarez partieron hacia Mansilla, donde ya se encontraba el mariscal Bessières, con una carta credencial del obispo de León.

El general en jefe del ejército galo los recibió con cordialidad, a la que respondieron los emisarios dirigiéndose a Bessières en su idioma francés. El obispo, en su escrito, le ofrecía alojamiento en su palacio, caso de que se dignase pasar por León, solicitando que, si así fuese, hiciera observar a sus hombres disciplina y respeto a los templos, a los sacerdotes, a las personas y a sus propiedades. Consintió el mariscal en no castigar a León, gracia de la que quedaban excluidos los miembros de la Junta y los patriotas más destacados, exigiendo a cambio que se quemasen todas las armas recogidas en los almacenes de la capital. Así se convino, regresando a León nuestros representantes con una proclama de Bessières en la que, además de garantizar el respeto a los templos y las propiedades particulares, proponía que las gentes volviesen a sus domicilios y respectivas ocupaciones.

Fidelidad a José I

De forma sorprendente, las tropas gala se retiraron hacia Astorga y no fue hasta el día 26 de julio cuando los franceses entraron como pacíficos conquistadores en la capital. Las raíces del León más señero se crisparon ante la insultante presencia en nuestro solar familiar de las tropas del mariscal Bessières, duque de Istria y hombre de absoluta confianza de Napoleón Bonaparte. Para empeorar aún más la situación, su hermano José Bonaparte ya había sido coronado rey de España, formando un gobierno en el que figuraban personajes de tanto relieve como Mariano Luis de Urquijo o el conde de Cabarrús. Gaspar Melchor de Jovellanos, propuesto para ministro del Interior, no aceptó el cargo. El caso es que José I tomó posesión del Palacio Real, recibiendo una fría y burlona acogida por parte del pueblo de Madrid:

Anda, salero,

no reinará en España José Primero.

Haciendo de tripas corazón, lo más escogido de la jerarquía eclesiástica local salió a recibir al general Bessières. Iba el obispo en su coche, acompañado por el deán y por Rafael Daniel, arcediano de Valderas y una figura muy representativa en la capital. Llegado a León para ser secretario del obispo Cuadrillero, cuya memoria está ligada al Hospicio que fundó, era Daniel inquisidor general y aficionado al trato con amigos laicos más que eclesiásticos, pues con ellos mantuvo agrias relaciones reflejadas en cartas y documentos que aún se conservan. Apenas tres días más tarde, los invasores nombraron nuevas autoridades afines a su causa, elegidas entre los afrancesados que también había en León. Alejandro Reyero Castañón recibió el cargo de corregidor, mientras que Antonio Gómez de la Torre fue reconocido como intendente interino. Ambos juraron fidelidad al nuevo monarca, siguiendo las instrucciones dictadas por Bessières.

San Isidoro, cuartel general

Para mayor vergüenza, los soldados franceses buscaron alojamiento en distintas viviendas de la capital, distribuyendo sus pertrechos y camas de campaña en lo que antes eran honrados hogares, situación que pretendían perpetuar hasta el final de un conflicto que consideraban ganado de antemano. Igualmente, estudiaron la posibilidad de reducir de doce a cuatro el número de parroquias que prestasen servicios religiosos. Todo ello con el propósito de transformar a la chusma de aldeanos embrutecidos e ignorantes, según consideraban a los leoneses de la época, en hombres ilustrados y racionales. Se trataba, desde su óptica, de la batalla definitiva entre la civilización y la barbarie. Otra batalla, en este caso la de Bailén, pareció cambiar los vientos de la fortuna, además de trastocar definitivamente los planes galos durante el verano de 1808, pues tras la derrota en tierras andaluzas el ejército francés salió de León a la carrera el 1 de agosto y levantó su campamento en el Órbigo el día 3, para partir precipitadamente hacia Burgos.

