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s2t2 -(5) El 2 de mayo de 1808

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN
El día 2 de mayo de 1808, como era de prever, España se dio de bruces con lo inevitable. A partir de la entrada en Madrid de las tropas mandadas por el mariscal Joaquín Murat, gran duque de Berg y lugarteniente de Napoleón en nuestro país, los enfrentamientos entre la soldadesca y el pueblo llano habían sido constantes, resultando asesinados cada día una media de entre dos y tres franceses desde finales del mes de marzo hasta que estalló el «día de la cólera», en afortunada expresión de Arturo Pérez Reverte
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz
 JESÚS
LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN(5) El 2 de mayo de 1808 MAÑANA La Junta Superior de León
Gregorio Cuesta, capitán general de Castilla la Vieja

La chispa inicial de la revuelta se localiza en el palacio real, cuando un grupo de curiosos contempló estupefacto como el infante Francisco de Paula, hijo menor de los reyes, se echaba a llorar por no querer subir al coche dispuesto por los ocupantes. El cerrajero José Blas Molina entró a la carrera en palacio y, al poco, salía gritando: ¡Traición! ¡Nos han llevado al rey y se nos quieren llevar a todas las personas reales! ¡Mueran los franceses! Los presentes se abalanzaron sobre el carruaje para cortar los tiros de las caballerías, en una explosión de furia reprimida por el batallón de Granaderos de la Guardia con una descarga de fusilería que causó un río de sangre. La noticia corrió por Madrid a la velocidad del rayo, transformando a manolas, chisperos, granujas y holgazanes en guerreros al calor del fuego patriótico que inflamaba al país , según dijo Galdós. Gente enloquecida se arrojaba a los pies de los caballos, mientras una sucia lucha callejera se extendía desde la Puerta del Sol a los barrios populares. Agua y aceite hirviendo caían desde los balcones sobre los escuadrones de polacos y mamelucos, en una epopeya de heroísmo colectivo y coral que sería retratada en toda su cruel expresión por Francisco de Goya. A pesar del fondo enigmático que aún rodea a un acontecimiento tan legendario, está fuera de toda duda que las clases políticas y militares mantuvieron una actitud cobarde y neutral ante un explosión aureolada por toda la grandeza de las batallas perdidas, pues tan sólo dos oficiales de alta graduación, Daoiz y Velarde, se sumaron a la revuelta desde el parque de artillería de Monteleón. Las poderosas y curtidas tropas galas lograron finalmente hacerse con el control de la capital de España, iniciando de inmediato una brutal represión. Al anochecer del 2 de mayo comenzaron los fusilamientos en el paseo del Prado, las puertas del Retiro o la Casa de Campo, encendiendo la mecha de un artefacto emotivo cuyos ecos llegaron, naturalmente, hasta la provincia leonesa. Aquí en la capital, como en otros muchos puntos del país, las élites dirigentes se encontraron ante una peliaguda disyuntiva: por un lado, estaban avocadas a condenar la masacre acontecida en Madrid; pero en otro sentido, apoyaban secretamente las ideas ilustradas y consideraban a los franceses como palanca de modernidad y freno para la plebe incontrolada. Grave dilema moral que llevaría al Consejo de Castilla a salir a las calles madrileñas al mediodía del 2 de mayo, para aplacar la ira popular y tratar de apaciguar los ánimos. Idéntico ánimo conciliador predominaba en la Chancillería de Valladolid, a cuya jurisdicción pertenecía León, donde se redactó el día 5 de mayo un bando que solicitaba no se vea alterada la buena armonía con las tropas francesas y que no olvidase la nación española lo que exige la hospitalidad y las órdenes repetidas del monarca para con las tropas francesas.

El gorro de Napoleón Igualmente, la Chancillería vallisoletana decía esperar que en los pueblos por donde pasaran los galos, se les proporcionen cuantos auxilios necesiten, que los jueces tengan bajo su protección a cualquier individuo de aquella nación que se halla visto insultado o atropellado, administrándoles pronta y severa justicia . No resulta extraño que tan servil actitud causara la ira del populacho más exaltado:

¡Viva España!

¡Viva la Religión!

Yo me cago en el gorro de Napoleón. Aún más, los leoneses exigieron al Ayuntamiento que remitiese un oficio a dicha Chancillería, con la intención de conocer sus auténticos sentimientos a propósito de la situación del país. La respuesta de don Gregorio Cuesta, capitán general de Castilla la Vieja y presidente de la institución, fue la siguiente: su modo de pensar es y será siempre muy conforme y subordinado al de nuestro Gobierno Superior. A éste y no a los particulares corresponde deliberar sobre los negocios del Estado; lo demás, sobre ser opuesto a los primeros deberes de vasallo y de católico, produce la anarquía, es decir, la destrucción de la Monarquía y el Estado, el mayor de los males políticos. Todas las Personas Reales han renunciado solemnemente a sus derechos a la corona de España, absolviendo a los vasallos del juramento de fidelidad y vasallaje: no debemos, pues, intentar nada contra su expresa determinación, ni contra la Junta Suprema ( constituida en Madrid por orden de Murat ) que nos gobierna en nombre del emperador de los franceses, por el derecho que les han traspasado aquellas renuncias, bajo el pacto de nuestra independencia sin desmembración y de la conservación de nuestra Santa Religión. El emperador debe darnos un rey, en circunstancias que no le tenemos ni conocemos, quien tenga derecho a serlo.

