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s2t2 -(10) La batalla de Cacabelos

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN(10) La batalla de Cacabelos

Dispuesto a destrozar el ejército inglés dirigido por John Moore, Napoleón marchó desde la capital de España en diciembre de 1808 apoyado por un numeroso contingente de tropas. Una vez llegado a Astorga, el emperador francés fue informado por medio de un correo que Austria estaba decidida a romper nuevas hostilidades y salió hacia Valladolid, pero lanzando a los mariscales Soult y Ney detrás de los británicos, que marcaban su línea de retirada con saqueos y pillajes que arrasaron el solar berciano
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

La noche del 31 de diciembre, las divisiones de Fraser, Hope y Baird se encontraban en Bembibre, lugar donde corrió tanto la sangre como el vino. Cuando el grueso de la tropa enfiló el camino hacia Villafranca, quedaron abandonados en calles y bodegas alrededor de 200 borrachos y 500 rezagados. Testigos presenciales afirmaron que las puertas y ventanas de las viviendas estaban destrozadas y las cerraduras rotas. También las mujeres y los niños participaron en semejante ordalía de terror y alcohol, pues les escurría el vino de los labios y las narices, como si hubieran sido fusilados. A lo largo de la historia la violencia se ha salido casi siempre con la suya, según pudieron comprobar los atribulados vecinos de Villafranca del Bierzo: La ciudad mostraba las más fuertes escenas de desastre y desolación; partidas de soldados borrachos cometían toda clase de barbaridades; muchas casas estaban en llamas y cierta cantidad del equipaje y suministros militares, para los que no había medio de transporte, se quemaron en la plaza. El ron corría por el suelo; los barriles habían sido abiertos por las calles, y una promiscua chusma bebía y llenaba botellas y cántaros de los regueros. Todas las calles estaban repletas de caballos, mulas y carros.

Al entrar las tropas galas en el desolado Bembibre, los dragones se cebaron en la canalla borracha y descontrolada. La venganza hizo presa en los hombres desperdigados, que cayeron bajo el sable enemigo sin oponer apenas resistencia. Más tarde se incendió el Ayuntamiento con el archivo, la iglesia parroquial y el santuario del Ecce-Homo, acabando por quemar la totalidad de la villa. Las gentes huyeron a la carrera en busca de la seguridad de los montes vecinos, en un intento de poner a salvo su pobres enseres personales antes de que Bembibre se convirtiera, como de hecho ocurrió, en un monumento al horror supremo.

A golpe de fusta El día 2 de enero de 1809, Moore concentró a las tropas en Cacabelos para arengarlas con dureza, abochornado por la conducta de sus hombres: Si el enemigo tomó ya Bembibre, como creo, logró un extraño botín: ha tomado o destrozado muchos cientos de ingleses cobardes y borrachos, pues nadie sino los malvados cobardes borrachos se emborracharían en presencia o ante las mismas narices de los enemigos del pueblo. Y, antes que sobrevivir a tan infame conducta, espero que la primera bala de cañón disparada por el enemigo me pegue en la cabeza.

De poco sirvieron sus inflamadas palabras, pues aquella misma noche se expoliaron diversas viviendas del pueblo, provocando que un tribunal militar de urgencia juzgase a los responsables. Dictada la correspondiente pena de culpabilidad, los revoltosos fueron atados y recibieron, en sus desnudas espaldas, una serie de terribles golpes de fusta. El imponente general Edward Paget supervisaba la escena, ambientada tétricamente por el redoble de tambores que marcaba el ritmo de los latigazos. Posteriormente fueron juzgados dos soldados que habían robado un jamón, cometiendo un delito de saqueo que se castigó con la pena de muerte. La pareja fue llevada al árbol más cercano y, cuando estaba a punto de consumarse la ejecución, llegó al galope un oficial, anunciando que el enemigo estaba a punto de irrumpir en la villa. Paget acabaría por perdonar a los reos, tras su promesa de reformarse.