Todas las cancillerías del viejo continente se hicieron eco de la insólita victoria obtenida por unas tropas poco equipadas y mal pertrechadas, integradas en su gran mayoría por paisanos armados con enseres caseros, sobre el mejor ejército de Europa. El general francés Dupont, encargado de reprimir el alzamiento en Andalucía y máximo responsable del saqueo de Córdoba el 7 de julio, se encontró el 19 del mismo mes y bajo un sol abrasador que hizo estragos en sus filas, frente a las fuerzas españolas mandadas por Castaños y Reding. Los franceses sufrieron tantas pérdidas que se vieron forzados a aceptar la derrota, solicitando que se les permitiera la retirada de sus abatidas tropas a Madrid, petición rechazada por el general Castaños. La noticia causó enorme conmoción en la corte, provocando la salida de los 22.000 hombres que estaban de guarnición en Madrid, acompañados por todos los enfermos que pudieron seguirles y el propio José I. El gran triunfo de Bailén supuso un rayo de esperanza para la vieja y cuarteada piel de toro, consciente de la que única lucha que se pierde es la que se abandona.
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s2t2 -(6) La Junta Superior del Reino

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN
Finalizando el mes de mayo de 1808, y una vez se hizo patente que España estaba políticamente inerme, quedó establecida en el Palacio Episcopal la Junta Superior del Reino de León, organismo de carácter patriótico encargado de asumir todos los mecanismos del poder y contener los violentos impulsos de un pueblo decidido a defender su tradicional «manera de ser», forjada a lo largo de milenios
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

La labor de la Junta durante los primeros y frenéticos días resultaría abrumadora: se repararon puertas y murallas, donde quedaron establecidos centinelas y rondas, además de proceder a la requisa de todo tipo de armas. Igualmente se enviaron vigías a Sahagún, Mansilla y otras carreteras, encomendándose su vigilancia, entre otros, a los abades de los frailes Benitos y Franciscanos en San Pedro de Eslonza y Santa María de Sandoval. A efectos económicos, se ordenó la requisa de trigo a los conventos, que también debían entregar su dinero y la plata que no necesitasen para el culto. En el cenobio de San Francisco se estableció un hospital de sangre para futuras contingencias, mientras que en San Marcos y San Isidoro se improvisaron sendos cuarteles. Los preparativos bélicos acrecentaron la sensación de angustia entre los ciudadanos, propiciando un torrente de furor público mencionado por el capitán general Cuesta en un escrito que remite a la Junta Superior: parece conveniente ceder a su fuerza, adoptando medidas y providencias para dirigir su impulso, de manera que sea menos funesto . La llegada de ochocientos hombres armados enviados por la Junta de Asturias alivió un tanto la tensión, pero de todas formas la Junta Suprema de León procedió, a partir del 1 de junio, al alistamiento de los varones que habrían de combatir a los gabachos. En el reglamento enviado a las autoridades locales en la provincia se incluyen requisitos como los siguientes: el padre que tuviera dos hijos útiles para la campaña, podría reservar uno para quedarse en el hogar familiar, aunque se admitirían voluntarios como prueba de su celo y patriotismo; asimismo, los justicias debían requisar y presentar todos los caballos con sus arreos pertenecientes tanto al clero como a los particulares, salvo los que eran propiedad de arrieros o sirvieran en las Paradas de Postas.