La maquinaria del odio Tanta condescendencia y buenas modos no servirán de nada, pues el 24 de mayo llegó a manos del alcalde-corregidor, Josef Guadalupe, un pliego remitido por el duque de Berg, ordenando que la capital leonesa eligiera y mandase diputados a las Cortes que pretendían reunirse en Bayona el 15 de junio. La exasperación ciudadana llegaría al paroxismo el día 27 de mayo, al conocerse el bando que anunciaba la renuncia de la corona de España en Bonaparte, así como la proclamación del propio Murat como teniente general del Reino. Aquel mismo día se supo que el Principado de Asturias había declarado oficialmente la guerra a los usurpadores franceses, lo que se tradujo en un incesante ir y venir de reuniones y pronunciamientos redactados en los conventos y en las casas de los canónigos. La piel serena de León se estremeció con una serie de desórdenes que se multiplicaron desde la plaza de San Marcelo hasta la Catedral y la Plaza Mayor. Ese mismo día 27, la ciudad envió un estudiante al vecino reino de Galicia, invitando a los ciudadanos a unir fuerzas para defender al depuesto rey, al suelo español de la presencia enemiga y a la Religión. El Ayuntamiento, por su parte, remitió otro escrito al Capitán General de Galicia, a fin de conocer qué sentimiento tiene sobre las órdenes que se han comunicado, anunciando la renuncia de la corona en favor del emperador de los franceses.

La maquinaria del odio se había puesto definitivamente en marcha y los vecinos, temerosos de que los franceses pudieran plantarse ante las puertas de la ciudad en cualquier momento, comenzaron a solicitar la entrega de armas a las autoridades, que todavía se mostraban reacias a dar semejante paso. Los amotinados interceptaron el correo de Madrid y amenazaron con quemar la ciudad en caso de que no se accediese a sus peticiones. Ante la extrema presión popular, por fin se comenzó a distribuir armas entre los paisanos y se acordó convocar la Junta del Reino de León, organismo que habría de aquietar los desatados ímpetus del pueblo y trataría de salvar el honor de la provincia y sus gentes. A petición del obispo se acordó celebrar la reunión en la mañana del 30 de mayo y en el Palacio Episcopal, a la que habrían de acudir los capitulares de la capital, los prebendados y otras dignidades de la Iglesia, representantes del clero secular y regular y caballeros particulares, además de dos diputados nombrados por cada parroquia con la facultad de elegir entre todo el vecindario seis vocales para la Junta provincial.

Fúnebre pesimismo

En un ambiente de abatimiento y fúnebre pesimismo, provocado por las lamentables noticias que trajo a León el vizconde de Quintanilla y un puñado de Guardias de Corps que llegaron huyendo desde Burgos, tuvo lugar la constitución de la Junta de Gobierno de León, la cual dio a conocer mediante un bando las razones de su formación, sus competencias y composición. Entre su miembros se contaban personajes con tanto relieve social como Felipe de Sierra Pambley, el propio vizconde de Quintanilla, Josef Azcárate, Luis de Sosa, Manuel Castañón, Fausto Escaja -tesorero de la Casa de Luna-y Rafael Daniel, arcediano de Valderas. La Junta así compuesta asumió los resortes del poder en la provincia hasta que no se repusiera en el trono a Fernando VII o a otra persona real legítimamente constituida, al tiempo que cesaba en sus funciones a todas las autoridades establecidas, tanto políticas como militares, hasta que se subordinaran a sus disposiciones y recibieran una nueva investidura.

Al día siguiente, y contando con la presencia del capitán general, el antes reticente Gregorio de la Cuesta, la Junta acordaba aumentar su composición en un diputado por cada una de las provincias de Castilla la Vieja, con la finalidad de tener jurisdicción sobre todas ellas en los aspectos de armamento y subsistencia para el ejército. La magna y patriótica asamblea incluyó entonces a notables como Lorenzo Bonifaz, por Zamora, José Morales, en representación de Valladolid, o José Jiménez de la Morena, por Ávila. De esta forma quedó constituida la Junta Superior de León, nacida como consecuencia de la necesidad imperiosa de organizar la ciudad ante un conflicto que se anunciaba inminente. Y también, a causa de la revolucionaria presión de un pueblo que exigía la sustitución de la desaparecida potestad real por otra autoridad efectiva y local.
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s2t2 -(4) El pueblo en armas

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN
El día 24 de abril de 1808, el genio del pueblo leonés salió definitiva e irremediablemente de la botella, manifestándose en defensa de los derechos del «deseado» Fernando VII. Aún no se tenía claro si la amenaza provenía del todopoderoso Napoleón o bien era consecuencia de los turbios manejos tramados por el detestable Godoy, pero el caso es que los ciudadanos se manifestaron y sacaron a relucir gallardetes y retratos
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz
 ARCHIVO
LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN(4) El pueblo en armas MAÑANA El 2 de mayo de 1808 Rogativas en la Catedral
El mariscal Murat, lugarteniente de Napoleón en España

