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(11)Cantineras militares, mujeres de armas tomar


LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN
Bajo su atavío femenino, y casi siempre pobre, latían corazones llenos de valor y de abnegación. Las cantineras eran la verdadera flor de los campos de batalla para los ejércitos de aquella época, y por supuesto de la cruel Guerra de la Independencia
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

El poder de Napoleón se hallaba en su apogeo allá por el año 1807, y toda la Europa continental estaba supeditada a su voluntad. En el mes de julio de ese mismo año hizo anunciar al Gobierno español su decisión de enviar a Portugal un contingente francés para obligar a dicha nación a cerrar sus puertos a los ingleses y expulsarlos de sus fronteras. Comenzaron entonces las conversaciones con Godoy que dieron como resultado el infame tratado de Fontaineblau firmado el 27 de octubre, en el que se estipulaba que Godoy recibiría el Principado de los Algarbes y a Carlos IV se le otorgaba el pomposo dictado de Emperador de las Américas. Éste, en cambio, se comprometía a mantener y alimentar a los soldados galos destinados a la ocupación de Portugal, permitiendo su paso por territorio español.

No vieron o no quisieron ver nuestros gobernantes la estratagema, el deseo vehemente de Bonaparte de ocupar así la Península Ibérica. Sesenta mil soldados se agolparon súbitamente sobre los Pirineos, prontos a cruzar la frontera y penetrar en el corazón de nuestra desventurada patria sin pegar un solo tiro. Al año siguiente, en 1808, los españoles comenzaron a manifestarse en muchas ciudades contra los franceses y en distintas fechas. En León, concretamente, hubo un manifiesto el 24 de abril de dicho año, tres meses antes de que las tropas francesas llegaran realmente a la capital, donde penetraron por el barrio extramuros de San Lorenzo.

A Napoleón siempre le acompañaban en sus campañas las cantineras, que además de suministrar víveres a los soldados, les servían de consuelo moral o ejercían de útiles enfermeras, además de su «biblioteca portátil». Según cuentan, el amor a los libros de este arrasador de naciones y empedernido «bibliómano» era tal, que se hizo construir una gran y completa biblioteca portátil. Constaba de un millar de libros que no superaban los diez centímetros de largo por seis de ancho, para facilitar así el traslado. Comprendía cuarenta volúmenes de materias religiosas, cuarenta de poesía épica, cuarenta de obras dramáticas, sesenta de versos, sesenta de historia, cien de novelas y los restantes de memorias históricas. Siempre que Bonaparte proyectaba una campaña dirigía instrucciones a su bibliotecario, un tal Barbier, encargándole libros que pudieran tener relación con aquélla, así como planos y documentos históricos sobre las mismas. Pero a pesar de la multitud de libros que solicitó sobre España, ello no impidió que Napoleón perdiera la guerra.

Un barril por bandolera

Cuando el 1 de enero de 1809, precedido el día antes por el mariscal Bessières, entró Napoleón en Astorga viniendo por Valderas y Benavente, pasó revista a casi setenta mil soldados y jinetes, formando también un pequeño grupo de mujeres, las famosas cantineras. Luego se retiró a su tienda de campaña, donde ya habían instalado su biblioteca, debido al mal tiempo y para que descansaran las tropas y reagruparlas, según narran las crónicas. Horas antes de llegar el emperador galo, la ciudad de Astorga había sido abandonada por las tropas del marqués de la Romana y las inglesas del general Moore, de camino hacia La Coruña.

Las cantineras son personajes poco conocidos, típicas de los ejércitos de antaño, una reminiscencia del pasado con su falda corta y el barrilito colgando de la bandolera. Habían surgido en una época romántica. La cantinera uniformada y formando en filas, verdadera flor de los campos de batalla, fue exotismo pasajero. Los españoles lo habíamos tomado de los franceses, con quienes alcanzaron gran popularidad desde la época de Napoleón. En tiempos de guerra seguían a los ejércitos con una pequeña cantina ambulante, despachando bebidas o comestibles a los soldados. Sin ningún distintivo especial, vestían al igual que cualquier mujer del pueblo, como podemos apreciar en la iconografía que ilustra este reportaje, y normalmente llevaban sus provisiones en un gran cesto colgado al brazo, o cuando más en un carricoche destartalado, del que tiraba un mísero rocín. Sin embargo, bajo su humilde apariencia, latían corazones llenos de patriotismo y valor. En algunas provincias se llegaron a crear las «compañías de mujeres» bajo la advocación de Santa Bárbara, con el deber de auxiliar a la guarnición, socorriendo a los heridos y repartiendo provisiones.

La dama de La Cándana

Napoleón condecoró a gran cantidad de ellas como recompensa a su comportamiento en el campo de batalla, honra para la clase de las cantineras. Así Teresa Fromageot, herida mientras daba de beber a los soldados que habían quedado lisiados. Catalina Rohmer, que asistió al sitio de Zaragoza y fue también herida. María Bourane, salvadora de un soldado que se ahogaba en otra batalla. Hay que destacar igualmente a las esposas de algunos arrieros maragatos, que ejercieron de cantineras ayudando a los ejércitos españoles y a las guerrillas en las contiendas habidas contra los franceses al paso por nuestra agreste y montañosa provincia. No hay que olvidar el servicio que los arrieros maragatos han prestado siempre al Estado y a la Corona. Podemos señalar como cantineras maragatas que destacaron en esa guerra, según fuente particular, a Trinidad Botas, de Castrillo de los Polvazares, Manuela Salvadores, de Santa Colomba, o Juana Calvo, de Rabanal. No nos hemos de olvidar de Amalia Alonso, conocida por la Dama de la Cándana, admiradora de su heroína, la Dama de Arintero. Amalia nació en un lugar del valle del Curueño allá por el año 1770, posiblemente en la Cándana. Era buhonera de profesión y en un pequeño y destartalado carromato, tirado por una mula flaca, recorría todos los pueblos del valle. Tendría unos 40 años cuando se enroló como cantinera al servicio de la guerrilla que luchaba contra el ejército galo. Se alistó al lado del famoso guerrillero fray Juan de Deliva, de sobrenombre el Capuchino , que actuaba por León y era correligionario del afamado Empecinado .

En años posteriores, y en recuerdo de los servicios prestados por tan heroicas mujeres, no sólo como abastecedoras, sino como excelentes auxiliares en la cura y socorro de los heridos, se les dio un carácter militar. Como uniforme se les asignó un traje casi masculino con falda corta y pantalón. Con el fin de evitar escándalos, se exigía que la cantinera fuese casada, y matrimoniada con militar. Se prefería a la mujer de un soldado raso, de un corneta o de un tambor. Además, estaba sometida al reglamento y tenía puesto en filas, detrás de la banda de tambores en las grandes revistas y detrás de la última compañía de su batallón en los desfiles y marchas.

Sirvo a una dama

Aquellas cantineras jóvenes, bonitas las más, se ofendían cuando se les recordaba su sexo o a sus hijos, pues no reconocían otra familia que su regimiento. España las introdujo con éxito en la guerra de África. Su uniforme consistía en sombrero embreado con largas cintas, pantalón como el de la tropa, falda corta, cubierta por delante con un pequeño delantal y corpiño de corte militar. Fortuny supo pintarlas, con hermoso detalle, en el magnífico boceto de la batalla de Wad-Ras. Los periódicos de la época dedicaron especiales elogios a la heroica cantinera de los cazadores de Baza, llamada Ignacia Martínez, que salvó la vida de muchos soldados con riesgo de la propia. Después de haber estado en la guerra siete años, con el ejército del Norte, no quiso abandonar la vida del campamento y siguió toda la campaña de Marruecos.

Cuando en los primeros años del siglo XX desaparecieron las cantineras, ya no eran más que las honradas mujeres de los cantineros; esto es, del cabo de tambores o del viejo sargento reenganchado, que para ayudarse un poco establecían una cantina en el cuartel, previa autorización de sus jefes y mediante el pago de cierta cantidad al regimiento que utilizaba la diminuta tiendecilla. En los ejércitos de Ultramar, nuestras tropas también iban seguidas de las cantineras, y algunas se embarcaron voluntarias hacia aquellas lejanas colonias que acabamos por perder. ¿Cuál era el arma que usaban las cantineras? Desde luego, la navaja, que además de ser objeto familiar y popular en la vida de los españoles, resultaba fácil de camuflar y esconder. Esta arma fue una de las más usadas contra los franceses en la confrontación bélica iniciada en 1808. Fueron muchos los soldados del país invasor que perdieron la vida merced a las navajas empuñadas por las cantineras, que preferían a cualquier otra arma por lo fácil de llevar en cualquier parte de su indumentaria. Cortaban las cinchas de las cabalgaduras de los caballos, y una ver derribados eran degollados. Se cuenta que en la hoja de la navaja de estas valientes mujeres aparecía la inscripción: Sirvo a una dama, la defenderé con la ayuda de Dios . Y es que las mujeres sencillas del pueblo, aquellas cerilleras, floristas, aguadoras o vendedoras ambulantes de otras épocas, confiaban su defensa en la navaja que solapada y dormida entre los pliegues de su ropa, las infundía confianza y tranquilidad.

Entre la historia y la leyenda, así fue el heroísmo, sin escatimar sacrificios ni regatear valor de las cantineras, empeñadas en la lucha por las libertades contra las tropas de Napoleón. Luego se acabó lo nacional, y para bien o para mal, vendrían las dos Españas.
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s2t2 -(10) La batalla de Cacabelos

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN(10) La batalla de Cacabelos

Dispuesto a destrozar el ejército inglés dirigido por John Moore, Napoleón marchó desde la capital de España en diciembre de 1808 apoyado por un numeroso contingente de tropas. Una vez llegado a Astorga, el emperador francés fue informado por medio de un correo que Austria estaba decidida a romper nuevas hostilidades y salió hacia Valladolid, pero lanzando a los mariscales Soult y Ney detrás de los británicos, que marcaban su línea de retirada con saqueos y pillajes que arrasaron el solar berciano
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

La noche del 31 de diciembre, las divisiones de Fraser, Hope y Baird se encontraban en Bembibre, lugar donde corrió tanto la sangre como el vino. Cuando el grueso de la tropa enfiló el camino hacia Villafranca, quedaron abandonados en calles y bodegas alrededor de 200 borrachos y 500 rezagados. Testigos presenciales afirmaron que las puertas y ventanas de las viviendas estaban destrozadas y las cerraduras rotas. También las mujeres y los niños participaron en semejante ordalía de terror y alcohol, pues les escurría el vino de los labios y las narices, como si hubieran sido fusilados. A lo largo de la historia la violencia se ha salido casi siempre con la suya, según pudieron comprobar los atribulados vecinos de Villafranca del Bierzo: La ciudad mostraba las más fuertes escenas de desastre y desolación; partidas de soldados borrachos cometían toda clase de barbaridades; muchas casas estaban en llamas y cierta cantidad del equipaje y suministros militares, para los que no había medio de transporte, se quemaron en la plaza. El ron corría por el suelo; los barriles habían sido abiertos por las calles, y una promiscua chusma bebía y llenaba botellas y cántaros de los regueros. Todas las calles estaban repletas de caballos, mulas y carros.

Al entrar las tropas galas en el desolado Bembibre, los dragones se cebaron en la canalla borracha y descontrolada. La venganza hizo presa en los hombres desperdigados, que cayeron bajo el sable enemigo sin oponer apenas resistencia. Más tarde se incendió el Ayuntamiento con el archivo, la iglesia parroquial y el santuario del Ecce-Homo, acabando por quemar la totalidad de la villa. Las gentes huyeron a la carrera en busca de la seguridad de los montes vecinos, en un intento de poner a salvo su pobres enseres personales antes de que Bembibre se convirtiera, como de hecho ocurrió, en un monumento al horror supremo.