Cae Santander Así se lograron reclutar 8.000 hombres, divididos en diez Divisiones de entre 600 y 800 plazas. Durante el proceso de adiestramiento, dirigido por los militares Tomás Sánchez, Josef Antonio Zappino, Josef Baca e Isidoro Casado, se cometieron diversas irregularidades, según constatan testigos como Juan Posse, párroco de San Andrés del Rabanedo: Muy pronto comenzaron a ejercer actos de soberanía, mandando alistar los mozos, indiferentemente, en toda la provincia, sin atender a su talla e hidalguía. Nombraron oficiales a su gusto, sin atender si tenían luces y conocimientos necesarios, colocándolos según sus empleos o amistades . De forma paralela, se procedió a reunir todo el armamento para repartirlo posteriormente entre la tropa. Un proceso que causaría otro problema añadido a la Junta Superior, que ya había incautado en León 2.000 escopetas y 8.000 pistolas. Desde Asturias se enviaron distintos pertrechos de guerra, que fueron recogidos en el puerto de Pajares y traídos en carros a la capital. El pueblo recibió con alborozo a la reata de carruajes, pero al comprobar las municiones se vio que no correspondían con el calibre de las armas que había en León, lo que produjo un nuevo escándalo ante la Casa Consistorial. Tal cúmulo de circunstancias negativas, sumado a los rumores sobre la cercanía de los franceses, hizo que aumentara la desconfianza del pueblo leonés hacia sus autoridades, zanjada en un primer momento con el nombramiento de Manuel Castañón como comandante general y gobernador militar de León, además de organizar una guardia de 120 hombres para el servicio de la Junta. En la tarde del día 6 de junio corrió la especie de que 6.000 franceses se acercaban desde Palencia, algo que resultaría falso, aunque desgraciadamente no lo era la noticia de que las tropas enemigas entraron en Santander el día 23 de junio, novedad difundida por un espía que la Junta tenía apostado en las montañas de Reinosa. El bailío don Antonio Valdés, antiguo secretario de Marina y entonces presidente de la Junta Suprema del Reino de León, ordenó arrestar a Melchor Paniagua, difusor de tan malas nueva, por haber consternado a este pueblo y los demás en su tránsito, por haber esparcido con imprudencia varias noticias sobre las ocurrencias de Santander, que en parte han resultado falsas. Se vivieron jornadas de locura y continuas acusaciones entre unos y otros de antipatriotas y afrancesados, por lo que ni siquiera el propio Valdés, con todo su noble y rancio historial, se libró del recelo y la insidia. Efectivamente, el fiel servidor de Carlos III y Carlos IV había salido desde Madrid acompañando a Fernando VII, pero al llegar a Burgos se negó a continuar camino hacia el exilio de Bayona. Al entrar en la ciudad el 8 de junio, corrieron dañinos rumores sobre su persona, así que se presentó ante la Junta el día 14 diciendo que se sospecha de él en León y espera que la Junta le juzgue en el lugar que le corresponde . Y salió del salón, sin decir nada más. Las autoridades leonesas le dieron cumplida satisfacción, hasta el punto de nombrarlo presidente de la Junta en atención a sus muchos méritos y elevada categoría.

Paz con Inglaterra Todas las miserias y grandezas del fluir humano se hicieron patentes en nuestra atribulada capital, pues en la noche del 1 de julio fue asaltada nuevamente la vivienda de Felipe Sierra Pambley, secretario de la Junta. Pero no todos los recelos eran infundados, pues a estas alturas el general Cuesta seguía diciendo que esas sospechas no pueden caber ni aun en la gente más ignorante y grosera; por consiguiente, si así lo vociferan los leoneses, sólo será pretexto para renovar su insurrección y desórdenes... Los miedos de ese pueblo son bien infundados . Con la intención de restablecer el orden público, la Junta acordó que se devolvieran todas las alhajas y el dinero robado por los revoltosos en distintas viviendas particulares, bajo la advertencia de pasar por las armas a los transgresores. Amenaza que podía ser cumplida gracias a los 200 hombres de caballería del Regimiento de la Reina que se asentaron en la ciudad.

Por otra parte, la Junta de León había establecido relaciones con Gran Bretaña, igual que hizo el Principado de Asturias, con la intención de solicitar un crédito. Pero como oficialmente España estaba en guerra con Inglaterra por exigencias del antes aliado Napoleón, la Junta de León manifestó que esta situación resultaba incompatible con las recíprocas muestras de unión y amistad entre ambos pueblos, decidiendo publicar la paz con dicha nación. El día 10 de julio tuvieron lugar en la Catedral nuevas rogativas por el éxito de los ejércitos españoles y se reiteró el juramento de fidelidad a Fernando VII, que seguía en los altares del culto popular:

Niño, que a los Santos Reyes

de Herodes los liberaste,

haz que salga el rey Fernando

del poder de Malaparte.