Así lo recoge un sensacional documento de época que se cobija en el archivo municipal: Y en esta disposición, rodeando la casa del Ayuntamiento, pedían a grandes voces los Pendones de la Ciudad para proclamar vuestro nombre. En este mismo punto aconteció que, sonando las cajas de la ciudad en aquel recinto, anunciaban la publicación de un nuevo bando; se sorprenden los corazones, se aumenta su agitación y la voz del Pregonero impone un silencio general. El verbo de la autoridad se hizo oír en medio de una expectación sepulcral: Era, Señor, la Real Orden que V.M. firmó en Burgos el 12 del corriente, cuyo beneficio contenido apenas inspiró al reunido Pueblo la idea cierta de los inmensos Rasgos de Bondad que abriga vuestro Magnánimo Corazón, cuando de improviso vuelve a arder en entusiasmo con un fuego inextinguible. Se repiten los vivas, se aumentaron las exclamaciones y se reitera la intimación de tremolar los pendones. A un empeño tan fiel, tan leal y significativo de su amor eterno a vuestra Persona, no pudo negarse este Ayuntamiento, cuyos individuos no estaban menos inflamados que los que constituían el Pueblo entero. Y así fue, Señor, que se condescendió a sus ruegos sacándolos a la misma hora y conduciéndolos uno de los Regidores, acompañado de varios sujetos de carácter y seguido del inmenso Pueblo entre una confusión de voces agradables, hasta las casas consistoriales donde se tremolaron y fijaron a la vista del Numeroso concurso que no cesaba de loar y repetir vuestro nombre. Mito e historia se dan la mano en torno a aquellos hechos aureolados por la liturgia de los grandes acontecimientos: Suspiraban aún las Gentes por un retrato de V.M. y provisionalmente se hizo forzoso buscar y presentarles uno pequeño que se colocó entre los Pendones, dejándolos satisfechos por entonces, pero con la protesta de que a las tres de la propia tarde se había de colocar otro de mayor cuerpo bajo el respectivo dosel que también debía franquear la Ciudad, a cuyo efecto se había determinado que el retrato se condujese por el propio Regidor que había llevado los Pendones, pero de A caballo y acompañado de la Comitiva posible. A la citada hora, ya el pueblo impaciente, esperaba que se realizase la oferta, y en efecto, empezaron luego de presentarse en la Plazuela de la Casa del Ayuntamiento diferentes sujetos de distinción, que con otras varias Personas dirigidas al intento, formaban un acompañamiento numeroso y brillante, tanto por el ornato de sus Personas como por los bien enjaezados caballos, que distribuidos en dos filas uniformes, a las que seguía el Regidor que llevaba el Retrato en medio de cuatro caballeros oficiales, se dirigió por las Principales Calles de la Ciudad hasta el referido consistorio.

Rey y padre El capítulo central de tan famosa jornada tuvo lugar frente al Ayuntamiento capitalino, donde estaba ya prevenida una Guardia de escopeteros y el Decano, que tomó y colocó el retrato en el balcón principal que estaba ya destinado y adornado al efecto, como todos los demás que se colgaron con anticipación, desde cuyo tiempo se pusieron dos centinelas a las esquinas del Dosel, en cuya disposición ha continuado todo el día y aun continuará algunos más, según el fervoroso entusiasmo que muestra este vecindario, el que, sin embargo de las ardientes Demostraciones de Júbilo y Algazara, se ha conducido con un miramiento plausible. Tal ha sido, Señor, el célebre suceso que este Ayuntamiento no ha podido ni ha juzgado que debía ocultar a V.M., no sólo para que vuestra Real bondad tenga la dignación de indultar este exceso generoso a un Pueblo que ama de veras a vuestra Persona, cuanto para que V.M. se entere de los verdaderos sentimientos que animan a los Leoneses en obsequio de Vos mismo que sois Nuestro Rey y seréis Nuestro Padre. El documento municipal acaba con el ofrecimiento de tomar las armas en caso de que don Fernando viera amenazado su trono: Así mismo cree este Ayuntamiento que debe hacer presente a V.M. no haberse podido desentender de formar notas de suscripción, a ruegos de estos mismos Ciudadanos, para el alistamiento de algunos Mozos solteros y aun casados, que voluntariamente (como todos sus compatriotas) se ofrecen a sacrificar sus vidas, en las actuales circunstancias, por la Sagrada Persona de V.M., que este Muy Leal Ayuntamiento pide a Dios conserve perpetuamente para la exaltación de vuestros Reinados . Estos son todos los pormenores de la crónica referida a la memorable jornada del 24 de abril de 1808, punto de partida para los males sin cuento que habrían de afligir a León de forma inminente.