A golpe de fusta El día 2 de enero de 1809, Moore concentró a las tropas en Cacabelos para arengarlas con dureza, abochornado por la conducta de sus hombres: Si el enemigo tomó ya Bembibre, como creo, logró un extraño botín: ha tomado o destrozado muchos cientos de ingleses cobardes y borrachos, pues nadie sino los malvados cobardes borrachos se emborracharían en presencia o ante las mismas narices de los enemigos del pueblo. Y, antes que sobrevivir a tan infame conducta, espero que la primera bala de cañón disparada por el enemigo me pegue en la cabeza.

De poco sirvieron sus inflamadas palabras, pues aquella misma noche se expoliaron diversas viviendas del pueblo, provocando que un tribunal militar de urgencia juzgase a los responsables. Dictada la correspondiente pena de culpabilidad, los revoltosos fueron atados y recibieron, en sus desnudas espaldas, una serie de terribles golpes de fusta. El imponente general Edward Paget supervisaba la escena, ambientada tétricamente por el redoble de tambores que marcaba el ritmo de los latigazos. Posteriormente fueron juzgados dos soldados que habían robado un jamón, cometiendo un delito de saqueo que se castigó con la pena de muerte. La pareja fue llevada al árbol más cercano y, cuando estaba a punto de consumarse la ejecución, llegó al galope un oficial, anunciando que el enemigo estaba a punto de irrumpir en la villa. Paget acabaría por perdonar a los reos, tras su promesa de reformarse.

No era momento para castigos ni ejecuciones, así que el ejército de Moore se aprestó a la defensa, colocando en el castro de Bergidum 2.500 fusileros y una batería de 6 cañones. Otros soldados se distribuyeron entre los viñedos, detrás de los árboles y en los alrededores de las Angustias. Hacia la una de la tarde apareció por fin la vanguardia gala, después de tomar Ponferrada sin disparar un solo tiro. El contingente de ingleses que ejercía labores de vigilancia cruzó el puente sobre el Cúa y se desplegó por la margen derecha en orden de batalla. Ante ellos se plantó el joven y fogoso general Auguste Colbert, a quien el mariscal Soult había ordenado atacar sin esperar más refuerzos. En medio de una tremenda confusión, los dragones cargaron sobre grupos de rezagados que pretendían cruzar el paso, capturando a 50 fusileros. No obstante, una granizada de balas frenó en seco la acometida francesa, propiciando un momento de duda sobre el mejor punto para continuar el ataque.

Muere Colbert Colbert y sus hombres retrocedieron unos pasos para reagruparse, mientras el general acariciaba a una perrita de aguas que le acompañaba habitualmente en sus campañas. Según el escritor Enrique Gil y Carrasco, muy cercano a dichos acontecimientos, el apuesto militar francés caracoleaba sobre su corcel, a pecho descubierto y sin ocultarse del enemigo, animando a la tropa y repartiendo órdenes. Mientras tanto, los fusileros de Moore ascendieron el puente y se apostaron en él, seguidos a caballo por los húsares. Desafiando el peligro, Colbert inició otra embestida con los dragones dispuestos en columnas de a cuatro. Aunque muchos son batidos logran atravesar el puente, pero los disparos cruzados les impiden seguir hasta el castro. Un certero balazo acaba entonces con la vida de Colbert, alcanzado por un tiro en la frente. La orden del día adjudica semejante hazaña, realizada desde unos 140 metros de distancia, al escocés Tom Plunket, soldado del 95º. Junto al general también cayó su ayudante, Latour-Maubourgh, que falleció finalmente en Villafranca. El cronista Napier escribió el siguiente epitafio sobre Colbert: Su delicada y marcial figura, su voz, sus ademanes y, sobre todo, su atrevido valor, habían despertado la admiración de los ingleses, y hubo una pena general cuando el intrépido soldado cayó. La muerte de Colbert exasperó a los suyos, que sumidos en un torbellino de ruido y furia cargaron una y otra vez contra sus bien atrincherados rivales. Así continuaron durante toda la tarde, mientras la carretera quedaba obstruida por los cadáveres. Cuando la luz del atardecer se desvanecía, a eso de las cinco, aún se trabaron nuevamente en una lucha cuerpo a cuerpo entre los jinetes galos y los Casacas Verdes británicos. Casi de noche cesaba por fin la batalla de Cacabelos del día 2 de enero de 1809, cuya victoria fue reclamada por ambos bandos. Sobre el campo quedaron 200 o 300 muertos correspondientes a cada una de las naciones enfrentadas, un número de bajas similar que certifica lo ajustado del combate. Los franceses conquistaron Cacabelos, efectivamente, pero los ingleses lograron proteger con ventaja su retirada. Concluida, por cierto, con la trágica muerte de John Moore en La Coruña, donde aún permanece enterrado. En cuanto al número de combatientes, los distintos autores no acaban de ponerse de acuerdo en las cifras. Mientras Thiers habla de 3.000 hombres de a pie, 600 de a caballo y muchos artilleros, Napoleón estima la retaguardia inglesa en 5.000 infantes y 600 jinetes. En una carta escrita desde Benavente un día más tarde, el emperador no otorga demasiada importancia al enfrentamiento, calificándolo de petit combat .

Recreación histórica

La sangrienta epopeya desarrollada a orillas del Cúa impresionó vivamente a las gentes de Cacabelos, que desde la lejanía contemplaron el desarrollo de la batalla y la muerte del joven general Colbert. Pese al extraordinario odio que se habían ganado a pulso los intrusos galos, enemigos acérrimos de la Religión y de todo lo sagrado, un sentimiento de piedad hacia los caídos inspiró letrillas como la recogida en Villafranca del Bierzo:

En España se quedaron

sin volver a sus hogares

muchos miles de franceses. ¡Cómo llorarán sus madres!

Gracias a la iniciativa conjunta de la villa de Cacabelos y del Centro de Iniciativas Turísticas Ribera del Cúa, en el mes de septiembre del año 2000 se llevó a efecto la I Recreación Histórica de la Batalla. En tan colorido y emotivo acto intervinieron hombres y mujeres del pueblo que representaban, debidamente ataviados a la usanza de la época, al ejército de Tiradores del Bierzo, unidad que realmente no llegó a tomar parte en el combate. Se trataba, en definitiva, de festejar la histórica efemérides instituyendo una tropa que se engrosó con la presencia de las damas españolas y los campesinos del lugar. A su lado, se contó con la presencia de grupos llegados de toda Europa para simular los bandos inglés y francés enfrentados a sangre y fuego el 2 de enero de 1809. Entre ellos, los Royal Green Jackets , la Asociación Rusa de Historia Militar, The Corunna Society, el 4º Regimiento del Real Cuerpo de Artillería y los Chasseurs â Cheval de la Garde . De una u otra forma, el pasado siempre forma parte del presente. Y aquella primera edición de un espectáculo que trata de recuperar la memoria de este episodio fundamental en el periplo histórico de Cacabelos, ha tenido continuidad en ediciones posteriores dada la gran acogida tributada por el público asistente. Con motivo de la I Recreación de la Batalla, y aprovechando la presencia de destacadas asociaciones dedicadas al estudio de los logros y la figura del emperador Bonaparte, se creó la Asociación Napoleónica Española.
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s2t2 -(9) Bonaparte duerme en Astorga

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN(9) Bonaparte duerme en Astorga
Los desgarros del conflicto entre españoles y franceses se cernían nuevamente sobre León en el mes de diciembre de 1808, cuando el día 22 apareció en nuestra ciudad el primer periódico con vocación de informar sobre los hechos de actualidad. Se titulaba El Manifiesto de León y su redactor era el coronel Luis de Sosa, cuyo objetivo primordial consistía en dar noticias sobre las operaciones del ejército enemigo y de los aliados ingleses, aunque también incluía reflexiones políticas y consignas patrióticas
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

En opinión de Carmelo Lucas del Ser, este impreso de cuatro hojas y pequeño formato tenía como finalidad contrarrestar la propaganda de los gaceteros del bando afrancesado y sostener el ánimo de la población. Lamentablemente, sólo apareció el citado número correspondiente al 22 de diciembre, pues la llegada de los franceses abortó la feliz iniciativa de Luis de Sosa, hombre culto y amante de las artes y las letras, como prueba la extensa biblioteca que poseía.

Lanzado Napoleón Bonaparte en persecución de las tropas inglesas del general Moore, nuestros aliados huían a la carrera en dirección al puerto de La Coruña, donde esperaban encontrar la salvación al embarcar en los barcos de su flota. Las infinitas calamidades padecidas por el camino aflojaron hasta tal punto las ordenanzas, que los soldados se entregaron a brutales actos de indisciplina que cubrieron de ignominia al ejército de Gran Bretaña. Al conocerse en la ciudad que el día 29 de diciembre el general Franceschi, comandante de la vanguardia de Soult, había aparecido de improviso en Mansilla, el marqués de la Romana, jefe del Ejército de la Izquierda, salió de la capital para «evitar las violencias del enemigo» y cubrir, con sus tropas, la entrada del Reino de Galicia.

También puso pies en polvorosa la Junta de Gobierno, que después de coger en Astorga los caudales de la Real Hacienda pasaría al Principado de Asturias. Muchos de los vecinos huyeron a los montes vecinos antes de que Franceschi entrase en León el 30 de diciembre de 1808, encontrándose con gran número de enfermos y heridos abandonados a su suerte por el marqués de la Romana, y detrás llegó el general Soult con el grueso de las tropas, un total de veinte y tantos mil hombres.

Llora la Virgen

A pesar de la brevedad de su estancia, pues el ejército francés partió el día 1 de enero de 1809 dejando en la capital una pequeña guarnición, la rapiña espiritual y material perpetrada por las tropas de Soult sería recordada largo tiempo. El convento de Santo Domingo se quemó «casualmente», el de San Marcos fue ocupado y saqueado y el de San Isidoro sufrió todo tipo de afrentas. En la iglesia se deshizo el cuerpo del santo titular, además de revolverse todos los sepulcros de los reyes leoneses. Divisa de barbarie que se extendió al beaterio de Santa Catalina y al monasterio de San Claudio, mientras que del Hospicio se sacaron muebles y géneros para su uso. Tremendos excesos merecedores de la condena divina.

Lágrimas llora de piedra

Nuestra Señora del Dado

por la custodia de plata que los franceses robaron. Presintiendo cercana la presencia de las tropas ingleses, los franceses se abalanzaron como lobos hambrientos detrás de la coalición de aliados, en una persecución que puso a prueba la resistencia de los hombres de Napoleón. Así lo refleja el relato escrito por el barón de Marbot, oficial de órdenes del mariscal Lannes: No recuerdo ninguna marcha tan penosa; una lluvia glacial empapaba nuestros vestidos, hombres y caballos se hundían en el lodazal, no se adelantaba, sino a costa de inauditos esfuerzos, y como quiera que los ingleses habían destruido todos los puentes, los soldados de infantería tuvieron que desnudarse cinco o seis veces, ponerse las armas y efectos sobre las cabezas, y pasar enteramente desnudos los riachuelos que cortan aquel camino. ¡Yo vi a tres granaderos de la Guardia que en la imposibilidad absoluta de seguir adelante, y temerosos sin duda de ser atormentados y sacrificados por los paisanos, si se quedaban rezagados, se saltaron la tapa de los sesos con sus mismos fusiles! Una de las noches más sombrías, y lloviendo siempre, vino a subir de punto los sufrimientos de las tropas. Los soldados extenuados se tumbaron a entrambos lados del camino, sobre el cieno. Un gran número se guareció en La Bañeza, y únicamente llegaron a Astorga las cabezas de los regimientos; el resto se quedó en el camino.