Si hablamos de la provincia, donde los preparativos bélicos seguían un ritmo igualmente frenético, en Astorga se improvisó el llamado batallón de Clavijo, así conocido pues su enseña era una antigua bandera de origen medieval perteneciente a los marqueses de Astorga y depositada desde trescientos años atrás en la Casa Consistorial de la capital maragata. Según refiere la tradición, un antepasado de los Osorio había ondeado el estandarte durante la legendaria batalla de la Reconquista. Conocemos por los rigurosos estudios del historiador Arsenio García, uno de los más documentados expertos en el tema de la Guerra de la Independencia, la contundente derrota cosechada por los ejércitos españoles en la batalla de Medina de Rioseco, acontecida el 14 de julio de 1808. Nuestras tropas estaban comandadas por los generales Blake y Cuesta, que poco pudieron hacer ante el potencial de pesadilla que mostraron las unidades galas. Un ejército, en palabras de Miguel Artola, capaz de introducir numerosas novedades organizativas y mejoras en el armamento que lo hacían casi invencible, integrado además por soldados muy motivados desde el punto de vista ideológico. Uno de los testigos presenciales de la acción, el teniente coronel Moscoso, refiere el desconcierto que se produjo entre los bisoños batallones españoles: El gran número de conscriptos que por primera vez veían el fuego enemigo y habían disparado un fúsil¿ se atropellan sobre los veteranos y les arrastran en su confusión. ¡Qué espectáculo! ¡Qué desesperación! Los Oficiales abandonados casi enteramente de sus Compañías vagaban por el Campo, espada en mano, sin poder reunir a su aturdida gente; algunos de ellos vimos perecer de los tiros de sus mismos soldados que disparaban sus fusiles al aire y sin más que la casual dirección; todo al fin era un tumulto al cabo de poco tiempo, y a pesar del valor y firmeza de los Comandantes y Oficiales particulares era ya imposible restablecer el orden y hacerlos volver a sus formaciones.

En Medina de Rioseco se destapó la caldera del diablo para los patriotas españoles, que vieron con pesar como el general Blake abandonaba a Cuesta para retirar sus tropas en dirección a Galicia, mientras el capitán general de Castilla, batido en toda regla, decidía dejar el lugar para dirigirse con las orejas gachas a León. La Junta, asombrada ante la magnitud de la catástrofe, dijo estar dispuesta a todos los sacrificios razonables compatibles con las circunstancias, pero que si los enemigos llegaban a León antes de que Cuesta la socorriera, dejarían libertad al pueblo para que capitulase y se librara así de los horrores del saqueo.
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s2t2 -(5) El 2 de mayo de 1808

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN
El día 2 de mayo de 1808, como era de prever, España se dio de bruces con lo inevitable. A partir de la entrada en Madrid de las tropas mandadas por el mariscal Joaquín Murat, gran duque de Berg y lugarteniente de Napoleón en nuestro país, los enfrentamientos entre la soldadesca y el pueblo llano habían sido constantes, resultando asesinados cada día una media de entre dos y tres franceses desde finales del mes de marzo hasta que estalló el «día de la cólera», en afortunada expresión de Arturo Pérez Reverte
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz
 JESÚS
LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN(5) El 2 de mayo de 1808 MAÑANA La Junta Superior de León
Gregorio Cuesta, capitán general de Castilla la Vieja