No era momento para castigos ni ejecuciones, así que el ejército de Moore se aprestó a la defensa, colocando en el castro de Bergidum 2.500 fusileros y una batería de 6 cañones. Otros soldados se distribuyeron entre los viñedos, detrás de los árboles y en los alrededores de las Angustias. Hacia la una de la tarde apareció por fin la vanguardia gala, después de tomar Ponferrada sin disparar un solo tiro. El contingente de ingleses que ejercía labores de vigilancia cruzó el puente sobre el Cúa y se desplegó por la margen derecha en orden de batalla. Ante ellos se plantó el joven y fogoso general Auguste Colbert, a quien el mariscal Soult había ordenado atacar sin esperar más refuerzos. En medio de una tremenda confusión, los dragones cargaron sobre grupos de rezagados que pretendían cruzar el paso, capturando a 50 fusileros. No obstante, una granizada de balas frenó en seco la acometida francesa, propiciando un momento de duda sobre el mejor punto para continuar el ataque.

Muere Colbert Colbert y sus hombres retrocedieron unos pasos para reagruparse, mientras el general acariciaba a una perrita de aguas que le acompañaba habitualmente en sus campañas. Según el escritor Enrique Gil y Carrasco, muy cercano a dichos acontecimientos, el apuesto militar francés caracoleaba sobre su corcel, a pecho descubierto y sin ocultarse del enemigo, animando a la tropa y repartiendo órdenes. Mientras tanto, los fusileros de Moore ascendieron el puente y se apostaron en él, seguidos a caballo por los húsares. Desafiando el peligro, Colbert inició otra embestida con los dragones dispuestos en columnas de a cuatro. Aunque muchos son batidos logran atravesar el puente, pero los disparos cruzados les impiden seguir hasta el castro. Un certero balazo acaba entonces con la vida de Colbert, alcanzado por un tiro en la frente. La orden del día adjudica semejante hazaña, realizada desde unos 140 metros de distancia, al escocés Tom Plunket, soldado del 95º. Junto al general también cayó su ayudante, Latour-Maubourgh, que falleció finalmente en Villafranca. El cronista Napier escribió el siguiente epitafio sobre Colbert: Su delicada y marcial figura, su voz, sus ademanes y, sobre todo, su atrevido valor, habían despertado la admiración de los ingleses, y hubo una pena general cuando el intrépido soldado cayó. La muerte de Colbert exasperó a los suyos, que sumidos en un torbellino de ruido y furia cargaron una y otra vez contra sus bien atrincherados rivales. Así continuaron durante toda la tarde, mientras la carretera quedaba obstruida por los cadáveres. Cuando la luz del atardecer se desvanecía, a eso de las cinco, aún se trabaron nuevamente en una lucha cuerpo a cuerpo entre los jinetes galos y los Casacas Verdes británicos. Casi de noche cesaba por fin la batalla de Cacabelos del día 2 de enero de 1809, cuya victoria fue reclamada por ambos bandos. Sobre el campo quedaron 200 o 300 muertos correspondientes a cada una de las naciones enfrentadas, un número de bajas similar que certifica lo ajustado del combate. Los franceses conquistaron Cacabelos, efectivamente, pero los ingleses lograron proteger con ventaja su retirada. Concluida, por cierto, con la trágica muerte de John Moore en La Coruña, donde aún permanece enterrado. En cuanto al número de combatientes, los distintos autores no acaban de ponerse de acuerdo en las cifras. Mientras Thiers habla de 3.000 hombres de a pie, 600 de a caballo y muchos artilleros, Napoleón estima la retaguardia inglesa en 5.000 infantes y 600 jinetes. En una carta escrita desde Benavente un día más tarde, el emperador no otorga demasiada importancia al enfrentamiento, calificándolo de petit combat .

Recreación histórica

La sangrienta epopeya desarrollada a orillas del Cúa impresionó vivamente a las gentes de Cacabelos, que desde la lejanía contemplaron el desarrollo de la batalla y la muerte del joven general Colbert. Pese al extraordinario odio que se habían ganado a pulso los intrusos galos, enemigos acérrimos de la Religión y de todo lo sagrado, un sentimiento de piedad hacia los caídos inspiró letrillas como la recogida en Villafranca del Bierzo:

En España se quedaron

sin volver a sus hogares

muchos miles de franceses. ¡Cómo llorarán sus madres!