Pillaje y embriaguez El día 30 de diciembre, el general Moore y el marqués de la Romana coincidieron en Astorga, cruzándose un fuerte intercambio de opiniones sobre los pasos a seguir. Mientras el militar inglés sólo veía la salvación en llevar a sus tropas hasta La Coruña, donde serían embarcadas, el general español optaba por defender la entrada al Bierzo de forma conjunta, única forma posible de hacer frente a Napoleón. No ayudó a la concordia entre uno y otro los brutales excesos perpetrados por los británicos durante la retirada, episodios de pillaje y borracheras que se iniciaron en la localidad de Valderas: Por la tarde atravesamos un pueblo maragato, de considerable tamaño, que había sido completamente calcinado por el fuego. Sus maltrechos habitantes estaban sentados entre los efectos que habían podido salvar de las llamas, contemplando las ruinas de sus casas en un silencio desesperado. Los cuerpos de los muchos españoles muertos de hambre, por enfermedad, o por los rigores del clima, yacían desperdigados, y daban al conjunto un aspecto dantesco. El pueblo había sido incendiado por algún regimiento de nuestra infantería, y apenas pasaba una hora sin que presenciáramos la más absoluta miseria causada por los excesos de nuestras tropas, algo imposible de prevenir. Los soldados que continuamente se rezagaban en los pueblos cercanos a la carretera, tras dedicarse al pillaje, generalmente prendían fuego a las casas; y si descubrían los lugares donde se escondía el vino, bebían hasta no tenerse en pie, viéndose incapaces para alcanzar las columnas, o morían entre las llamas que ellos mismos habían provocado. No sorprende que estas conductas excitaran los ánimos de los naturales a detestar a los británicos, llevándoles a pagarles a la menor oportunidad, asesinando o maltratando a los soldados rezagados y dispersos. Semejantes brutalidades provocaron una psicosis de pánico entre los vecinos, que ni siquiera tenían claro si sus enemigos eran los franceses o los ingleses. Un desconcierto causante de anécdotas como la referida por el capitán Gordon, del 15º de Húsares: Uno de los muleros fue traído a presencia del coronel Grant, y nos proporcionó un buen rato. Creyendo que había caído en manos francesas, mostró signos de gran terror, cayó sobre sus rodillas e imploró nuestra misericordia por la salvaguarda de su mujer y sus tres hijos; luego besó la tierra y gritó: «¡Viva el señor Napoleón!». Cuando nos cansamos de reír, lo pusimos en libertad sin sacarle de su error.

Napoleón se apiada

El día primero de 1809, Napoleón Bonaparte en persona entraba en la asolada capital maragata, siendo plenamente consciente de que había fracasado en su intento de interceptar a los ingleses antes de que alcanzasen los puertos montañosos que eran pórtico de Galicia. En Astorga se concentraron los diferentes cuerpos del ejército francés, sumando un contingente de sesenta o setenta mil hombres, a quienes pasó revista su malhumorado emperador. El suicidio de algunos soldados de la Guardia, además de la fuga de Moore, ensombrecieron su ánimo, tal como pudo constatar el obispo astorgano, en cuyo palacio se alojó y a quien trató con no poca rudeza. Mayor miramiento tuvo para con sus hombres, pues a pesar de la lluvia y el espantoso frío, recorrió una por una las casas donde se cobijaban los soldados, repartiendo elogios y halagos que pretendían elevar la escasa moral de la tropa. Estando en Astorga, Napoleón recibió un correo de Francia remitido por el ministro del Estado, informándole que los dignatarios austriacos se disponían a romper hostilidades nuevamente, lo que precipitó su decisión de no continuar más allá de Astorga.

No obstante, reacio a soltar su presa, encomendó a los mariscales Soult y Ney la persecución de los escurridizos británicos, encabezando hasta tres divisiones. Por cierto, durante el desfile militar que precedió a su partida se oyeron gritos desesperados de mujeres y niños, procedentes de una casa de campo no demasiado alejada de las murallas. Al abrir las puertas se encontraron alrededor de mil mujeres inglesas con sus hijos, que a causa de la extenuación no habían podido seguir al ejército de Moore, donde estaban encuadrados sus padres y esposos. En aquel momento llevaban casi tres días sin comer otra cosa que cebada. Ablandado por tan lastimero espectáculo, Napoleón ordenó que fuesen llevados a la ciudad y se les repartiesen víveres, asegurando a los ingleses por medio de un parlamentario que, en cuanto lo permitiesen las circunstancias, todos ellos serían enviados junto a sus respectivos familiares. Bonaparte regresó a Valladolid, mientras las desperdigadas tropas británicas proseguían su huída hacia La Coruña. Tal fue su comportamiento en aquella provincia leonesa que iniciaba el año 1809 oliendo a desdicha, que el emperador francés escribió una carta a su hermano José, fechada el 31 de enero, en la que afirma: Los ingleses se lo han llevado todo: bueyes, colchones, mantas, y además han maltratado y apaleado a todo el mundo. No cabe aplicar mejor calmante a España que el auxilio de un ejército inglés».
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s2t2 -(8) Napoleón en España

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN
Después de la inopinada victoria española en Bailén, acontecimiento incluido con todo merecimiento en el recuadro de honor del almanaque patrio, se produjo una reacción en cadena que precipitaría la salida de los franceses de nuestra capital a comienzos de agosto de 1808
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

Según cuenta Honorato García Luengo en su monografía histórica León y su provincia en la Guerra de la Independencia Española , premiada en el concurso literario celebrado en 1908 con motivo del primer centenario de tan señalado acontecimiento, durante la estancia de los galos en nuestra ciudad tuvieron lugar algunas refriegas con partidas de insurgentes llegadas desde las montañas de Santander, a las que se sumaron grupos incluidos en el Ejército de Galicia. Al parecer, trataron de sorprender a las tropas francesas acantonadas en la llamada Fábrica Vieja, con la finalidad de apoderarse del armamento que allí se guardaba. Fueron varios los leoneses, sigue refiriendo García Luengo, que en su afán por liberarse del yugo napoleónico se unieron a las partidas, llevando víveres para el comandante Antonio Ibáñez y sus esforzados granaderos.

Tras la precipitada marcha del mariscal Bessières, las tropas españolas del marqués de Portago entraron en León los días 3 y 4 de agosto, seguidas posteriormente por todo el Ejército de Galicia. Para darles la bienvenida y celebrar el triunfo en Bailén, se engalanaron las casas y se hicieron festejos e iluminarias, coreándose enfervorizados cantares plenos de ardor patriótico:

Viva nuestra España,

perezca el francés,

muera Bonaparte y el duque de Berg. La primera medida de Portago fue retirar la enseña colocada por Bessières en una de las torres de la Catedral, además de borrar de las actas municipales todas las expresiones de obediencia y reconocimientos hechos a José Bonaparte por el duque de Istria, cuya memoria no debe de modo alguno conservarse, y menos la de todo lo obrado a su nombre y del intruso José Napoleón . En la tarde del 5 de agosto se juró nuevamente fidelidad al depuesto Fernando VII, al tiempo que se cesaba en su cargo el corregidor Alejandro Alonso Reyes, impuesto por los galos, y no porque no estuviese muy satisfecho de su buena conducta, patriotismo y desempeño, especial mérito y demás circunstancias que le hacían acreedor a este empleo, sino por haber sido electo por el mariscal Bessières . En su sustitución fue nombrado Francisco Taboada, coronel del Regimiento Provincial de Santiago, que también hubo de abandonar su puesto el 15 de septiembre por salir de campaña con su regimiento, relevado a su vez por Mauricio Cabañas, cuyo nombramiento había sido otorgado por Carlos IV y ratificado por su hijo don Fernando.

La junta suprema

Mientras tanto, diversos reveses militares seguían golpeando a las tropas francesas. A mediados de agosto, la victoria del general inglés Wellesley sobre Junot, jefe del gobierno en nombre de Napoleón, acabó con el dominio galo en la vecina Portugal. Y aquí en nuestros confines provinciales, los preparativos bélicos trajeron hasta la capital, a finales del mismo mes, al general Blake con 23.000 hombres. Llegaba desde Astorga y se dirigía a Reinosa, donde pensaba establecer su cuartel general. En León coincidió con la deprimida tropa del marqués de la Romana, compuesta por 16.000 hombres que presentaban un grado deplorable de armamento y equipación. A todo esto, el vacío de poder causado por la ausencia de los miembros de la Junta Superior, recluidos en Ponferrada desde el mes de julio, quedaba compensado el 7 de septiembres con la formación de la llamada Junta Suprema de León, compuesta entre otros por Rafael Daniel, Antonio Valdés y Jacinto Lorenzana. El bailio Valdés y el vizconde de Quintanilla fueron precisamente los enviados por la provincia a la reunión de la Junta Central, que trataba de aglutinar todos los esfuerzos patrios con el objetivo de expulsar a los franceses del territorio nacional.

Con la intención de zanjar de una vez por todas la difícil situación creada en España, el mismo Napoleón Bonaparte cruzó el 4 de noviembre el Bidasoa para dirigirse a Vitoria con una escolta de la guardia imperial. La presencia del «rayo de la guerra», tal como se apodaba al corso, pronto se hizo notar. En Espinosa de los Monteros, el ejército francés derrotó con contundencia a Joaquín Blake, que perdió a sus mejores jefes y debió emprender una accidentada huída por zonas montañosas que le trajo finalmente hasta León, donde pasó los 16.000 hombres supervivientes a manos del marqués de la Romana, hecho acaecido el 24 de noviembre. Napoleón siguió su marcha triunfal con sucesivas victorias en Burgos, Tudela y Somosierra, donde los lanceros polacos protagonizaron una carga memorable que desarboló a los nuestros, dejando vía libre a la capital.

El día 2 de diciembre Bonaparte entraba en Madrid, alojándose en casa del duque del Infantado. Sin dormirse en los laureles tan brillantemente logrados, Napoleón puso sus ojos en la zona norte del país y trazó un plan para derrotar al potente contingente de tropas que Inglaterra había mandado a España. Al frente de 60.000 hombres partió de Madrid y en una gélida noche, con trece grados bajo cero, cruzó el Guadarrama y se lanzó en persecución del general Moore, que iniciaba la retirada hacia La Coruña en un intento de embarcar a sus hombres en los barcos británicos fondeados en la capital gallega.

Calamidades sin cuento La retirada de Moore, perseguido a uña de caballo por el ejército más formidable de la época, se convertirá en una estela de desastres y privaciones, tal como recogen los diarios escritos por algunos de los protagonistas. El soldado James Gunn, integrado en el 42º Regimiento de Infantería de Escocia, los famosos «Black Watch», refleja un rosario de calamidades sin cuento: Reanudamos la marcha de madrugada por una mala y nevada carretera para nuestra comodidad. Llegamos a un río todavía más formidable que el que habíamos cruzado - el Esla, en Valencia de Don Juan -. Cuando llegamos a la orilla, se nos ordenó quitarnos nuestras faldas y cartucheras y doblarlas y colocarlas encima de nuestras mochilas sobre nuestras cabezas, no se podía dudar a la hora de mantener seca nuestra pólvora. Esta precaución probó ser necesaria. No disponiendo ahora sino de un solo par de botas, resolví cuidarlas, por lo que me las quité para tenerlas secas cuando alcanzara la orilla. Sin embargo, mi celo estuvo a punto de resultarme fatal. Flotaban trozos de hielo corriente abajo y el agua estaba tan fría que de no haber sido por un generoso dragón que vadeaba el río con nosotros, seguramente hubiera sido arrastrado por la corriente. Pero pude llegar a tierra a salvo y disfruté del premio de mis cuidados, sintiéndome muy cómodo al calzarme mis botas secas. La diplomacia del dolor no afectaba tan sólo a la tropa, pues también las mujeres y los niños que la acompañaban se vieron atrapados en una ratonera de odio y sangre: Un rumor extendido, acerca de que los franceses masacraban a todos los prisioneros que caían en sus manos, ocasionó un terror adicional y gran confusión entre los enfermos: las mujeres y los niños, para muchos de los cuales no había transporte, siéndoles imposibles seguir el paso de las tropas, fueron abandonados a su destino. Los lamentos y gritos de estos desafortunados, implorando ayuda, que era imposible prestarles, eran verdaderamente dolorosos, quizás nunca presencié una situación tan a propósito para excitar compasión y ternura, como la que aconteció; una pobre mujer, esposa de un soldado perteneciente a un regimiento escocés, exhausta por el hambre y la fatiga, había caído sin vida en la carretera con dos niños en sus brazos; y allí permanecían; cuando llegué a su altura, uno de los inocentes pequeños todavía se esforzaba por extraer el alimento del pecho de su madre que la naturaleza ya no le podía aportar.