Luis de Sosa y González Mérida Si hablamos de nombres propios, el coronel Luis de Sosa tomó parte muy activa en exaltar al pueblo para que acudiera a la Plaza Mayor y vitorease a Fernando VII, siendo también autor del parte que le encargó el Ayuntamiento narrando los acontecimientos, enviado posteriormente a la Regencia. No se quedó atrás Valentín González Mérida en cuanto a patriotismo, según informa él mismo en una carta fechada en Ponferrada el 26 de noviembre de 1809: Deja a parte el haber sido el primero que irritado al ver la felonía, la negra conspiración que se tramaba contra la augusta persona de nuestro joven y amado monarca en 24 de abril de 1808 (Época en que toda la Nación se hallaba aún sumergiéndose en el horror y abatimiento) tomó las armas despreciando los peligros que por todas partes nos rodeaban y el atroz terrorismo que sofocaba al valor y a la constancia, salió a la Plaza Mayor de la capital fiel de esta desgraciada provincia y con enternecimiento de todas las personas sensibles aunque con burla y desprecio de las infames y malvadas, dio principio al armamento de todas ellas, y tuvo la incomparable satisfacción de proclamar entre sus decididos y armados compatriotas el dulce y seductor nombre de Fernando, de tremolar sus augustos Estandartes, y de jurar la defensa de su sagrada persona, la de sus legítimos e inviolables derechos, y la de nuestra sacro-santa Religión. Tanto uno como otro, Luis de Sola y Valentín González Mérida, tienen sendas calles en la capital bautizadas con sus respectivos nombres, recordando la memoria de aquellos héroes locales. Hasta aquí la narración detallada de lo acontecido en León el 24 de abril de 1808, un levantamiento en defensa de Fernando VII y contra un enemigo declarado como era Manuel Godoy, aunque en ningún caso se trate de una insurrección contra los ejércitos franceses, que ni siquiera habían llegado para entonces a nuestra provincia, ni una proclamación de «independencia» contra el yugo de los invasores. No obstante, y al igual que ocurrió en otros muchos lugares de España, fueron varios los autores que en fechas posteriores imaginaron la hipótesis de que León era pionera en el rechazo a las tropas galas. La solución a esta patriótica competencia se halla en unas palabras del marqués de Ayerbe, en el sentido de que cualquiera de las provincias de España pudo serlo, pero no es ninguna por serlo todas, ya que se declararon en guerra creyendo ser las primeras en alzarse, y es tan corto el tiempo que medía entre unas y otras, que casi puede decirse que fue al mismo tiempo el movimiento en todas partes. Según afirmaron posteriormente algunos de los protagonistas de los hechos, como Luis de Sosa o Bernardo Escobar, tan inflamado y patriótico panfleto se remitió a la capital del Estado, apareciendo publicado en la Gaceta de Madrid . Al comprobar la gravedad de los sucesos, que podrían contagiarse a otras provincias y ciudades, el general Murat hizo quemar todos los ejemplares donde aparecía dicho parte y la Gaceta se reimprimió una vez suprimida la crónica de la proclamación en León de Fernando VII. La algarada del 24 de abril conmocionó a la capital, cuyos habitantes formaban corrillos en la Plaza Mayor, tradicional espacio público de diversión, de fiesta y de intercambios económicos y culturales, para comentar con creciente pesimismo las noticias que iban llegando por distintos conductos.

Al conocerse lo ocurrido en Madrid el 2 de mayo, inicio oficial del levantamiento español contra las tropas bonapartistas, el revuelo y la consternación popular tomarían forma en una rogativa solemne que tuvo lugar en la Catedral durante tres días seguidos, antes las veneradas reliquias de San Froilán, San Isidoro, San Marcelo y los mártires del monasterio de San Claudio. En las ceremonias, y a decir de un escritor contemporáneo, se respiraba una tristeza de presagio y un aire de aflicción y angustia, prólogo inmediato de la gran calamidad que habría de abatirse sobre esta provincia como una plaga asoladora. Unos y otros hablaban de tomar las armas y marchar a combatir a los malditos gabachos, esos anticristos que renegaban de todo lo que las buenas gentes tenían por sagrado. Y también, cómo no, para vengar a los anónimos héroes masacrados en Madrid:

¡Paredes del verde Prado, murallas del Buen Retiro, cuántas almas inocentes

murieron en vuestro sitio!
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s2t2 -(3) 24 abril de 1808

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN
La ruleta de la vida leonesa giraba, a comienzos del siglo XIX, en torno a la religión, eterna fuente de fortaleza y consuelo. Las distintas órdenes tenían sus respectivas sedes y domicilios en los ya desaparecidos conventos de San Claudio y Santo Domingo, mientras que han llegado a nuestros días los de San Francisco, San Isidoro y el de San Marcos, aunque su dedicación actual sea muy distinta a la vocación jacobea con que nació el cenobio asentado a orillas del Bernesga
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz
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LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN(3) 24 abril de 1808 MAÑANA El pueblo en armas La revuelta de la hogaza
Abajo, Felipe Sierra Pambley, protagonista a su pesar de «la revuelta de la hogaza»