Gracias a la iniciativa conjunta de la villa de Cacabelos y del Centro de Iniciativas Turísticas Ribera del Cúa, en el mes de septiembre del año 2000 se llevó a efecto la I Recreación Histórica de la Batalla. En tan colorido y emotivo acto intervinieron hombres y mujeres del pueblo que representaban, debidamente ataviados a la usanza de la época, al ejército de Tiradores del Bierzo, unidad que realmente no llegó a tomar parte en el combate. Se trataba, en definitiva, de festejar la histórica efemérides instituyendo una tropa que se engrosó con la presencia de las damas españolas y los campesinos del lugar. A su lado, se contó con la presencia de grupos llegados de toda Europa para simular los bandos inglés y francés enfrentados a sangre y fuego el 2 de enero de 1809. Entre ellos, los Royal Green Jackets , la Asociación Rusa de Historia Militar, The Corunna Society, el 4º Regimiento del Real Cuerpo de Artillería y los Chasseurs â Cheval de la Garde . De una u otra forma, el pasado siempre forma parte del presente. Y aquella primera edición de un espectáculo que trata de recuperar la memoria de este episodio fundamental en el periplo histórico de Cacabelos, ha tenido continuidad en ediciones posteriores dada la gran acogida tributada por el público asistente. Con motivo de la I Recreación de la Batalla, y aprovechando la presencia de destacadas asociaciones dedicadas al estudio de los logros y la figura del emperador Bonaparte, se creó la Asociación Napoleónica Española.
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s2t2 -(9) Bonaparte duerme en Astorga

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN(9) Bonaparte duerme en Astorga
Los desgarros del conflicto entre españoles y franceses se cernían nuevamente sobre León en el mes de diciembre de 1808, cuando el día 22 apareció en nuestra ciudad el primer periódico con vocación de informar sobre los hechos de actualidad. Se titulaba El Manifiesto de León y su redactor era el coronel Luis de Sosa, cuyo objetivo primordial consistía en dar noticias sobre las operaciones del ejército enemigo y de los aliados ingleses, aunque también incluía reflexiones políticas y consignas patrióticas
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

En opinión de Carmelo Lucas del Ser, este impreso de cuatro hojas y pequeño formato tenía como finalidad contrarrestar la propaganda de los gaceteros del bando afrancesado y sostener el ánimo de la población. Lamentablemente, sólo apareció el citado número correspondiente al 22 de diciembre, pues la llegada de los franceses abortó la feliz iniciativa de Luis de Sosa, hombre culto y amante de las artes y las letras, como prueba la extensa biblioteca que poseía.

Lanzado Napoleón Bonaparte en persecución de las tropas inglesas del general Moore, nuestros aliados huían a la carrera en dirección al puerto de La Coruña, donde esperaban encontrar la salvación al embarcar en los barcos de su flota. Las infinitas calamidades padecidas por el camino aflojaron hasta tal punto las ordenanzas, que los soldados se entregaron a brutales actos de indisciplina que cubrieron de ignominia al ejército de Gran Bretaña. Al conocerse en la ciudad que el día 29 de diciembre el general Franceschi, comandante de la vanguardia de Soult, había aparecido de improviso en Mansilla, el marqués de la Romana, jefe del Ejército de la Izquierda, salió de la capital para «evitar las violencias del enemigo» y cubrir, con sus tropas, la entrada del Reino de Galicia.

También puso pies en polvorosa la Junta de Gobierno, que después de coger en Astorga los caudales de la Real Hacienda pasaría al Principado de Asturias. Muchos de los vecinos huyeron a los montes vecinos antes de que Franceschi entrase en León el 30 de diciembre de 1808, encontrándose con gran número de enfermos y heridos abandonados a su suerte por el marqués de la Romana, y detrás llegó el general Soult con el grueso de las tropas, un total de veinte y tantos mil hombres.

