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LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN(9) Bonaparte duerme en Astorga
Los desgarros del conflicto entre españoles y franceses se cernían nuevamente sobre León en el mes de diciembre de 1808, cuando el día 22 apareció en nuestra ciudad el primer periódico con vocación de informar sobre los hechos de actualidad. Se titulaba El Manifiesto de León y su redactor era el coronel Luis de Sosa, cuyo objetivo primordial consistía en dar noticias sobre las operaciones del ejército enemigo y de los aliados ingleses, aunque también incluía reflexiones políticas y consignas patrióticas
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

En opinión de Carmelo Lucas del Ser, este impreso de cuatro hojas y pequeño formato tenía como finalidad contrarrestar la propaganda de los gaceteros del bando afrancesado y sostener el ánimo de la población. Lamentablemente, sólo apareció el citado número correspondiente al 22 de diciembre, pues la llegada de los franceses abortó la feliz iniciativa de Luis de Sosa, hombre culto y amante de las artes y las letras, como prueba la extensa biblioteca que poseía.

Lanzado Napoleón Bonaparte en persecución de las tropas inglesas del general Moore, nuestros aliados huían a la carrera en dirección al puerto de La Coruña, donde esperaban encontrar la salvación al embarcar en los barcos de su flota. Las infinitas calamidades padecidas por el camino aflojaron hasta tal punto las ordenanzas, que los soldados se entregaron a brutales actos de indisciplina que cubrieron de ignominia al ejército de Gran Bretaña. Al conocerse en la ciudad que el día 29 de diciembre el general Franceschi, comandante de la vanguardia de Soult, había aparecido de improviso en Mansilla, el marqués de la Romana, jefe del Ejército de la Izquierda, salió de la capital para «evitar las violencias del enemigo» y cubrir, con sus tropas, la entrada del Reino de Galicia.

También puso pies en polvorosa la Junta de Gobierno, que después de coger en Astorga los caudales de la Real Hacienda pasaría al Principado de Asturias. Muchos de los vecinos huyeron a los montes vecinos antes de que Franceschi entrase en León el 30 de diciembre de 1808, encontrándose con gran número de enfermos y heridos abandonados a su suerte por el marqués de la Romana, y detrás llegó el general Soult con el grueso de las tropas, un total de veinte y tantos mil hombres.

Llora la Virgen

A pesar de la brevedad de su estancia, pues el ejército francés partió el día 1 de enero de 1809 dejando en la capital una pequeña guarnición, la rapiña espiritual y material perpetrada por las tropas de Soult sería recordada largo tiempo. El convento de Santo Domingo se quemó «casualmente», el de San Marcos fue ocupado y saqueado y el de San Isidoro sufrió todo tipo de afrentas. En la iglesia se deshizo el cuerpo del santo titular, además de revolverse todos los sepulcros de los reyes leoneses. Divisa de barbarie que se extendió al beaterio de Santa Catalina y al monasterio de San Claudio, mientras que del Hospicio se sacaron muebles y géneros para su uso. Tremendos excesos merecedores de la condena divina.

Lágrimas llora de piedra

Nuestra Señora del Dado

por la custodia de plata que los franceses robaron. Presintiendo cercana la presencia de las tropas ingleses, los franceses se abalanzaron como lobos hambrientos detrás de la coalición de aliados, en una persecución que puso a prueba la resistencia de los hombres de Napoleón. Así lo refleja el relato escrito por el barón de Marbot, oficial de órdenes del mariscal Lannes: No recuerdo ninguna marcha tan penosa; una lluvia glacial empapaba nuestros vestidos, hombres y caballos se hundían en el lodazal, no se adelantaba, sino a costa de inauditos esfuerzos, y como quiera que los ingleses habían destruido todos los puentes, los soldados de infantería tuvieron que desnudarse cinco o seis veces, ponerse las armas y efectos sobre las cabezas, y pasar enteramente desnudos los riachuelos que cortan aquel camino. ¡Yo vi a tres granaderos de la Guardia que en la imposibilidad absoluta de seguir adelante, y temerosos sin duda de ser atormentados y sacrificados por los paisanos, si se quedaban rezagados, se saltaron la tapa de los sesos con sus mismos fusiles! Una de las noches más sombrías, y lloviendo siempre, vino a subir de punto los sufrimientos de las tropas. Los soldados extenuados se tumbaron a entrambos lados del camino, sobre el cieno. Un gran número se guareció en La Bañeza, y únicamente llegaron a Astorga las cabezas de los regimientos; el resto se quedó en el camino.