Capital eminentemente agrícola, tal como recuerda la comedia de Lope de Vega Los prados de León , las familias de labradores se asentaban en los arrabales de San Pedro, San Lorenzo y Santa Ana, reservando el interior del recinto amurallado para comerciantes, menestrales y la pujante escuela de canteros, vidrieros y artífices del hierro dedicados a embellecer los palacios y casonas señoriales. El pulso de León cobraba extraordinaria animación con motivo de las bulliciosas ferias de San Juan, de los Santos y de San Andrés, o el mercado de Ramos que servía como pórtico a la fúnebre y bastante tétrica Semana Santa. En cuando a las escasas industriales locales, el mejor botón de muestra era la Fábrica de Hilados que abrió sus puertas en tiempos de Fernando VI y cuya portada aún podemos admirar en los viejos juzgados de la calle del Cid. Otra bolsa de trabajo para los obreros leoneses se debía al buen obispo Cayetano Antonio Cuadrillero, impulsor del edificio destinado a Hospicio que se estaba levantando junto a la pradera de San Francisco. Un gran logro material y espiritual para aquel poblachón de hechuras medievales que, en afortunada frase del Padre Risco, era una de las ciudades más agradables y deliciosas del Reino .

El oro viejo del pasado dignificaba un entramado urbano que, por otra parte, no brillaba precisamente por su limpieza. Todo el mundo tiraba sus aguas mayores y menores por las ventanas de las viviendas, provocando que las calles presentaran un sucio y lamentable estado. El señor Quijada, regidor del Ayuntamiento en 1808, propuso en una sesión municipal que para mantener limpia y aseada la Plaza Mayor, le parecía que podía adoptarse el medio de obligar a las verduleras y pescaderas a que diariamente, al retirarse a sus casas después de la jornada de trabajo, llevasen todos los despojos de sus géneros fuera de la Plaza y que los moradores de las casas no debían arrojar al exterior sus respectivas inmundicias. Atrincherada en sus certidumbres, la capital leonesa vivía en una burbuja de modos y costumbres característica del Antiguo Régimen.

Bonaparte en los infiernos

El señor Escobar ofreció trasladar al Ayuntamiento cuanto le habían expuesto y que se haría todo lo posible para obtener dicha gracia. Muy satisfechos con la propuesta, suplicaron al regidor que repitiese al público lo prometido a ellos. Así lo hizo el munícipe y todos regresaron, contentos y tranquilos, a sus domicilios. El trasfondo de tan versallesca algarada, en opinión de la profesora García Gutiérrez, estaba en el descontento de los estudiantes y profesores del Seminario contra Sierra Pambley, comisionado regio en la venta de capellanías, causa real de la revuelta. La minoría interesada en el asunto debía presentar al pueblo un motivo más acorde con sus preocupaciones para que expresara su descontento, encontrándolo en los 4 maravedíes impuestos igualmente por el Príncipe de la Paz sobre cada cuartillo de vino. La tregua no escrita firmada por unos y otros el día 28 de marzo fue en realidad el preludio para una fecha clave en el registro de la memoria colectiva leonesa, como es la del 24 de abril de 1808.

Ciudad devota de sus tradiciones, León celebró con toda solemnidad la fiesta mayor del cristianismo que es la Semana Santa. Un puzzle de vivencias y emociones que rezuma solera, historia, tipismo y tradición, tal como se pudo comprobar durante la Pascua de 1808. Lamentablemente, no existían demasiados motivos para el regocijo, pues el deseado Fernando había salido de Madrid el día 10 de abril y de España el 19, camino de Bayona, y con el rey todas las esperanzas que los españoles pusieron en su persona. Así lo refleja un ilustrativo cantar:

Bonaparte en los infiernos tiene su silla poltrona, y a su lado está Godoy poniéndole la corona.