Pánico en León

Antes de que se precipitasen tan tremendos acontecimientos, la capital leonesa se había sumido en un estado de pánico debido a las noticias -infundadas casi siempre- sobre el inminente regreso de los ejércitos franceses. Patrocinio García recoge en sus libros la exposición realizada por Félix González Mérida ante la Junta de Gobierno, el día 15 de noviembre de 1808, comunicando la novedad difundida por varios desertores, en el sentido de que los gabachos habían ocupado tanto Burgos como Palencia. La Junta reaccionó de inmediato, expidiendo una orden para la recogida de los alistados. Al día siguiente, Luis de Sosa insiste en lo crítico de la situación, aunque confiesa carecer de «noticias positivas de oficio». Las autoridades ordenaron poner guardia de día y de noche en cada puerta, auxiliada por dos individuos de instrucción y prudencia, turnándose el vecindario sin distinción alguna, y así se vele siempre la entrada de cualquier persona, se indague la causa de dicha entrada y todo lo demás que conduzca a evitar cualquier espía del que pudieran valerse los enemigos . Hacia finales de noviembre se conoció que unidades galas se paseaban tranquilamente por localidades como Mayorga, lo que ocasionaría una petición a Joaquín Blake, que se hallaba en Astorga, para que viniera a socorrer la indefensa capital. El tira y afloja se prolongó hasta finales de 1808, cuando la amenaza francesa adquirió tintes cada vez más verosímiles. Lo que nadie se imaginaba entonces es que la silueta del mítico Napoleón Bonaparte pronto iba a recortarse sobre el horizonte de la provincia leonesa.
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s2t2 -(7) Llegan los franceses

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN(7) Llegan los franceses MAÑANA Napoleón en España
Después de la contundente derrota de los patriotas españoles en la batalla de Rioseco, el 14 de julio de 1808, el pueblo leonés comprendió muy a su pesar que la cotización de la vida ajena estaba en caída libre. El general Cuesta buscó refugio en nuestra capital, adonde comenzaron a llegar pelotones de soldados que habían sobrevivido a la acción. Venían descalzos y hambrientos, amenazando con quemar la ciudad si no se les socorría
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

Además, contaban horrores sobre lo vivido en Medina de Rioseco, relatos que hablaban de la barbarie ciega desatada por las tropas de Napoleón. No exageraban lo más mínimo, pues contamos con el testimonio de Juan Álvarez Guerra, testigo del acontecimiento, que narra así el saqueo y la masacre perpetrada en la indefensa villa castellana: La desgracia verdadera fue la que siguió a la acción. Los habitantes de Rioseco, que desde las ventanas observaban la batalla, cuando vieron que los enemigos cedían, y que los nuestros iban persiguiéndolos, comenzaron a repicar las campanas, a tirar cohetes y a cantar victoria, y por esto la primera noticia que se esparció en Castilla fue de haber sido derrotados los franceses. Rabiosos estos borrachos y frenéticos, entraron en el pueblo, cometiendo mil horrores, ravagez, brulez, pillez, et tuez tout le monde (destrozad, quemad, saquead y matad a todo el mundo) es la orden que tenían estos bárbaros del tigre feroz, del oprobio de la especie humana, del emperador de los franceses. No hay plumas ni palabras con que pintar la desolación de aquel día. El enemigo entró en la población tocando a degüello, matando cuanto encontraban: hombres, mujeres, niños y animales. ¡Qué confusión! Clérigos, monjas y frailes y toda clase de gentes huyendo de la muerte, que hallaban entre las espadas, bayonetas y balas, que llovían por todas partes. La ferocidad con que se emplearon los galos aún estremece, a pesar de los doscientos años transcurridos: Cansados de matar, se entregaron al saqueo por espacio de 26 horas, y no hubo casa grande ni chica, convento, iglesia, ermita, ni caserío, cuyas puertas no rompiesen con hachas o a balazos, robando todo y destrozando lo que no querían. Las imágenes acuchilladas y despedazadas: los copones y las custodias eran el cebo de su ambición. Apenas hubo mujer que se librase de su desenfreno, ni marido, padre, hermano o vecino que no tuviese que presenciarlo y sufrirlo. A algunas las sacaron después y las llevaban en carnes por las calles. ¿Y son estos los que nos prometen conservar nuestra Santa Religión?

¡No, bárbaros! La especie humana está más interesada en vuestra destrucción que en la de los animales carniceros. Nuestra seguridad y la sangre de nuestros hermanos exigen medidas cada vez más activas y más enérgicas. No conocéis a los españoles: hemos jurado vencer o morir, y vuestras crueldades no hacen más que irritarnos, y llamar sobre vuestras cabezas el castigo y la venganza. La generosidad española lo ha repugnado; pero vosotros nos forzaréis a publicar los dos siguientes decretos: 1º Muerte a todo francés que pise nuestro suelo. 2ª Todo buen español esté obligado a un hecho, por donde no espere perdón si cae en poder de los franceses. Si hay algún cobarde que no se atreva a manifestarse, yo soy el primero a darle ejemplo, proponiendo los dos decretos anteriores.

Templos y propiedades

Ante la proximidad del enemigo, casi a las puertas de León, la Junta decidió abandonar la ciudad en caso de que el capitán general no pudiera defenderla. Y así ocurrió el día 18 de julio, partiendo tanto la Junta, a excepción de cuatro de sus miembros, como el ejército de Gregorio Cuesta. Al día siguiente la ciudad estaba prácticamente desierta, salvo unas cuentas mujeres y niños y un puñado de hombres. Hacia los días 20 o 21 las tropas galas ya estaban en Valencia de Don Juan, apenas a cuatro leguas de nuestra indefensa capital, así que la agobiada vecindad suplicó al obispo, Pedro Luis Blanco, que solicitase la capitulación a los franceses. No obstante, aún era posible que pasaran de largo, por lo que se apostaron dos «vecinos honrados» en los caminos por los que podrían acercarse, para que comunicasen sus movimientos con cierto tiempo de anticipación. No hizo falta esperar mucho, pues el párroco de Palanquinos remitió un escrito comunicando que tenía ante su vista la avanzadilla del ejército francés, extremo confirmado por uno de los vigías. Sin esperar a más, Josef Azcárate y Pedro Álvarez partieron hacia Mansilla, donde ya se encontraba el mariscal Bessières, con una carta credencial del obispo de León.

El general en jefe del ejército galo los recibió con cordialidad, a la que respondieron los emisarios dirigiéndose a Bessières en su idioma francés. El obispo, en su escrito, le ofrecía alojamiento en su palacio, caso de que se dignase pasar por León, solicitando que, si así fuese, hiciera observar a sus hombres disciplina y respeto a los templos, a los sacerdotes, a las personas y a sus propiedades. Consintió el mariscal en no castigar a León, gracia de la que quedaban excluidos los miembros de la Junta y los patriotas más destacados, exigiendo a cambio que se quemasen todas las armas recogidas en los almacenes de la capital. Así se convino, regresando a León nuestros representantes con una proclama de Bessières en la que, además de garantizar el respeto a los templos y las propiedades particulares, proponía que las gentes volviesen a sus domicilios y respectivas ocupaciones.

Fidelidad a José I

De forma sorprendente, las tropas gala se retiraron hacia Astorga y no fue hasta el día 26 de julio cuando los franceses entraron como pacíficos conquistadores en la capital. Las raíces del León más señero se crisparon ante la insultante presencia en nuestro solar familiar de las tropas del mariscal Bessières, duque de Istria y hombre de absoluta confianza de Napoleón Bonaparte. Para empeorar aún más la situación, su hermano José Bonaparte ya había sido coronado rey de España, formando un gobierno en el que figuraban personajes de tanto relieve como Mariano Luis de Urquijo o el conde de Cabarrús. Gaspar Melchor de Jovellanos, propuesto para ministro del Interior, no aceptó el cargo. El caso es que José I tomó posesión del Palacio Real, recibiendo una fría y burlona acogida por parte del pueblo de Madrid:

Anda, salero,

no reinará en España José Primero.

Haciendo de tripas corazón, lo más escogido de la jerarquía eclesiástica local salió a recibir al general Bessières. Iba el obispo en su coche, acompañado por el deán y por Rafael Daniel, arcediano de Valderas y una figura muy representativa en la capital. Llegado a León para ser secretario del obispo Cuadrillero, cuya memoria está ligada al Hospicio que fundó, era Daniel inquisidor general y aficionado al trato con amigos laicos más que eclesiásticos, pues con ellos mantuvo agrias relaciones reflejadas en cartas y documentos que aún se conservan. Apenas tres días más tarde, los invasores nombraron nuevas autoridades afines a su causa, elegidas entre los afrancesados que también había en León. Alejandro Reyero Castañón recibió el cargo de corregidor, mientras que Antonio Gómez de la Torre fue reconocido como intendente interino. Ambos juraron fidelidad al nuevo monarca, siguiendo las instrucciones dictadas por Bessières.

San Isidoro, cuartel general

Para mayor vergüenza, los soldados franceses buscaron alojamiento en distintas viviendas de la capital, distribuyendo sus pertrechos y camas de campaña en lo que antes eran honrados hogares, situación que pretendían perpetuar hasta el final de un conflicto que consideraban ganado de antemano. Igualmente, estudiaron la posibilidad de reducir de doce a cuatro el número de parroquias que prestasen servicios religiosos. Todo ello con el propósito de transformar a la chusma de aldeanos embrutecidos e ignorantes, según consideraban a los leoneses de la época, en hombres ilustrados y racionales. Se trataba, desde su óptica, de la batalla definitiva entre la civilización y la barbarie. Otra batalla, en este caso la de Bailén, pareció cambiar los vientos de la fortuna, además de trastocar definitivamente los planes galos durante el verano de 1808, pues tras la derrota en tierras andaluzas el ejército francés salió de León a la carrera el 1 de agosto y levantó su campamento en el Órbigo el día 3, para partir precipitadamente hacia Burgos.

Todas las cancillerías del viejo continente se hicieron eco de la insólita victoria obtenida por unas tropas poco equipadas y mal pertrechadas, integradas en su gran mayoría por paisanos armados con enseres caseros, sobre el mejor ejército de Europa. El general francés Dupont, encargado de reprimir el alzamiento en Andalucía y máximo responsable del saqueo de Córdoba el 7 de julio, se encontró el 19 del mismo mes y bajo un sol abrasador que hizo estragos en sus filas, frente a las fuerzas españolas mandadas por Castaños y Reding. Los franceses sufrieron tantas pérdidas que se vieron forzados a aceptar la derrota, solicitando que se les permitiera la retirada de sus abatidas tropas a Madrid, petición rechazada por el general Castaños. La noticia causó enorme conmoción en la corte, provocando la salida de los 22.000 hombres que estaban de guarnición en Madrid, acompañados por todos los enfermos que pudieron seguirles y el propio José I. El gran triunfo de Bailén supuso un rayo de esperanza para la vieja y cuarteada piel de toro, consciente de la que única lucha que se pierde es la que se abandona.
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s2t2 -(6) La Junta Superior del Reino

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN
Finalizando el mes de mayo de 1808, y una vez se hizo patente que España estaba políticamente inerme, quedó establecida en el Palacio Episcopal la Junta Superior del Reino de León, organismo de carácter patriótico encargado de asumir todos los mecanismos del poder y contener los violentos impulsos de un pueblo decidido a defender su tradicional «manera de ser», forjada a lo largo de milenios
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

La labor de la Junta durante los primeros y frenéticos días resultaría abrumadora: se repararon puertas y murallas, donde quedaron establecidos centinelas y rondas, además de proceder a la requisa de todo tipo de armas. Igualmente se enviaron vigías a Sahagún, Mansilla y otras carreteras, encomendándose su vigilancia, entre otros, a los abades de los frailes Benitos y Franciscanos en San Pedro de Eslonza y Santa María de Sandoval. A efectos económicos, se ordenó la requisa de trigo a los conventos, que también debían entregar su dinero y la plata que no necesitasen para el culto. En el cenobio de San Francisco se estableció un hospital de sangre para futuras contingencias, mientras que en San Marcos y San Isidoro se improvisaron sendos cuarteles. Los preparativos bélicos acrecentaron la sensación de angustia entre los ciudadanos, propiciando un torrente de furor público mencionado por el capitán general Cuesta en un escrito que remite a la Junta Superior: parece conveniente ceder a su fuerza, adoptando medidas y providencias para dirigir su impulso, de manera que sea menos funesto . La llegada de ochocientos hombres armados enviados por la Junta de Asturias alivió un tanto la tensión, pero de todas formas la Junta Suprema de León procedió, a partir del 1 de junio, al alistamiento de los varones que habrían de combatir a los gabachos. En el reglamento enviado a las autoridades locales en la provincia se incluyen requisitos como los siguientes: el padre que tuviera dos hijos útiles para la campaña, podría reservar uno para quedarse en el hogar familiar, aunque se admitirían voluntarios como prueba de su celo y patriotismo; asimismo, los justicias debían requisar y presentar todos los caballos con sus arreos pertenecientes tanto al clero como a los particulares, salvo los que eran propiedad de arrieros o sirvieran en las Paradas de Postas.