La chispa inicial de la revuelta se localiza en el palacio real, cuando un grupo de curiosos contempló estupefacto como el infante Francisco de Paula, hijo menor de los reyes, se echaba a llorar por no querer subir al coche dispuesto por los ocupantes. El cerrajero José Blas Molina entró a la carrera en palacio y, al poco, salía gritando: ¡Traición! ¡Nos han llevado al rey y se nos quieren llevar a todas las personas reales! ¡Mueran los franceses! Los presentes se abalanzaron sobre el carruaje para cortar los tiros de las caballerías, en una explosión de furia reprimida por el batallón de Granaderos de la Guardia con una descarga de fusilería que causó un río de sangre. La noticia corrió por Madrid a la velocidad del rayo, transformando a manolas, chisperos, granujas y holgazanes en guerreros al calor del fuego patriótico que inflamaba al país , según dijo Galdós. Gente enloquecida se arrojaba a los pies de los caballos, mientras una sucia lucha callejera se extendía desde la Puerta del Sol a los barrios populares. Agua y aceite hirviendo caían desde los balcones sobre los escuadrones de polacos y mamelucos, en una epopeya de heroísmo colectivo y coral que sería retratada en toda su cruel expresión por Francisco de Goya. A pesar del fondo enigmático que aún rodea a un acontecimiento tan legendario, está fuera de toda duda que las clases políticas y militares mantuvieron una actitud cobarde y neutral ante un explosión aureolada por toda la grandeza de las batallas perdidas, pues tan sólo dos oficiales de alta graduación, Daoiz y Velarde, se sumaron a la revuelta desde el parque de artillería de Monteleón. Las poderosas y curtidas tropas galas lograron finalmente hacerse con el control de la capital de España, iniciando de inmediato una brutal represión. Al anochecer del 2 de mayo comenzaron los fusilamientos en el paseo del Prado, las puertas del Retiro o la Casa de Campo, encendiendo la mecha de un artefacto emotivo cuyos ecos llegaron, naturalmente, hasta la provincia leonesa. Aquí en la capital, como en otros muchos puntos del país, las élites dirigentes se encontraron ante una peliaguda disyuntiva: por un lado, estaban avocadas a condenar la masacre acontecida en Madrid; pero en otro sentido, apoyaban secretamente las ideas ilustradas y consideraban a los franceses como palanca de modernidad y freno para la plebe incontrolada. Grave dilema moral que llevaría al Consejo de Castilla a salir a las calles madrileñas al mediodía del 2 de mayo, para aplacar la ira popular y tratar de apaciguar los ánimos. Idéntico ánimo conciliador predominaba en la Chancillería de Valladolid, a cuya jurisdicción pertenecía León, donde se redactó el día 5 de mayo un bando que solicitaba no se vea alterada la buena armonía con las tropas francesas y que no olvidase la nación española lo que exige la hospitalidad y las órdenes repetidas del monarca para con las tropas francesas.

El gorro de Napoleón Igualmente, la Chancillería vallisoletana decía esperar que en los pueblos por donde pasaran los galos, se les proporcionen cuantos auxilios necesiten, que los jueces tengan bajo su protección a cualquier individuo de aquella nación que se halla visto insultado o atropellado, administrándoles pronta y severa justicia . No resulta extraño que tan servil actitud causara la ira del populacho más exaltado:

¡Viva España!

¡Viva la Religión!

Yo me cago en el gorro de Napoleón. Aún más, los leoneses exigieron al Ayuntamiento que remitiese un oficio a dicha Chancillería, con la intención de conocer sus auténticos sentimientos a propósito de la situación del país. La respuesta de don Gregorio Cuesta, capitán general de Castilla la Vieja y presidente de la institución, fue la siguiente: su modo de pensar es y será siempre muy conforme y subordinado al de nuestro Gobierno Superior. A éste y no a los particulares corresponde deliberar sobre los negocios del Estado; lo demás, sobre ser opuesto a los primeros deberes de vasallo y de católico, produce la anarquía, es decir, la destrucción de la Monarquía y el Estado, el mayor de los males políticos. Todas las Personas Reales han renunciado solemnemente a sus derechos a la corona de España, absolviendo a los vasallos del juramento de fidelidad y vasallaje: no debemos, pues, intentar nada contra su expresa determinación, ni contra la Junta Suprema ( constituida en Madrid por orden de Murat ) que nos gobierna en nombre del emperador de los franceses, por el derecho que les han traspasado aquellas renuncias, bajo el pacto de nuestra independencia sin desmembración y de la conservación de nuestra Santa Religión. El emperador debe darnos un rey, en circunstancias que no le tenemos ni conocemos, quien tenga derecho a serlo.