Rogativas por Don Fernando

Las leyendas son artículos de primera necesidad, por lo que el 24 de abril de 1808 ocupa un lugar de honor en el imaginario colectivo leonés. El pulcro manto de la ciudad se sobrecogió al darse a conocer, por parte del Ayuntamiento, la Real Orden de Fernando VII fechada el día 12 en Burgos, de camino hacia la frontera francesa. El monarca pedía rogativas públicas para implorar a la Divina Clemencia los auxilios para el mejor gobierno de los Reinos. Aquella recordada fecha, de la que ahora se cumple el doscientos aniversario, marca el final de la vida pacífica en la capital leonesa y el inicio de la tumultuosa agitación que no finalizaría hasta cinco años más tarde. Las actas municipales nos refieren lo ocurrido el 24 de abril: A las 10 de la mañana de ese día, hora en que recibe la ciudad el correo general, empezó a trascender la noticia de que en esa vuestra Villa y Corte (el escrito lo dirige el Ayuntamiento a Fernando VII) intentaron algunos malvados el día 20 del presente mes publicar edictos revolucionarios contra el sagrado gobierno que entroniza Vuestra digna persona, a tan buen grado y universal placer de todos vuestros vasallos que miran el celo exaltado de V.M., un regenerador de aquel antiguo ardor de los españoles debilitados por las sugestiones de un Balido (sic) que abusó de la notoria jurisdicción y beneficencia de vuestros Padres Augustos. Los repetidos conductos por donde se comunicó dicha noticia a diferentes sujetos de esta Ciudad, ocasionaron a un tiempo mismo, no sólo el que no se dudase de su Aserto, sino el que se llegase a vulgarizar entre todos los ciudadanos, que siempre decididos por la consolidación y firmeza de vuestro Reinado Paternal esperan con ansia las noticias prósperas y lisonjeras en favor de vuestro solio Augusto . El «yo» identitario leonés se sumó, pues, con entusiasmo al supuesto código de valores que encarnaba la monarquía de don Fernando, noble convicción expresada públicamente por los cada vez más enardecidos paisanos: En tal supuesto, agitados, Señor, todos los ánimos de estos fieles ciudadanos que no ceden en su amor y lealtad acendrada hacia Vuestra Real Persona, a los antiguos leoneses que tantos trofeos alcanzaron bajo los Gloriosos estandartes de los Predecesores Ilustres de Vuestra Señoría, juntándose en numerosos corrillos a cotejar sus pálidos semblantes, a la primera insinuación de un compatriota fiel repitieron millones de ecos: ¡Viva Nuestro amado Rey Fernando VII, mueran los conspiradores! Como el ruidoso lago que rompiendo sus diques elevados inunda los vallados contiguos, del tal manera, Señor, se desplegaron las cuadrillas de vecinos de todas clases por las calles y por las plazas, repitiendo entre incesantes alaridos y demostraciones emprendedoras ¡viva el Rey, mueran los malvados! El trueno que se produjo en los Pirineos tras el estallido de la Revolución Francesa, parecía presagiar el final de un ciclo histórico. Pero aquí en España, y mucho menos en León, nadie se atrevía a cuestionar el carácter sacrosanto de la monarquía encarnada por la dinastía de los Borbones. Si que existía un largo memorial de agravios en contra del favorito Godoy, a quien se catalogaba como pérfido usurpador de la voluntad real, por lo que Fernando VII comenzó a ser considerado como el gran libertador que habría de salvar al pueblo español de todos los males causados por el «mal gobierno». Pocos días después del motín de Aranjuez, ocurrido como hemos dicho el 17 de marzo de 1808, tuvo lugar en nuestra capital una protesta bautizada por algún historiador como el motín de la hogaza . Conocemos lo ocurrido por Bernardo Escobar, entonces regidor del Ayuntamiento y protagonista destacado en el suceso. Acompañado por el Alcalde mayor y don Benito Subira, acudió al domicilio de Felipe de Sierra y Pambley, administrador de la Caja de Consolidación de Valores y comisionado por el archidiablo Godoy en la venta de capellanías y obras pías.

El motivo de la visita estaba centrado en la supuesta ofensa hecha por don Felipe a un grupo de exaltados, que se plantaron frente a su casa pidiendo que les arrojara el retrato del despreciable Manuel Godoy. En lugar de ello, y a modo de burla, tiró una hogaza de pan. También estaban presentes cuatro comisionados por los gremios, quienes solicitaron se les quitase el nuevo impuesto de 4 maravedíes sobre cada cuartillo de vino, en atención a la subida al trono de don Fernando. Con toda compostura y prudencia, el regidor respondió que con el mayor gusto los complacería si tuviese facultades para hacerlo, pero que la concesión de esta gracia sólo dependía de la voluntad del monarca, así que únicamente a él debían acudir. Quedaron conformes con la respuesta los representantes de los gremios, pidiendo tan sólo que se hiciese llegar a S.M. sus deseos y lo gravoso que les resultaba dicha contribución por sí misma y porque se decía estaba impuesta por Godoy. Pero que si era voluntad del rey o necesaria para la corona la llevarían contentos, e incluso otras cargas mayores.
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(2) El desastre de Trafalgar

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN
El estallido de la Revolución Francesa y la posterior ascensión al poder de un genio militar y político llamado Napoleón Bonaparte tuvo consecuencias desastrosas para España, gobernada a comienzos del siglo XIX por el monarca Carlos IV y su valido Manuel Godoy, unido por una relación amorosa a la reina María Luisa de Parma. El cónsul galo lograría implicar a nuestro país en una telaraña de estrategias encaminada a controlar todos los resortes políticos en Europa
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz
Napoleón Bonaparte nombra rey de España a su hermano José

Con Godoy a la cabeza, el ejército hispano invadió Portugal en la campaña que fue bautizada como la Guerra de las Naranjas. La aparente victoria constituyó en realidad un fiasco en toda regla, pues se movilizaron miles de hombres y pertrechos para conquistar una sola plaza, Olivenza, aunque momentáneamente la soberbia de los reyes y su protegido quedara colmada.