Cae Santander Así se lograron reclutar 8.000 hombres, divididos en diez Divisiones de entre 600 y 800 plazas. Durante el proceso de adiestramiento, dirigido por los militares Tomás Sánchez, Josef Antonio Zappino, Josef Baca e Isidoro Casado, se cometieron diversas irregularidades, según constatan testigos como Juan Posse, párroco de San Andrés del Rabanedo: Muy pronto comenzaron a ejercer actos de soberanía, mandando alistar los mozos, indiferentemente, en toda la provincia, sin atender a su talla e hidalguía. Nombraron oficiales a su gusto, sin atender si tenían luces y conocimientos necesarios, colocándolos según sus empleos o amistades . De forma paralela, se procedió a reunir todo el armamento para repartirlo posteriormente entre la tropa. Un proceso que causaría otro problema añadido a la Junta Superior, que ya había incautado en León 2.000 escopetas y 8.000 pistolas. Desde Asturias se enviaron distintos pertrechos de guerra, que fueron recogidos en el puerto de Pajares y traídos en carros a la capital. El pueblo recibió con alborozo a la reata de carruajes, pero al comprobar las municiones se vio que no correspondían con el calibre de las armas que había en León, lo que produjo un nuevo escándalo ante la Casa Consistorial. Tal cúmulo de circunstancias negativas, sumado a los rumores sobre la cercanía de los franceses, hizo que aumentara la desconfianza del pueblo leonés hacia sus autoridades, zanjada en un primer momento con el nombramiento de Manuel Castañón como comandante general y gobernador militar de León, además de organizar una guardia de 120 hombres para el servicio de la Junta. En la tarde del día 6 de junio corrió la especie de que 6.000 franceses se acercaban desde Palencia, algo que resultaría falso, aunque desgraciadamente no lo era la noticia de que las tropas enemigas entraron en Santander el día 23 de junio, novedad difundida por un espía que la Junta tenía apostado en las montañas de Reinosa. El bailío don Antonio Valdés, antiguo secretario de Marina y entonces presidente de la Junta Suprema del Reino de León, ordenó arrestar a Melchor Paniagua, difusor de tan malas nueva, por haber consternado a este pueblo y los demás en su tránsito, por haber esparcido con imprudencia varias noticias sobre las ocurrencias de Santander, que en parte han resultado falsas. Se vivieron jornadas de locura y continuas acusaciones entre unos y otros de antipatriotas y afrancesados, por lo que ni siquiera el propio Valdés, con todo su noble y rancio historial, se libró del recelo y la insidia. Efectivamente, el fiel servidor de Carlos III y Carlos IV había salido desde Madrid acompañando a Fernando VII, pero al llegar a Burgos se negó a continuar camino hacia el exilio de Bayona. Al entrar en la ciudad el 8 de junio, corrieron dañinos rumores sobre su persona, así que se presentó ante la Junta el día 14 diciendo que se sospecha de él en León y espera que la Junta le juzgue en el lugar que le corresponde . Y salió del salón, sin decir nada más. Las autoridades leonesas le dieron cumplida satisfacción, hasta el punto de nombrarlo presidente de la Junta en atención a sus muchos méritos y elevada categoría.

Paz con Inglaterra Todas las miserias y grandezas del fluir humano se hicieron patentes en nuestra atribulada capital, pues en la noche del 1 de julio fue asaltada nuevamente la vivienda de Felipe Sierra Pambley, secretario de la Junta. Pero no todos los recelos eran infundados, pues a estas alturas el general Cuesta seguía diciendo que esas sospechas no pueden caber ni aun en la gente más ignorante y grosera; por consiguiente, si así lo vociferan los leoneses, sólo será pretexto para renovar su insurrección y desórdenes... Los miedos de ese pueblo son bien infundados . Con la intención de restablecer el orden público, la Junta acordó que se devolvieran todas las alhajas y el dinero robado por los revoltosos en distintas viviendas particulares, bajo la advertencia de pasar por las armas a los transgresores. Amenaza que podía ser cumplida gracias a los 200 hombres de caballería del Regimiento de la Reina que se asentaron en la ciudad.

Por otra parte, la Junta de León había establecido relaciones con Gran Bretaña, igual que hizo el Principado de Asturias, con la intención de solicitar un crédito. Pero como oficialmente España estaba en guerra con Inglaterra por exigencias del antes aliado Napoleón, la Junta de León manifestó que esta situación resultaba incompatible con las recíprocas muestras de unión y amistad entre ambos pueblos, decidiendo publicar la paz con dicha nación. El día 10 de julio tuvieron lugar en la Catedral nuevas rogativas por el éxito de los ejércitos españoles y se reiteró el juramento de fidelidad a Fernando VII, que seguía en los altares del culto popular:

Niño, que a los Santos Reyes

de Herodes los liberaste,

haz que salga el rey Fernando

del poder de Malaparte.

Si hablamos de la provincia, donde los preparativos bélicos seguían un ritmo igualmente frenético, en Astorga se improvisó el llamado batallón de Clavijo, así conocido pues su enseña era una antigua bandera de origen medieval perteneciente a los marqueses de Astorga y depositada desde trescientos años atrás en la Casa Consistorial de la capital maragata. Según refiere la tradición, un antepasado de los Osorio había ondeado el estandarte durante la legendaria batalla de la Reconquista. Conocemos por los rigurosos estudios del historiador Arsenio García, uno de los más documentados expertos en el tema de la Guerra de la Independencia, la contundente derrota cosechada por los ejércitos españoles en la batalla de Medina de Rioseco, acontecida el 14 de julio de 1808. Nuestras tropas estaban comandadas por los generales Blake y Cuesta, que poco pudieron hacer ante el potencial de pesadilla que mostraron las unidades galas. Un ejército, en palabras de Miguel Artola, capaz de introducir numerosas novedades organizativas y mejoras en el armamento que lo hacían casi invencible, integrado además por soldados muy motivados desde el punto de vista ideológico. Uno de los testigos presenciales de la acción, el teniente coronel Moscoso, refiere el desconcierto que se produjo entre los bisoños batallones españoles: El gran número de conscriptos que por primera vez veían el fuego enemigo y habían disparado un fúsil¿ se atropellan sobre los veteranos y les arrastran en su confusión. ¡Qué espectáculo! ¡Qué desesperación! Los Oficiales abandonados casi enteramente de sus Compañías vagaban por el Campo, espada en mano, sin poder reunir a su aturdida gente; algunos de ellos vimos perecer de los tiros de sus mismos soldados que disparaban sus fusiles al aire y sin más que la casual dirección; todo al fin era un tumulto al cabo de poco tiempo, y a pesar del valor y firmeza de los Comandantes y Oficiales particulares era ya imposible restablecer el orden y hacerlos volver a sus formaciones.

En Medina de Rioseco se destapó la caldera del diablo para los patriotas españoles, que vieron con pesar como el general Blake abandonaba a Cuesta para retirar sus tropas en dirección a Galicia, mientras el capitán general de Castilla, batido en toda regla, decidía dejar el lugar para dirigirse con las orejas gachas a León. La Junta, asombrada ante la magnitud de la catástrofe, dijo estar dispuesta a todos los sacrificios razonables compatibles con las circunstancias, pero que si los enemigos llegaban a León antes de que Cuesta la socorriera, dejarían libertad al pueblo para que capitulase y se librara así de los horrores del saqueo.
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s2t2 -(5) El 2 de mayo de 1808

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN
El día 2 de mayo de 1808, como era de prever, España se dio de bruces con lo inevitable. A partir de la entrada en Madrid de las tropas mandadas por el mariscal Joaquín Murat, gran duque de Berg y lugarteniente de Napoleón en nuestro país, los enfrentamientos entre la soldadesca y el pueblo llano habían sido constantes, resultando asesinados cada día una media de entre dos y tres franceses desde finales del mes de marzo hasta que estalló el «día de la cólera», en afortunada expresión de Arturo Pérez Reverte
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz
 JESÚS
LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN(5) El 2 de mayo de 1808 MAÑANA La Junta Superior de León
Gregorio Cuesta, capitán general de Castilla la Vieja

La chispa inicial de la revuelta se localiza en el palacio real, cuando un grupo de curiosos contempló estupefacto como el infante Francisco de Paula, hijo menor de los reyes, se echaba a llorar por no querer subir al coche dispuesto por los ocupantes. El cerrajero José Blas Molina entró a la carrera en palacio y, al poco, salía gritando: ¡Traición! ¡Nos han llevado al rey y se nos quieren llevar a todas las personas reales! ¡Mueran los franceses! Los presentes se abalanzaron sobre el carruaje para cortar los tiros de las caballerías, en una explosión de furia reprimida por el batallón de Granaderos de la Guardia con una descarga de fusilería que causó un río de sangre. La noticia corrió por Madrid a la velocidad del rayo, transformando a manolas, chisperos, granujas y holgazanes en guerreros al calor del fuego patriótico que inflamaba al país , según dijo Galdós. Gente enloquecida se arrojaba a los pies de los caballos, mientras una sucia lucha callejera se extendía desde la Puerta del Sol a los barrios populares. Agua y aceite hirviendo caían desde los balcones sobre los escuadrones de polacos y mamelucos, en una epopeya de heroísmo colectivo y coral que sería retratada en toda su cruel expresión por Francisco de Goya. A pesar del fondo enigmático que aún rodea a un acontecimiento tan legendario, está fuera de toda duda que las clases políticas y militares mantuvieron una actitud cobarde y neutral ante un explosión aureolada por toda la grandeza de las batallas perdidas, pues tan sólo dos oficiales de alta graduación, Daoiz y Velarde, se sumaron a la revuelta desde el parque de artillería de Monteleón. Las poderosas y curtidas tropas galas lograron finalmente hacerse con el control de la capital de España, iniciando de inmediato una brutal represión. Al anochecer del 2 de mayo comenzaron los fusilamientos en el paseo del Prado, las puertas del Retiro o la Casa de Campo, encendiendo la mecha de un artefacto emotivo cuyos ecos llegaron, naturalmente, hasta la provincia leonesa. Aquí en la capital, como en otros muchos puntos del país, las élites dirigentes se encontraron ante una peliaguda disyuntiva: por un lado, estaban avocadas a condenar la masacre acontecida en Madrid; pero en otro sentido, apoyaban secretamente las ideas ilustradas y consideraban a los franceses como palanca de modernidad y freno para la plebe incontrolada. Grave dilema moral que llevaría al Consejo de Castilla a salir a las calles madrileñas al mediodía del 2 de mayo, para aplacar la ira popular y tratar de apaciguar los ánimos. Idéntico ánimo conciliador predominaba en la Chancillería de Valladolid, a cuya jurisdicción pertenecía León, donde se redactó el día 5 de mayo un bando que solicitaba no se vea alterada la buena armonía con las tropas francesas y que no olvidase la nación española lo que exige la hospitalidad y las órdenes repetidas del monarca para con las tropas francesas.