La maquinaria del odio Tanta condescendencia y buenas modos no servirán de nada, pues el 24 de mayo llegó a manos del alcalde-corregidor, Josef Guadalupe, un pliego remitido por el duque de Berg, ordenando que la capital leonesa eligiera y mandase diputados a las Cortes que pretendían reunirse en Bayona el 15 de junio. La exasperación ciudadana llegaría al paroxismo el día 27 de mayo, al conocerse el bando que anunciaba la renuncia de la corona de España en Bonaparte, así como la proclamación del propio Murat como teniente general del Reino. Aquel mismo día se supo que el Principado de Asturias había declarado oficialmente la guerra a los usurpadores franceses, lo que se tradujo en un incesante ir y venir de reuniones y pronunciamientos redactados en los conventos y en las casas de los canónigos. La piel serena de León se estremeció con una serie de desórdenes que se multiplicaron desde la plaza de San Marcelo hasta la Catedral y la Plaza Mayor. Ese mismo día 27, la ciudad envió un estudiante al vecino reino de Galicia, invitando a los ciudadanos a unir fuerzas para defender al depuesto rey, al suelo español de la presencia enemiga y a la Religión. El Ayuntamiento, por su parte, remitió otro escrito al Capitán General de Galicia, a fin de conocer qué sentimiento tiene sobre las órdenes que se han comunicado, anunciando la renuncia de la corona en favor del emperador de los franceses.

La maquinaria del odio se había puesto definitivamente en marcha y los vecinos, temerosos de que los franceses pudieran plantarse ante las puertas de la ciudad en cualquier momento, comenzaron a solicitar la entrega de armas a las autoridades, que todavía se mostraban reacias a dar semejante paso. Los amotinados interceptaron el correo de Madrid y amenazaron con quemar la ciudad en caso de que no se accediese a sus peticiones. Ante la extrema presión popular, por fin se comenzó a distribuir armas entre los paisanos y se acordó convocar la Junta del Reino de León, organismo que habría de aquietar los desatados ímpetus del pueblo y trataría de salvar el honor de la provincia y sus gentes. A petición del obispo se acordó celebrar la reunión en la mañana del 30 de mayo y en el Palacio Episcopal, a la que habrían de acudir los capitulares de la capital, los prebendados y otras dignidades de la Iglesia, representantes del clero secular y regular y caballeros particulares, además de dos diputados nombrados por cada parroquia con la facultad de elegir entre todo el vecindario seis vocales para la Junta provincial.

Fúnebre pesimismo

En un ambiente de abatimiento y fúnebre pesimismo, provocado por las lamentables noticias que trajo a León el vizconde de Quintanilla y un puñado de Guardias de Corps que llegaron huyendo desde Burgos, tuvo lugar la constitución de la Junta de Gobierno de León, la cual dio a conocer mediante un bando las razones de su formación, sus competencias y composición. Entre su miembros se contaban personajes con tanto relieve social como Felipe de Sierra Pambley, el propio vizconde de Quintanilla, Josef Azcárate, Luis de Sosa, Manuel Castañón, Fausto Escaja -tesorero de la Casa de Luna-y Rafael Daniel, arcediano de Valderas. La Junta así compuesta asumió los resortes del poder en la provincia hasta que no se repusiera en el trono a Fernando VII o a otra persona real legítimamente constituida, al tiempo que cesaba en sus funciones a todas las autoridades establecidas, tanto políticas como militares, hasta que se subordinaran a sus disposiciones y recibieran una nueva investidura.

Al día siguiente, y contando con la presencia del capitán general, el antes reticente Gregorio de la Cuesta, la Junta acordaba aumentar su composición en un diputado por cada una de las provincias de Castilla la Vieja, con la finalidad de tener jurisdicción sobre todas ellas en los aspectos de armamento y subsistencia para el ejército. La magna y patriótica asamblea incluyó entonces a notables como Lorenzo Bonifaz, por Zamora, José Morales, en representación de Valladolid, o José Jiménez de la Morena, por Ávila. De esta forma quedó constituida la Junta Superior de León, nacida como consecuencia de la necesidad imperiosa de organizar la ciudad ante un conflicto que se anunciaba inminente. Y también, a causa de la revolucionaria presión de un pueblo que exigía la sustitución de la desaparecida potestad real por otra autoridad efectiva y local.
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