No tuvieron oportunidad de saborear con calma las mieles del triunfo, pues un nuevo encontronazo bélico entre Francia e Inglaterra acabaría por arrastrar, muy a su pesar, a España. El conflicto quedaba saldado gracias a la victoria de Gran Bretaña en Trafalgar, donde aniquiló a la escuadra franco-española. Los mejores marinos -Gravina, Churruca o Alcalá Galiano- fallecieron en el desastre, mientras que la muerte del almirante Horace Nelson no empañó un triunfo decisivo para sus armas. A partir de Trafalgar el país entraba en una espiral de pesimismo y postración, agravada por la epidemia de fiebre amarilla que se ensañó con la población y las sucesivas crisis de subsistencia causantes de motines por todo el país, con incendios de tahonas y saqueos de almacenes de grano.

Para ensombrecer aún más el panorama, Carlos IV adoptaba en 1805 la peliaguda decisión de prohibir las corridas de toros, tan del gusto popular. Motivos de orden público y los tópicos de barbarie y primitivismo fueron los principales argumentos esgrimidos para tan polémica medida, justo cuando la llamada «fiesta nacional» vivía un momento de gloria gracias a matadores como Pepe-Hillo, Joaquín Costillares o el maestro Pedro Romero, responsable de la muerte de unos cuatro mil astados y más tarde director de la escuela de tauromaquia. Los renglones torcidos de la desidia y el abandono acabaron por pasar factura a un país enfermo de extrema gravedad crónica, como queda patente en el enfrentamiento que estalló entre Godoy y los fernandinos, partidarios de la abdicación de Carlos IV en su hijo Fernando, por aquel entonces príncipe de Asturias. Así lo recogen las coplillas que comenzaron a circular por los mentideros de la corte:

Vivir en cadenas, ¡qué bello vivir! Morir por Fernando, ¡qué bello morir!

El motín de Aranjuez

La memoria de la herida abierta en Trafalgar no acababa de cicatrizar, cuando en el mes de octubre de 1807 se produjo un nuevo escándalo en el seno de la familia real. El propio Carlos IV incautó a su díscolo hijo una carta manuscrita de su puño y letra en la que se describía una conjura para derrocar a Godoy, destronar al monarca y coronarse como Fernando VII. Detenido y procesado en El Escorial, donde se hallaba la corte, se supo que había solicitado a Napoleón la mano de su sobrina. Y puesto que un alud de tropas galas comenzaba a entrar en la península, el pueblo llano entendió que el gran Bonaparte apoyaría en sus pretensiones al príncipe de Asturias, una suposición falsa pero que sin duda tuvo su peso en la obtención del perdón real por parte del traicionero vástago. En un intento de abortar esta maniobra que afectaría gravemente a su posición, Godoy corrió también a buscar la bendición de Napoleón, firmando un tratado en Fontaineblau que supuso, de hecho, la absoluta sumisión española a los objetivos e intereses del emperador.

Semejante ceremonial de deshonor convenció definitivamente al corso de que nuestra nación caería como fruta madura en sus manos, así que en el mes de noviembre más de veinte mil hombres al mando del general Junot ya se encontraban en Castilla, dispuestos a invadir Portugal una vez más. En diciembre tomaron Lisboa, lo que no impediría que nuevos regimientos de refresco entrasen en España y comenzaran a actuar como dueños y señores de las ciudades por las que iban pasando. La alarma entre la población pareció remitir ante el motín popular vivido en Aranjuez el 17 de marzo de 1808, levantamiento organizado por Fernando VII y la nobleza para acabar con el odiado Godoy. Los revoltosos entraron en su palacio y acabaron por capturar al favorito, que hubo de ser protegido por una partida de Guardia de Corps del intento de linchamiento perpetrado por la furiosa multitud. Como consecuencia inmediata de los disturbios de Aranjuez, Carlos IV firmaba la abdicación en favor de su primogénito Fernando VII.

Exilio en Bayona

Pero el veneno del poder provocaría que la situación no acabara así, pues el nuevo rey no fue reconocido por el mariscal Murat, llegado a Madrid el día 23 de marzo al frente de un poderoso ejército. Todas las partes enfrentadas solicitaron el arbitraje de Napoleón en la grave crisis dinástica que afectaba a la familia real española, decidiendo el emperador que unos otros y viajasen a Bayona. De esta forma atrajo, con artimañas y falsas promesas, al incauto Fernando, llegado a la capital francesa el 20 de abril de 1808. Y ello a pesar de las advertencias rimadas que le hacían llegar sus fieles:

Ya te lo he dicho, Fernando,

no te vayas a Bayona, que Godoy y Bonaparte te quitarán la corona.

Siguiendo la estela de su hijo arribó Carlos IV, dispuesto a continuar la disputa por la corona española, en la que resultaría una de las páginas más chuscas de nuestra historia por su bajeza e indignidad. Ambos salieron trasquilados, pues Napoleón había decidido expulsar a los Borbones de un trono que sería ocupado por un miembro de su propia familia. Llegadas noticias de lo ocurrido en Madrid el 2 de mayo, y como prueba de su acreditada cobardía y falsedad, Fernando emitía una proclama pidiendo al pueblo que obedeciera a los franceses y a un emperador que acabaría colmándolos de felicidad. El día 10 de mayo, la familia real al completo firmaba su renuncia a la corona en favor de Napoleón, que de inmediato nombró rey de España a su hermano José. El último acto de esta farsa tragicómica se cerraba con la felicitación pública de Fernando a su sucesor José, añadiendo que él mismo se consideraba un miembro más de la gran familia Bonaparte.