Pillaje y embriaguez El día 30 de diciembre, el general Moore y el marqués de la Romana coincidieron en Astorga, cruzándose un fuerte intercambio de opiniones sobre los pasos a seguir. Mientras el militar inglés sólo veía la salvación en llevar a sus tropas hasta La Coruña, donde serían embarcadas, el general español optaba por defender la entrada al Bierzo de forma conjunta, única forma posible de hacer frente a Napoleón. No ayudó a la concordia entre uno y otro los brutales excesos perpetrados por los británicos durante la retirada, episodios de pillaje y borracheras que se iniciaron en la localidad de Valderas: Por la tarde atravesamos un pueblo maragato, de considerable tamaño, que había sido completamente calcinado por el fuego. Sus maltrechos habitantes estaban sentados entre los efectos que habían podido salvar de las llamas, contemplando las ruinas de sus casas en un silencio desesperado. Los cuerpos de los muchos españoles muertos de hambre, por enfermedad, o por los rigores del clima, yacían desperdigados, y daban al conjunto un aspecto dantesco. El pueblo había sido incendiado por algún regimiento de nuestra infantería, y apenas pasaba una hora sin que presenciáramos la más absoluta miseria causada por los excesos de nuestras tropas, algo imposible de prevenir. Los soldados que continuamente se rezagaban en los pueblos cercanos a la carretera, tras dedicarse al pillaje, generalmente prendían fuego a las casas; y si descubrían los lugares donde se escondía el vino, bebían hasta no tenerse en pie, viéndose incapaces para alcanzar las columnas, o morían entre las llamas que ellos mismos habían provocado. No sorprende que estas conductas excitaran los ánimos de los naturales a detestar a los británicos, llevándoles a pagarles a la menor oportunidad, asesinando o maltratando a los soldados rezagados y dispersos. Semejantes brutalidades provocaron una psicosis de pánico entre los vecinos, que ni siquiera tenían claro si sus enemigos eran los franceses o los ingleses. Un desconcierto causante de anécdotas como la referida por el capitán Gordon, del 15º de Húsares: Uno de los muleros fue traído a presencia del coronel Grant, y nos proporcionó un buen rato. Creyendo que había caído en manos francesas, mostró signos de gran terror, cayó sobre sus rodillas e imploró nuestra misericordia por la salvaguarda de su mujer y sus tres hijos; luego besó la tierra y gritó: «¡Viva el señor Napoleón!». Cuando nos cansamos de reír, lo pusimos en libertad sin sacarle de su error.

Napoleón se apiada

El día primero de 1809, Napoleón Bonaparte en persona entraba en la asolada capital maragata, siendo plenamente consciente de que había fracasado en su intento de interceptar a los ingleses antes de que alcanzasen los puertos montañosos que eran pórtico de Galicia. En Astorga se concentraron los diferentes cuerpos del ejército francés, sumando un contingente de sesenta o setenta mil hombres, a quienes pasó revista su malhumorado emperador. El suicidio de algunos soldados de la Guardia, además de la fuga de Moore, ensombrecieron su ánimo, tal como pudo constatar el obispo astorgano, en cuyo palacio se alojó y a quien trató con no poca rudeza. Mayor miramiento tuvo para con sus hombres, pues a pesar de la lluvia y el espantoso frío, recorrió una por una las casas donde se cobijaban los soldados, repartiendo elogios y halagos que pretendían elevar la escasa moral de la tropa. Estando en Astorga, Napoleón recibió un correo de Francia remitido por el ministro del Estado, informándole que los dignatarios austriacos se disponían a romper hostilidades nuevamente, lo que precipitó su decisión de no continuar más allá de Astorga.

No obstante, reacio a soltar su presa, encomendó a los mariscales Soult y Ney la persecución de los escurridizos británicos, encabezando hasta tres divisiones. Por cierto, durante el desfile militar que precedió a su partida se oyeron gritos desesperados de mujeres y niños, procedentes de una casa de campo no demasiado alejada de las murallas. Al abrir las puertas se encontraron alrededor de mil mujeres inglesas con sus hijos, que a causa de la extenuación no habían podido seguir al ejército de Moore, donde estaban encuadrados sus padres y esposos. En aquel momento llevaban casi tres días sin comer otra cosa que cebada. Ablandado por tan lastimero espectáculo, Napoleón ordenó que fuesen llevados a la ciudad y se les repartiesen víveres, asegurando a los ingleses por medio de un parlamentario que, en cuanto lo permitiesen las circunstancias, todos ellos serían enviados junto a sus respectivos familiares. Bonaparte regresó a Valladolid, mientras las desperdigadas tropas británicas proseguían su huída hacia La Coruña. Tal fue su comportamiento en aquella provincia leonesa que iniciaba el año 1809 oliendo a desdicha, que el emperador francés escribió una carta a su hermano José, fechada el 31 de enero, en la que afirma: Los ingleses se lo han llevado todo: bueyes, colchones, mantas, y además han maltratado y apaleado a todo el mundo. No cabe aplicar mejor calmante a España que el auxilio de un ejército inglés».