Llora la Virgen

A pesar de la brevedad de su estancia, pues el ejército francés partió el día 1 de enero de 1809 dejando en la capital una pequeña guarnición, la rapiña espiritual y material perpetrada por las tropas de Soult sería recordada largo tiempo. El convento de Santo Domingo se quemó «casualmente», el de San Marcos fue ocupado y saqueado y el de San Isidoro sufrió todo tipo de afrentas. En la iglesia se deshizo el cuerpo del santo titular, además de revolverse todos los sepulcros de los reyes leoneses. Divisa de barbarie que se extendió al beaterio de Santa Catalina y al monasterio de San Claudio, mientras que del Hospicio se sacaron muebles y géneros para su uso. Tremendos excesos merecedores de la condena divina.

Lágrimas llora de piedra

Nuestra Señora del Dado

por la custodia de plata que los franceses robaron. Presintiendo cercana la presencia de las tropas ingleses, los franceses se abalanzaron como lobos hambrientos detrás de la coalición de aliados, en una persecución que puso a prueba la resistencia de los hombres de Napoleón. Así lo refleja el relato escrito por el barón de Marbot, oficial de órdenes del mariscal Lannes: No recuerdo ninguna marcha tan penosa; una lluvia glacial empapaba nuestros vestidos, hombres y caballos se hundían en el lodazal, no se adelantaba, sino a costa de inauditos esfuerzos, y como quiera que los ingleses habían destruido todos los puentes, los soldados de infantería tuvieron que desnudarse cinco o seis veces, ponerse las armas y efectos sobre las cabezas, y pasar enteramente desnudos los riachuelos que cortan aquel camino. ¡Yo vi a tres granaderos de la Guardia que en la imposibilidad absoluta de seguir adelante, y temerosos sin duda de ser atormentados y sacrificados por los paisanos, si se quedaban rezagados, se saltaron la tapa de los sesos con sus mismos fusiles! Una de las noches más sombrías, y lloviendo siempre, vino a subir de punto los sufrimientos de las tropas. Los soldados extenuados se tumbaron a entrambos lados del camino, sobre el cieno. Un gran número se guareció en La Bañeza, y únicamente llegaron a Astorga las cabezas de los regimientos; el resto se quedó en el camino.

Pillaje y embriaguez El día 30 de diciembre, el general Moore y el marqués de la Romana coincidieron en Astorga, cruzándose un fuerte intercambio de opiniones sobre los pasos a seguir. Mientras el militar inglés sólo veía la salvación en llevar a sus tropas hasta La Coruña, donde serían embarcadas, el general español optaba por defender la entrada al Bierzo de forma conjunta, única forma posible de hacer frente a Napoleón. No ayudó a la concordia entre uno y otro los brutales excesos perpetrados por los británicos durante la retirada, episodios de pillaje y borracheras que se iniciaron en la localidad de Valderas: Por la tarde atravesamos un pueblo maragato, de considerable tamaño, que había sido completamente calcinado por el fuego. Sus maltrechos habitantes estaban sentados entre los efectos que habían podido salvar de las llamas, contemplando las ruinas de sus casas en un silencio desesperado. Los cuerpos de los muchos españoles muertos de hambre, por enfermedad, o por los rigores del clima, yacían desperdigados, y daban al conjunto un aspecto dantesco. El pueblo había sido incendiado por algún regimiento de nuestra infantería, y apenas pasaba una hora sin que presenciáramos la más absoluta miseria causada por los excesos de nuestras tropas, algo imposible de prevenir. Los soldados que continuamente se rezagaban en los pueblos cercanos a la carretera, tras dedicarse al pillaje, generalmente prendían fuego a las casas; y si descubrían los lugares donde se escondía el vino, bebían hasta no tenerse en pie, viéndose incapaces para alcanzar las columnas, o morían entre las llamas que ellos mismos habían provocado. No sorprende que estas conductas excitaran los ánimos de los naturales a detestar a los británicos, llevándoles a pagarles a la menor oportunidad, asesinando o maltratando a los soldados rezagados y dispersos. Semejantes brutalidades provocaron una psicosis de pánico entre los vecinos, que ni siquiera tenían claro si sus enemigos eran los franceses o los ingleses. Un desconcierto causante de anécdotas como la referida por el capitán Gordon, del 15º de Húsares: Uno de los muleros fue traído a presencia del coronel Grant, y nos proporcionó un buen rato. Creyendo que había caído en manos francesas, mostró signos de gran terror, cayó sobre sus rodillas e imploró nuestra misericordia por la salvaguarda de su mujer y sus tres hijos; luego besó la tierra y gritó: «¡Viva el señor Napoleón!». Cuando nos cansamos de reír, lo pusimos en libertad sin sacarle de su error.