El gorro de Napoleón Igualmente, la Chancillería vallisoletana decía esperar que en los pueblos por donde pasaran los galos, se les proporcionen cuantos auxilios necesiten, que los jueces tengan bajo su protección a cualquier individuo de aquella nación que se halla visto insultado o atropellado, administrándoles pronta y severa justicia . No resulta extraño que tan servil actitud causara la ira del populacho más exaltado:

¡Viva España!

¡Viva la Religión!

Yo me cago en el gorro de Napoleón. Aún más, los leoneses exigieron al Ayuntamiento que remitiese un oficio a dicha Chancillería, con la intención de conocer sus auténticos sentimientos a propósito de la situación del país. La respuesta de don Gregorio Cuesta, capitán general de Castilla la Vieja y presidente de la institución, fue la siguiente: su modo de pensar es y será siempre muy conforme y subordinado al de nuestro Gobierno Superior. A éste y no a los particulares corresponde deliberar sobre los negocios del Estado; lo demás, sobre ser opuesto a los primeros deberes de vasallo y de católico, produce la anarquía, es decir, la destrucción de la Monarquía y el Estado, el mayor de los males políticos. Todas las Personas Reales han renunciado solemnemente a sus derechos a la corona de España, absolviendo a los vasallos del juramento de fidelidad y vasallaje: no debemos, pues, intentar nada contra su expresa determinación, ni contra la Junta Suprema ( constituida en Madrid por orden de Murat ) que nos gobierna en nombre del emperador de los franceses, por el derecho que les han traspasado aquellas renuncias, bajo el pacto de nuestra independencia sin desmembración y de la conservación de nuestra Santa Religión. El emperador debe darnos un rey, en circunstancias que no le tenemos ni conocemos, quien tenga derecho a serlo.

La maquinaria del odio Tanta condescendencia y buenas modos no servirán de nada, pues el 24 de mayo llegó a manos del alcalde-corregidor, Josef Guadalupe, un pliego remitido por el duque de Berg, ordenando que la capital leonesa eligiera y mandase diputados a las Cortes que pretendían reunirse en Bayona el 15 de junio. La exasperación ciudadana llegaría al paroxismo el día 27 de mayo, al conocerse el bando que anunciaba la renuncia de la corona de España en Bonaparte, así como la proclamación del propio Murat como teniente general del Reino. Aquel mismo día se supo que el Principado de Asturias había declarado oficialmente la guerra a los usurpadores franceses, lo que se tradujo en un incesante ir y venir de reuniones y pronunciamientos redactados en los conventos y en las casas de los canónigos. La piel serena de León se estremeció con una serie de desórdenes que se multiplicaron desde la plaza de San Marcelo hasta la Catedral y la Plaza Mayor. Ese mismo día 27, la ciudad envió un estudiante al vecino reino de Galicia, invitando a los ciudadanos a unir fuerzas para defender al depuesto rey, al suelo español de la presencia enemiga y a la Religión. El Ayuntamiento, por su parte, remitió otro escrito al Capitán General de Galicia, a fin de conocer qué sentimiento tiene sobre las órdenes que se han comunicado, anunciando la renuncia de la corona en favor del emperador de los franceses.

La maquinaria del odio se había puesto definitivamente en marcha y los vecinos, temerosos de que los franceses pudieran plantarse ante las puertas de la ciudad en cualquier momento, comenzaron a solicitar la entrega de armas a las autoridades, que todavía se mostraban reacias a dar semejante paso. Los amotinados interceptaron el correo de Madrid y amenazaron con quemar la ciudad en caso de que no se accediese a sus peticiones. Ante la extrema presión popular, por fin se comenzó a distribuir armas entre los paisanos y se acordó convocar la Junta del Reino de León, organismo que habría de aquietar los desatados ímpetus del pueblo y trataría de salvar el honor de la provincia y sus gentes. A petición del obispo se acordó celebrar la reunión en la mañana del 30 de mayo y en el Palacio Episcopal, a la que habrían de acudir los capitulares de la capital, los prebendados y otras dignidades de la Iglesia, representantes del clero secular y regular y caballeros particulares, además de dos diputados nombrados por cada parroquia con la facultad de elegir entre todo el vecindario seis vocales para la Junta provincial.

Fúnebre pesimismo

En un ambiente de abatimiento y fúnebre pesimismo, provocado por las lamentables noticias que trajo a León el vizconde de Quintanilla y un puñado de Guardias de Corps que llegaron huyendo desde Burgos, tuvo lugar la constitución de la Junta de Gobierno de León, la cual dio a conocer mediante un bando las razones de su formación, sus competencias y composición. Entre su miembros se contaban personajes con tanto relieve social como Felipe de Sierra Pambley, el propio vizconde de Quintanilla, Josef Azcárate, Luis de Sosa, Manuel Castañón, Fausto Escaja -tesorero de la Casa de Luna-y Rafael Daniel, arcediano de Valderas. La Junta así compuesta asumió los resortes del poder en la provincia hasta que no se repusiera en el trono a Fernando VII o a otra persona real legítimamente constituida, al tiempo que cesaba en sus funciones a todas las autoridades establecidas, tanto políticas como militares, hasta que se subordinaran a sus disposiciones y recibieran una nueva investidura.

Al día siguiente, y contando con la presencia del capitán general, el antes reticente Gregorio de la Cuesta, la Junta acordaba aumentar su composición en un diputado por cada una de las provincias de Castilla la Vieja, con la finalidad de tener jurisdicción sobre todas ellas en los aspectos de armamento y subsistencia para el ejército. La magna y patriótica asamblea incluyó entonces a notables como Lorenzo Bonifaz, por Zamora, José Morales, en representación de Valladolid, o José Jiménez de la Morena, por Ávila. De esta forma quedó constituida la Junta Superior de León, nacida como consecuencia de la necesidad imperiosa de organizar la ciudad ante un conflicto que se anunciaba inminente. Y también, a causa de la revolucionaria presión de un pueblo que exigía la sustitución de la desaparecida potestad real por otra autoridad efectiva y local.
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s2t2 -(4) El pueblo en armas

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN
El día 24 de abril de 1808, el genio del pueblo leonés salió definitiva e irremediablemente de la botella, manifestándose en defensa de los derechos del «deseado» Fernando VII. Aún no se tenía claro si la amenaza provenía del todopoderoso Napoleón o bien era consecuencia de los turbios manejos tramados por el detestable Godoy, pero el caso es que los ciudadanos se manifestaron y sacaron a relucir gallardetes y retratos
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz
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LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN(4) El pueblo en armas MAÑANA El 2 de mayo de 1808 Rogativas en la Catedral
El mariscal Murat, lugarteniente de Napoleón en España

Así lo recoge un sensacional documento de época que se cobija en el archivo municipal: Y en esta disposición, rodeando la casa del Ayuntamiento, pedían a grandes voces los Pendones de la Ciudad para proclamar vuestro nombre. En este mismo punto aconteció que, sonando las cajas de la ciudad en aquel recinto, anunciaban la publicación de un nuevo bando; se sorprenden los corazones, se aumenta su agitación y la voz del Pregonero impone un silencio general. El verbo de la autoridad se hizo oír en medio de una expectación sepulcral: Era, Señor, la Real Orden que V.M. firmó en Burgos el 12 del corriente, cuyo beneficio contenido apenas inspiró al reunido Pueblo la idea cierta de los inmensos Rasgos de Bondad que abriga vuestro Magnánimo Corazón, cuando de improviso vuelve a arder en entusiasmo con un fuego inextinguible. Se repiten los vivas, se aumentaron las exclamaciones y se reitera la intimación de tremolar los pendones. A un empeño tan fiel, tan leal y significativo de su amor eterno a vuestra Persona, no pudo negarse este Ayuntamiento, cuyos individuos no estaban menos inflamados que los que constituían el Pueblo entero. Y así fue, Señor, que se condescendió a sus ruegos sacándolos a la misma hora y conduciéndolos uno de los Regidores, acompañado de varios sujetos de carácter y seguido del inmenso Pueblo entre una confusión de voces agradables, hasta las casas consistoriales donde se tremolaron y fijaron a la vista del Numeroso concurso que no cesaba de loar y repetir vuestro nombre. Mito e historia se dan la mano en torno a aquellos hechos aureolados por la liturgia de los grandes acontecimientos: Suspiraban aún las Gentes por un retrato de V.M. y provisionalmente se hizo forzoso buscar y presentarles uno pequeño que se colocó entre los Pendones, dejándolos satisfechos por entonces, pero con la protesta de que a las tres de la propia tarde se había de colocar otro de mayor cuerpo bajo el respectivo dosel que también debía franquear la Ciudad, a cuyo efecto se había determinado que el retrato se condujese por el propio Regidor que había llevado los Pendones, pero de A caballo y acompañado de la Comitiva posible. A la citada hora, ya el pueblo impaciente, esperaba que se realizase la oferta, y en efecto, empezaron luego de presentarse en la Plazuela de la Casa del Ayuntamiento diferentes sujetos de distinción, que con otras varias Personas dirigidas al intento, formaban un acompañamiento numeroso y brillante, tanto por el ornato de sus Personas como por los bien enjaezados caballos, que distribuidos en dos filas uniformes, a las que seguía el Regidor que llevaba el Retrato en medio de cuatro caballeros oficiales, se dirigió por las Principales Calles de la Ciudad hasta el referido consistorio.

Rey y padre El capítulo central de tan famosa jornada tuvo lugar frente al Ayuntamiento capitalino, donde estaba ya prevenida una Guardia de escopeteros y el Decano, que tomó y colocó el retrato en el balcón principal que estaba ya destinado y adornado al efecto, como todos los demás que se colgaron con anticipación, desde cuyo tiempo se pusieron dos centinelas a las esquinas del Dosel, en cuya disposición ha continuado todo el día y aun continuará algunos más, según el fervoroso entusiasmo que muestra este vecindario, el que, sin embargo de las ardientes Demostraciones de Júbilo y Algazara, se ha conducido con un miramiento plausible. Tal ha sido, Señor, el célebre suceso que este Ayuntamiento no ha podido ni ha juzgado que debía ocultar a V.M., no sólo para que vuestra Real bondad tenga la dignación de indultar este exceso generoso a un Pueblo que ama de veras a vuestra Persona, cuanto para que V.M. se entere de los verdaderos sentimientos que animan a los Leoneses en obsequio de Vos mismo que sois Nuestro Rey y seréis Nuestro Padre. El documento municipal acaba con el ofrecimiento de tomar las armas en caso de que don Fernando viera amenazado su trono: Así mismo cree este Ayuntamiento que debe hacer presente a V.M. no haberse podido desentender de formar notas de suscripción, a ruegos de estos mismos Ciudadanos, para el alistamiento de algunos Mozos solteros y aun casados, que voluntariamente (como todos sus compatriotas) se ofrecen a sacrificar sus vidas, en las actuales circunstancias, por la Sagrada Persona de V.M., que este Muy Leal Ayuntamiento pide a Dios conserve perpetuamente para la exaltación de vuestros Reinados . Estos son todos los pormenores de la crónica referida a la memorable jornada del 24 de abril de 1808, punto de partida para los males sin cuento que habrían de afligir a León de forma inminente.