Historia y memoria leonesa León, capital del viejo Reino que fuera cruce de culturas, de estilos artísticos y de destinos históricos, contaba a comienzos del siglo XIX con alrededor de 10.000 habitantes. Estaba dividida en trece parroquias y sus edificios más sobresalientes eran la basílica de San Isidoro, relicario en piedra que guarda los restos del santo hispalense, y la Pulchra Leonina , obra maestra de la arquitectura por su delicadeza y originalidad. La ciudad seguía rezumando privilegio y tradición, según evidenciaban las más distinguidas clases sociales. Un grupo de privilegiados que sumaba cerca de 300 personas y en el que se incluían eclesiásticos, caballeros, religiosas, comerciantes y otras gentes decentes y de acreditados caudales. Mucho más abajo en la cúspide ciudadana se hallaban los obreros, menestrales y el numeroso sector de desfavorecidos por la diosa Fortuna que pululaban a la intemperie por calles y plazas. Según estudios de la profesora Patrocinio García, aparecían numerosos cadáveres de personas fallecidas a causa del hambre y el frío, que eran etiquetados con un distante tono burocrático: Pobre que murió en la calle, indica ser de dieciséis a dieciocho años. Se dijo que le habían oído decir que era natural de Santa María del Páramo . O moza que andaba a la limosna y que indicaba ser de quince a dieciséis años; nadie la conoció . Nada que ver, por supuesto, con distintos integrantes de la rancia nobleza avecindada en León, como el vizconde de Quintanilla, el marqués de San Isidro, la marquesa viuda de Inicio, el marqués de Villamenazar o el señor de El Ferral. Otros miembros de las clases altas, cuyos apellidos se perpetuarán a través del tiempo, eran los Azcárate o los Sierra Pambley, relacionados posteriormente con la progresista Institución Libre de Enseñanza. El progreso material alcanzado por la ciudad se hacía patente en la Puerta del Castillo, importante acceso al núcleo urbano costeado a cuenta del común de vecinos, la calzada que partía desde Puerta Moneda, presidida por una estatua de Carlos III, o el puente de Trobajo de Cerecedo. También se acometió por entonces la obra de traída de aguas, tal como informa la Gaceta Pública el día 19 de junio de 1787: el vecindario está recibiendo el beneficio del agua dulce y saludable, por la construcción de una gran obra de cañerías . Se construyeron igualmente las fuentes de San Marcelo y San Isidoro, redondeando el plantel de fontanas las de la plaza de la Catedral y el Mercado que ya estaban finalizadas en 1789, destacando la última por la alegoría que representa a los ríos Bernesga y Torío fluyendo por la capital. En definitiva, León iniciaba el siglo XIX saboreando los gozos y sombras de las complejas cosas sencillas y totalmente ignorante acerca de la semilla del desastre que estaba creciendo en territorio patrio.
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«Noticia a todos los pueblos de la provincia de León»

«Noticia a todos los pueblos de la provincia de León»


«Llegó por fin, honrados Leoneses, el suspirado día en que tomando las armas; acreditéis al universo que sois hijos dignos de los Héroes que en otro tiempo lo aterraron. Ya estamos en este feliz día en que el Dios de los Ejércitos puso en nuestras manos la defensa de su Ley y de la Patria. Su infalible Providencia que ha encendido el noble fuego que abraza vuestros corazones, preparaba la ocasión que os presenta para que desfoguéis el torrente impetuoso de vuestro patriotismo. Su Omnipotencia os protege, y nadie vence al que es omnipotente. Su sabiduría os ilumina, y nunca desampara al que defiende la justicia. Como la atroz perfidia que han cometido con nosotros los franceses excede todos los grados conocidos de la maldad del corazón humano, solo el autor del mal en el universo puede pintárosla con el horrible aspecto que se merece para excitar vuestra justa indignación. Patria, Religión, familia, propiedades, todo perece en manos de estos viles traidores. Corramos precipitadamente a oponernos a tan sacrílega usurpación. Es segura la victoria. Solo ellos confían en nuestra inacción llamándonos Leones dormidos: tiemblen al ver que hemos despertado. (...)

Todas las provincias que antiguamente compusieron el glorioso Reino de León no aguardan más que les intimemos la rendición para unirse a nosotros y defender la causa de Fernando o de nuestra independencia. Suplid con vuestra pronta preparación las dilaciones necesarias, que exige el arreglo de un buen orden para lograr con fruto el fin honrado a que aspiramos. Lograrémosle sin duda, porque al alma fuerte todos son recursos. No tememos morir en defensa de la Patria, y a quien no teme morir, nada importan los intereses. Corred, volad. Rugió el León: todo el mundo tiemble».

(Primera sesión de la Junta del Reino de León, datada el 1 de junio de 1808)
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