Napoleón se apiada

El día primero de 1809, Napoleón Bonaparte en persona entraba en la asolada capital maragata, siendo plenamente consciente de que había fracasado en su intento de interceptar a los ingleses antes de que alcanzasen los puertos montañosos que eran pórtico de Galicia. En Astorga se concentraron los diferentes cuerpos del ejército francés, sumando un contingente de sesenta o setenta mil hombres, a quienes pasó revista su malhumorado emperador. El suicidio de algunos soldados de la Guardia, además de la fuga de Moore, ensombrecieron su ánimo, tal como pudo constatar el obispo astorgano, en cuyo palacio se alojó y a quien trató con no poca rudeza. Mayor miramiento tuvo para con sus hombres, pues a pesar de la lluvia y el espantoso frío, recorrió una por una las casas donde se cobijaban los soldados, repartiendo elogios y halagos que pretendían elevar la escasa moral de la tropa. Estando en Astorga, Napoleón recibió un correo de Francia remitido por el ministro del Estado, informándole que los dignatarios austriacos se disponían a romper hostilidades nuevamente, lo que precipitó su decisión de no continuar más allá de Astorga.

No obstante, reacio a soltar su presa, encomendó a los mariscales Soult y Ney la persecución de los escurridizos británicos, encabezando hasta tres divisiones. Por cierto, durante el desfile militar que precedió a su partida se oyeron gritos desesperados de mujeres y niños, procedentes de una casa de campo no demasiado alejada de las murallas. Al abrir las puertas se encontraron alrededor de mil mujeres inglesas con sus hijos, que a causa de la extenuación no habían podido seguir al ejército de Moore, donde estaban encuadrados sus padres y esposos. En aquel momento llevaban casi tres días sin comer otra cosa que cebada. Ablandado por tan lastimero espectáculo, Napoleón ordenó que fuesen llevados a la ciudad y se les repartiesen víveres, asegurando a los ingleses por medio de un parlamentario que, en cuanto lo permitiesen las circunstancias, todos ellos serían enviados junto a sus respectivos familiares. Bonaparte regresó a Valladolid, mientras las desperdigadas tropas británicas proseguían su huída hacia La Coruña. Tal fue su comportamiento en aquella provincia leonesa que iniciaba el año 1809 oliendo a desdicha, que el emperador francés escribió una carta a su hermano José, fechada el 31 de enero, en la que afirma: Los ingleses se lo han llevado todo: bueyes, colchones, mantas, y además han maltratado y apaleado a todo el mundo. No cabe aplicar mejor calmante a España que el auxilio de un ejército inglés».
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s2t2 -(8) Napoleón en España

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN
Después de la inopinada victoria española en Bailén, acontecimiento incluido con todo merecimiento en el recuadro de honor del almanaque patrio, se produjo una reacción en cadena que precipitaría la salida de los franceses de nuestra capital a comienzos de agosto de 1808
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

Según cuenta Honorato García Luengo en su monografía histórica León y su provincia en la Guerra de la Independencia Española , premiada en el concurso literario celebrado en 1908 con motivo del primer centenario de tan señalado acontecimiento, durante la estancia de los galos en nuestra ciudad tuvieron lugar algunas refriegas con partidas de insurgentes llegadas desde las montañas de Santander, a las que se sumaron grupos incluidos en el Ejército de Galicia. Al parecer, trataron de sorprender a las tropas francesas acantonadas en la llamada Fábrica Vieja, con la finalidad de apoderarse del armamento que allí se guardaba. Fueron varios los leoneses, sigue refiriendo García Luengo, que en su afán por liberarse del yugo napoleónico se unieron a las partidas, llevando víveres para el comandante Antonio Ibáñez y sus esforzados granaderos.