Luis de Sosa y González Mérida Si hablamos de nombres propios, el coronel Luis de Sosa tomó parte muy activa en exaltar al pueblo para que acudiera a la Plaza Mayor y vitorease a Fernando VII, siendo también autor del parte que le encargó el Ayuntamiento narrando los acontecimientos, enviado posteriormente a la Regencia. No se quedó atrás Valentín González Mérida en cuanto a patriotismo, según informa él mismo en una carta fechada en Ponferrada el 26 de noviembre de 1809: Deja a parte el haber sido el primero que irritado al ver la felonía, la negra conspiración que se tramaba contra la augusta persona de nuestro joven y amado monarca en 24 de abril de 1808 (Época en que toda la Nación se hallaba aún sumergiéndose en el horror y abatimiento) tomó las armas despreciando los peligros que por todas partes nos rodeaban y el atroz terrorismo que sofocaba al valor y a la constancia, salió a la Plaza Mayor de la capital fiel de esta desgraciada provincia y con enternecimiento de todas las personas sensibles aunque con burla y desprecio de las infames y malvadas, dio principio al armamento de todas ellas, y tuvo la incomparable satisfacción de proclamar entre sus decididos y armados compatriotas el dulce y seductor nombre de Fernando, de tremolar sus augustos Estandartes, y de jurar la defensa de su sagrada persona, la de sus legítimos e inviolables derechos, y la de nuestra sacro-santa Religión. Tanto uno como otro, Luis de Sola y Valentín González Mérida, tienen sendas calles en la capital bautizadas con sus respectivos nombres, recordando la memoria de aquellos héroes locales. Hasta aquí la narración detallada de lo acontecido en León el 24 de abril de 1808, un levantamiento en defensa de Fernando VII y contra un enemigo declarado como era Manuel Godoy, aunque en ningún caso se trate de una insurrección contra los ejércitos franceses, que ni siquiera habían llegado para entonces a nuestra provincia, ni una proclamación de «independencia» contra el yugo de los invasores. No obstante, y al igual que ocurrió en otros muchos lugares de España, fueron varios los autores que en fechas posteriores imaginaron la hipótesis de que León era pionera en el rechazo a las tropas galas. La solución a esta patriótica competencia se halla en unas palabras del marqués de Ayerbe, en el sentido de que cualquiera de las provincias de España pudo serlo, pero no es ninguna por serlo todas, ya que se declararon en guerra creyendo ser las primeras en alzarse, y es tan corto el tiempo que medía entre unas y otras, que casi puede decirse que fue al mismo tiempo el movimiento en todas partes. Según afirmaron posteriormente algunos de los protagonistas de los hechos, como Luis de Sosa o Bernardo Escobar, tan inflamado y patriótico panfleto se remitió a la capital del Estado, apareciendo publicado en la Gaceta de Madrid . Al comprobar la gravedad de los sucesos, que podrían contagiarse a otras provincias y ciudades, el general Murat hizo quemar todos los ejemplares donde aparecía dicho parte y la Gaceta se reimprimió una vez suprimida la crónica de la proclamación en León de Fernando VII. La algarada del 24 de abril conmocionó a la capital, cuyos habitantes formaban corrillos en la Plaza Mayor, tradicional espacio público de diversión, de fiesta y de intercambios económicos y culturales, para comentar con creciente pesimismo las noticias que iban llegando por distintos conductos.

Al conocerse lo ocurrido en Madrid el 2 de mayo, inicio oficial del levantamiento español contra las tropas bonapartistas, el revuelo y la consternación popular tomarían forma en una rogativa solemne que tuvo lugar en la Catedral durante tres días seguidos, antes las veneradas reliquias de San Froilán, San Isidoro, San Marcelo y los mártires del monasterio de San Claudio. En las ceremonias, y a decir de un escritor contemporáneo, se respiraba una tristeza de presagio y un aire de aflicción y angustia, prólogo inmediato de la gran calamidad que habría de abatirse sobre esta provincia como una plaga asoladora. Unos y otros hablaban de tomar las armas y marchar a combatir a los malditos gabachos, esos anticristos que renegaban de todo lo que las buenas gentes tenían por sagrado. Y también, cómo no, para vengar a los anónimos héroes masacrados en Madrid:

¡Paredes del verde Prado, murallas del Buen Retiro, cuántas almas inocentes

murieron en vuestro sitio!
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s2t2 -(3) 24 abril de 1808

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN
La ruleta de la vida leonesa giraba, a comienzos del siglo XIX, en torno a la religión, eterna fuente de fortaleza y consuelo. Las distintas órdenes tenían sus respectivas sedes y domicilios en los ya desaparecidos conventos de San Claudio y Santo Domingo, mientras que han llegado a nuestros días los de San Francisco, San Isidoro y el de San Marcos, aunque su dedicación actual sea muy distinta a la vocación jacobea con que nació el cenobio asentado a orillas del Bernesga
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz
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LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN(3) 24 abril de 1808 MAÑANA El pueblo en armas La revuelta de la hogaza
Abajo, Felipe Sierra Pambley, protagonista a su pesar de «la revuelta de la hogaza»

Capital eminentemente agrícola, tal como recuerda la comedia de Lope de Vega Los prados de León , las familias de labradores se asentaban en los arrabales de San Pedro, San Lorenzo y Santa Ana, reservando el interior del recinto amurallado para comerciantes, menestrales y la pujante escuela de canteros, vidrieros y artífices del hierro dedicados a embellecer los palacios y casonas señoriales. El pulso de León cobraba extraordinaria animación con motivo de las bulliciosas ferias de San Juan, de los Santos y de San Andrés, o el mercado de Ramos que servía como pórtico a la fúnebre y bastante tétrica Semana Santa. En cuando a las escasas industriales locales, el mejor botón de muestra era la Fábrica de Hilados que abrió sus puertas en tiempos de Fernando VI y cuya portada aún podemos admirar en los viejos juzgados de la calle del Cid. Otra bolsa de trabajo para los obreros leoneses se debía al buen obispo Cayetano Antonio Cuadrillero, impulsor del edificio destinado a Hospicio que se estaba levantando junto a la pradera de San Francisco. Un gran logro material y espiritual para aquel poblachón de hechuras medievales que, en afortunada frase del Padre Risco, era una de las ciudades más agradables y deliciosas del Reino .

El oro viejo del pasado dignificaba un entramado urbano que, por otra parte, no brillaba precisamente por su limpieza. Todo el mundo tiraba sus aguas mayores y menores por las ventanas de las viviendas, provocando que las calles presentaran un sucio y lamentable estado. El señor Quijada, regidor del Ayuntamiento en 1808, propuso en una sesión municipal que para mantener limpia y aseada la Plaza Mayor, le parecía que podía adoptarse el medio de obligar a las verduleras y pescaderas a que diariamente, al retirarse a sus casas después de la jornada de trabajo, llevasen todos los despojos de sus géneros fuera de la Plaza y que los moradores de las casas no debían arrojar al exterior sus respectivas inmundicias. Atrincherada en sus certidumbres, la capital leonesa vivía en una burbuja de modos y costumbres característica del Antiguo Régimen.

Bonaparte en los infiernos

El señor Escobar ofreció trasladar al Ayuntamiento cuanto le habían expuesto y que se haría todo lo posible para obtener dicha gracia. Muy satisfechos con la propuesta, suplicaron al regidor que repitiese al público lo prometido a ellos. Así lo hizo el munícipe y todos regresaron, contentos y tranquilos, a sus domicilios. El trasfondo de tan versallesca algarada, en opinión de la profesora García Gutiérrez, estaba en el descontento de los estudiantes y profesores del Seminario contra Sierra Pambley, comisionado regio en la venta de capellanías, causa real de la revuelta. La minoría interesada en el asunto debía presentar al pueblo un motivo más acorde con sus preocupaciones para que expresara su descontento, encontrándolo en los 4 maravedíes impuestos igualmente por el Príncipe de la Paz sobre cada cuartillo de vino. La tregua no escrita firmada por unos y otros el día 28 de marzo fue en realidad el preludio para una fecha clave en el registro de la memoria colectiva leonesa, como es la del 24 de abril de 1808.

Ciudad devota de sus tradiciones, León celebró con toda solemnidad la fiesta mayor del cristianismo que es la Semana Santa. Un puzzle de vivencias y emociones que rezuma solera, historia, tipismo y tradición, tal como se pudo comprobar durante la Pascua de 1808. Lamentablemente, no existían demasiados motivos para el regocijo, pues el deseado Fernando había salido de Madrid el día 10 de abril y de España el 19, camino de Bayona, y con el rey todas las esperanzas que los españoles pusieron en su persona. Así lo refleja un ilustrativo cantar:

Bonaparte en los infiernos tiene su silla poltrona, y a su lado está Godoy poniéndole la corona.

Rogativas por Don Fernando

Las leyendas son artículos de primera necesidad, por lo que el 24 de abril de 1808 ocupa un lugar de honor en el imaginario colectivo leonés. El pulcro manto de la ciudad se sobrecogió al darse a conocer, por parte del Ayuntamiento, la Real Orden de Fernando VII fechada el día 12 en Burgos, de camino hacia la frontera francesa. El monarca pedía rogativas públicas para implorar a la Divina Clemencia los auxilios para el mejor gobierno de los Reinos. Aquella recordada fecha, de la que ahora se cumple el doscientos aniversario, marca el final de la vida pacífica en la capital leonesa y el inicio de la tumultuosa agitación que no finalizaría hasta cinco años más tarde. Las actas municipales nos refieren lo ocurrido el 24 de abril: A las 10 de la mañana de ese día, hora en que recibe la ciudad el correo general, empezó a trascender la noticia de que en esa vuestra Villa y Corte (el escrito lo dirige el Ayuntamiento a Fernando VII) intentaron algunos malvados el día 20 del presente mes publicar edictos revolucionarios contra el sagrado gobierno que entroniza Vuestra digna persona, a tan buen grado y universal placer de todos vuestros vasallos que miran el celo exaltado de V.M., un regenerador de aquel antiguo ardor de los españoles debilitados por las sugestiones de un Balido (sic) que abusó de la notoria jurisdicción y beneficencia de vuestros Padres Augustos. Los repetidos conductos por donde se comunicó dicha noticia a diferentes sujetos de esta Ciudad, ocasionaron a un tiempo mismo, no sólo el que no se dudase de su Aserto, sino el que se llegase a vulgarizar entre todos los ciudadanos, que siempre decididos por la consolidación y firmeza de vuestro Reinado Paternal esperan con ansia las noticias prósperas y lisonjeras en favor de vuestro solio Augusto . El «yo» identitario leonés se sumó, pues, con entusiasmo al supuesto código de valores que encarnaba la monarquía de don Fernando, noble convicción expresada públicamente por los cada vez más enardecidos paisanos: En tal supuesto, agitados, Señor, todos los ánimos de estos fieles ciudadanos que no ceden en su amor y lealtad acendrada hacia Vuestra Real Persona, a los antiguos leoneses que tantos trofeos alcanzaron bajo los Gloriosos estandartes de los Predecesores Ilustres de Vuestra Señoría, juntándose en numerosos corrillos a cotejar sus pálidos semblantes, a la primera insinuación de un compatriota fiel repitieron millones de ecos: ¡Viva Nuestro amado Rey Fernando VII, mueran los conspiradores! Como el ruidoso lago que rompiendo sus diques elevados inunda los vallados contiguos, del tal manera, Señor, se desplegaron las cuadrillas de vecinos de todas clases por las calles y por las plazas, repitiendo entre incesantes alaridos y demostraciones emprendedoras ¡viva el Rey, mueran los malvados! El trueno que se produjo en los Pirineos tras el estallido de la Revolución Francesa, parecía presagiar el final de un ciclo histórico. Pero aquí en España, y mucho menos en León, nadie se atrevía a cuestionar el carácter sacrosanto de la monarquía encarnada por la dinastía de los Borbones. Si que existía un largo memorial de agravios en contra del favorito Godoy, a quien se catalogaba como pérfido usurpador de la voluntad real, por lo que Fernando VII comenzó a ser considerado como el gran libertador que habría de salvar al pueblo español de todos los males causados por el «mal gobierno». Pocos días después del motín de Aranjuez, ocurrido como hemos dicho el 17 de marzo de 1808, tuvo lugar en nuestra capital una protesta bautizada por algún historiador como el motín de la hogaza . Conocemos lo ocurrido por Bernardo Escobar, entonces regidor del Ayuntamiento y protagonista destacado en el suceso. Acompañado por el Alcalde mayor y don Benito Subira, acudió al domicilio de Felipe de Sierra y Pambley, administrador de la Caja de Consolidación de Valores y comisionado por el archidiablo Godoy en la venta de capellanías y obras pías.

El motivo de la visita estaba centrado en la supuesta ofensa hecha por don Felipe a un grupo de exaltados, que se plantaron frente a su casa pidiendo que les arrojara el retrato del despreciable Manuel Godoy. En lugar de ello, y a modo de burla, tiró una hogaza de pan. También estaban presentes cuatro comisionados por los gremios, quienes solicitaron se les quitase el nuevo impuesto de 4 maravedíes sobre cada cuartillo de vino, en atención a la subida al trono de don Fernando. Con toda compostura y prudencia, el regidor respondió que con el mayor gusto los complacería si tuviese facultades para hacerlo, pero que la concesión de esta gracia sólo dependía de la voluntad del monarca, así que únicamente a él debían acudir. Quedaron conformes con la respuesta los representantes de los gremios, pidiendo tan sólo que se hiciese llegar a S.M. sus deseos y lo gravoso que les resultaba dicha contribución por sí misma y porque se decía estaba impuesta por Godoy. Pero que si era voluntad del rey o necesaria para la corona la llevarían contentos, e incluso otras cargas mayores.
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(2) El desastre de Trafalgar

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN
El estallido de la Revolución Francesa y la posterior ascensión al poder de un genio militar y político llamado Napoleón Bonaparte tuvo consecuencias desastrosas para España, gobernada a comienzos del siglo XIX por el monarca Carlos IV y su valido Manuel Godoy, unido por una relación amorosa a la reina María Luisa de Parma. El cónsul galo lograría implicar a nuestro país en una telaraña de estrategias encaminada a controlar todos los resortes políticos en Europa
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz
Napoleón Bonaparte nombra rey de España a su hermano José

Con Godoy a la cabeza, el ejército hispano invadió Portugal en la campaña que fue bautizada como la Guerra de las Naranjas. La aparente victoria constituyó en realidad un fiasco en toda regla, pues se movilizaron miles de hombres y pertrechos para conquistar una sola plaza, Olivenza, aunque momentáneamente la soberbia de los reyes y su protegido quedara colmada.

No tuvieron oportunidad de saborear con calma las mieles del triunfo, pues un nuevo encontronazo bélico entre Francia e Inglaterra acabaría por arrastrar, muy a su pesar, a España. El conflicto quedaba saldado gracias a la victoria de Gran Bretaña en Trafalgar, donde aniquiló a la escuadra franco-española. Los mejores marinos -Gravina, Churruca o Alcalá Galiano- fallecieron en el desastre, mientras que la muerte del almirante Horace Nelson no empañó un triunfo decisivo para sus armas. A partir de Trafalgar el país entraba en una espiral de pesimismo y postración, agravada por la epidemia de fiebre amarilla que se ensañó con la población y las sucesivas crisis de subsistencia causantes de motines por todo el país, con incendios de tahonas y saqueos de almacenes de grano.

Para ensombrecer aún más el panorama, Carlos IV adoptaba en 1805 la peliaguda decisión de prohibir las corridas de toros, tan del gusto popular. Motivos de orden público y los tópicos de barbarie y primitivismo fueron los principales argumentos esgrimidos para tan polémica medida, justo cuando la llamada «fiesta nacional» vivía un momento de gloria gracias a matadores como Pepe-Hillo, Joaquín Costillares o el maestro Pedro Romero, responsable de la muerte de unos cuatro mil astados y más tarde director de la escuela de tauromaquia. Los renglones torcidos de la desidia y el abandono acabaron por pasar factura a un país enfermo de extrema gravedad crónica, como queda patente en el enfrentamiento que estalló entre Godoy y los fernandinos, partidarios de la abdicación de Carlos IV en su hijo Fernando, por aquel entonces príncipe de Asturias. Así lo recogen las coplillas que comenzaron a circular por los mentideros de la corte:

Vivir en cadenas, ¡qué bello vivir! Morir por Fernando, ¡qué bello morir!

El motín de Aranjuez

La memoria de la herida abierta en Trafalgar no acababa de cicatrizar, cuando en el mes de octubre de 1807 se produjo un nuevo escándalo en el seno de la familia real. El propio Carlos IV incautó a su díscolo hijo una carta manuscrita de su puño y letra en la que se describía una conjura para derrocar a Godoy, destronar al monarca y coronarse como Fernando VII. Detenido y procesado en El Escorial, donde se hallaba la corte, se supo que había solicitado a Napoleón la mano de su sobrina. Y puesto que un alud de tropas galas comenzaba a entrar en la península, el pueblo llano entendió que el gran Bonaparte apoyaría en sus pretensiones al príncipe de Asturias, una suposición falsa pero que sin duda tuvo su peso en la obtención del perdón real por parte del traicionero vástago. En un intento de abortar esta maniobra que afectaría gravemente a su posición, Godoy corrió también a buscar la bendición de Napoleón, firmando un tratado en Fontaineblau que supuso, de hecho, la absoluta sumisión española a los objetivos e intereses del emperador.

Semejante ceremonial de deshonor convenció definitivamente al corso de que nuestra nación caería como fruta madura en sus manos, así que en el mes de noviembre más de veinte mil hombres al mando del general Junot ya se encontraban en Castilla, dispuestos a invadir Portugal una vez más. En diciembre tomaron Lisboa, lo que no impediría que nuevos regimientos de refresco entrasen en España y comenzaran a actuar como dueños y señores de las ciudades por las que iban pasando. La alarma entre la población pareció remitir ante el motín popular vivido en Aranjuez el 17 de marzo de 1808, levantamiento organizado por Fernando VII y la nobleza para acabar con el odiado Godoy. Los revoltosos entraron en su palacio y acabaron por capturar al favorito, que hubo de ser protegido por una partida de Guardia de Corps del intento de linchamiento perpetrado por la furiosa multitud. Como consecuencia inmediata de los disturbios de Aranjuez, Carlos IV firmaba la abdicación en favor de su primogénito Fernando VII.

Exilio en Bayona

Pero el veneno del poder provocaría que la situación no acabara así, pues el nuevo rey no fue reconocido por el mariscal Murat, llegado a Madrid el día 23 de marzo al frente de un poderoso ejército. Todas las partes enfrentadas solicitaron el arbitraje de Napoleón en la grave crisis dinástica que afectaba a la familia real española, decidiendo el emperador que unos otros y viajasen a Bayona. De esta forma atrajo, con artimañas y falsas promesas, al incauto Fernando, llegado a la capital francesa el 20 de abril de 1808. Y ello a pesar de las advertencias rimadas que le hacían llegar sus fieles:

Ya te lo he dicho, Fernando,

no te vayas a Bayona, que Godoy y Bonaparte te quitarán la corona.

Siguiendo la estela de su hijo arribó Carlos IV, dispuesto a continuar la disputa por la corona española, en la que resultaría una de las páginas más chuscas de nuestra historia por su bajeza e indignidad. Ambos salieron trasquilados, pues Napoleón había decidido expulsar a los Borbones de un trono que sería ocupado por un miembro de su propia familia. Llegadas noticias de lo ocurrido en Madrid el 2 de mayo, y como prueba de su acreditada cobardía y falsedad, Fernando emitía una proclama pidiendo al pueblo que obedeciera a los franceses y a un emperador que acabaría colmándolos de felicidad. El día 10 de mayo, la familia real al completo firmaba su renuncia a la corona en favor de Napoleón, que de inmediato nombró rey de España a su hermano José. El último acto de esta farsa tragicómica se cerraba con la felicitación pública de Fernando a su sucesor José, añadiendo que él mismo se consideraba un miembro más de la gran familia Bonaparte.

Historia y memoria leonesa León, capital del viejo Reino que fuera cruce de culturas, de estilos artísticos y de destinos históricos, contaba a comienzos del siglo XIX con alrededor de 10.000 habitantes. Estaba dividida en trece parroquias y sus edificios más sobresalientes eran la basílica de San Isidoro, relicario en piedra que guarda los restos del santo hispalense, y la Pulchra Leonina , obra maestra de la arquitectura por su delicadeza y originalidad. La ciudad seguía rezumando privilegio y tradición, según evidenciaban las más distinguidas clases sociales. Un grupo de privilegiados que sumaba cerca de 300 personas y en el que se incluían eclesiásticos, caballeros, religiosas, comerciantes y otras gentes decentes y de acreditados caudales. Mucho más abajo en la cúspide ciudadana se hallaban los obreros, menestrales y el numeroso sector de desfavorecidos por la diosa Fortuna que pululaban a la intemperie por calles y plazas. Según estudios de la profesora Patrocinio García, aparecían numerosos cadáveres de personas fallecidas a causa del hambre y el frío, que eran etiquetados con un distante tono burocrático: Pobre que murió en la calle, indica ser de dieciséis a dieciocho años. Se dijo que le habían oído decir que era natural de Santa María del Páramo . O moza que andaba a la limosna y que indicaba ser de quince a dieciséis años; nadie la conoció . Nada que ver, por supuesto, con distintos integrantes de la rancia nobleza avecindada en León, como el vizconde de Quintanilla, el marqués de San Isidro, la marquesa viuda de Inicio, el marqués de Villamenazar o el señor de El Ferral. Otros miembros de las clases altas, cuyos apellidos se perpetuarán a través del tiempo, eran los Azcárate o los Sierra Pambley, relacionados posteriormente con la progresista Institución Libre de Enseñanza. El progreso material alcanzado por la ciudad se hacía patente en la Puerta del Castillo, importante acceso al núcleo urbano costeado a cuenta del común de vecinos, la calzada que partía desde Puerta Moneda, presidida por una estatua de Carlos III, o el puente de Trobajo de Cerecedo. También se acometió por entonces la obra de traída de aguas, tal como informa la Gaceta Pública el día 19 de junio de 1787: el vecindario está recibiendo el beneficio del agua dulce y saludable, por la construcción de una gran obra de cañerías . Se construyeron igualmente las fuentes de San Marcelo y San Isidoro, redondeando el plantel de fontanas las de la plaza de la Catedral y el Mercado que ya estaban finalizadas en 1789, destacando la última por la alegoría que representa a los ríos Bernesga y Torío fluyendo por la capital. En definitiva, León iniciaba el siglo XIX saboreando los gozos y sombras de las complejas cosas sencillas y totalmente ignorante acerca de la semilla del desastre que estaba creciendo en territorio patrio.
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«Noticia a todos los pueblos de la provincia de León»

«Noticia a todos los pueblos de la provincia de León»


«Llegó por fin, honrados Leoneses, el suspirado día en que tomando las armas; acreditéis al universo que sois hijos dignos de los Héroes que en otro tiempo lo aterraron. Ya estamos en este feliz día en que el Dios de los Ejércitos puso en nuestras manos la defensa de su Ley y de la Patria. Su infalible Providencia que ha encendido el noble fuego que abraza vuestros corazones, preparaba la ocasión que os presenta para que desfoguéis el torrente impetuoso de vuestro patriotismo. Su Omnipotencia os protege, y nadie vence al que es omnipotente. Su sabiduría os ilumina, y nunca desampara al que defiende la justicia. Como la atroz perfidia que han cometido con nosotros los franceses excede todos los grados conocidos de la maldad del corazón humano, solo el autor del mal en el universo puede pintárosla con el horrible aspecto que se merece para excitar vuestra justa indignación. Patria, Religión, familia, propiedades, todo perece en manos de estos viles traidores. Corramos precipitadamente a oponernos a tan sacrílega usurpación. Es segura la victoria. Solo ellos confían en nuestra inacción llamándonos Leones dormidos: tiemblen al ver que hemos despertado. (...)

Todas las provincias que antiguamente compusieron el glorioso Reino de León no aguardan más que les intimemos la rendición para unirse a nosotros y defender la causa de Fernando o de nuestra independencia. Suplid con vuestra pronta preparación las dilaciones necesarias, que exige el arreglo de un buen orden para lograr con fruto el fin honrado a que aspiramos. Lograrémosle sin duda, porque al alma fuerte todos son recursos. No tememos morir en defensa de la Patria, y a quien no teme morir, nada importan los intereses. Corred, volad. Rugió el León: todo el mundo tiemble».

(Primera sesión de la Junta del Reino de León, datada el 1 de junio de 1808)
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