Tras la precipitada marcha del mariscal Bessières, las tropas españolas del marqués de Portago entraron en León los días 3 y 4 de agosto, seguidas posteriormente por todo el Ejército de Galicia. Para darles la bienvenida y celebrar el triunfo en Bailén, se engalanaron las casas y se hicieron festejos e iluminarias, coreándose enfervorizados cantares plenos de ardor patriótico:

Viva nuestra España,

perezca el francés,

muera Bonaparte y el duque de Berg. La primera medida de Portago fue retirar la enseña colocada por Bessières en una de las torres de la Catedral, además de borrar de las actas municipales todas las expresiones de obediencia y reconocimientos hechos a José Bonaparte por el duque de Istria, cuya memoria no debe de modo alguno conservarse, y menos la de todo lo obrado a su nombre y del intruso José Napoleón . En la tarde del 5 de agosto se juró nuevamente fidelidad al depuesto Fernando VII, al tiempo que se cesaba en su cargo el corregidor Alejandro Alonso Reyes, impuesto por los galos, y no porque no estuviese muy satisfecho de su buena conducta, patriotismo y desempeño, especial mérito y demás circunstancias que le hacían acreedor a este empleo, sino por haber sido electo por el mariscal Bessières . En su sustitución fue nombrado Francisco Taboada, coronel del Regimiento Provincial de Santiago, que también hubo de abandonar su puesto el 15 de septiembre por salir de campaña con su regimiento, relevado a su vez por Mauricio Cabañas, cuyo nombramiento había sido otorgado por Carlos IV y ratificado por su hijo don Fernando.

La junta suprema

Mientras tanto, diversos reveses militares seguían golpeando a las tropas francesas. A mediados de agosto, la victoria del general inglés Wellesley sobre Junot, jefe del gobierno en nombre de Napoleón, acabó con el dominio galo en la vecina Portugal. Y aquí en nuestros confines provinciales, los preparativos bélicos trajeron hasta la capital, a finales del mismo mes, al general Blake con 23.000 hombres. Llegaba desde Astorga y se dirigía a Reinosa, donde pensaba establecer su cuartel general. En León coincidió con la deprimida tropa del marqués de la Romana, compuesta por 16.000 hombres que presentaban un grado deplorable de armamento y equipación. A todo esto, el vacío de poder causado por la ausencia de los miembros de la Junta Superior, recluidos en Ponferrada desde el mes de julio, quedaba compensado el 7 de septiembres con la formación de la llamada Junta Suprema de León, compuesta entre otros por Rafael Daniel, Antonio Valdés y Jacinto Lorenzana. El bailio Valdés y el vizconde de Quintanilla fueron precisamente los enviados por la provincia a la reunión de la Junta Central, que trataba de aglutinar todos los esfuerzos patrios con el objetivo de expulsar a los franceses del territorio nacional.

Con la intención de zanjar de una vez por todas la difícil situación creada en España, el mismo Napoleón Bonaparte cruzó el 4 de noviembre el Bidasoa para dirigirse a Vitoria con una escolta de la guardia imperial. La presencia del «rayo de la guerra», tal como se apodaba al corso, pronto se hizo notar. En Espinosa de los Monteros, el ejército francés derrotó con contundencia a Joaquín Blake, que perdió a sus mejores jefes y debió emprender una accidentada huída por zonas montañosas que le trajo finalmente hasta León, donde pasó los 16.000 hombres supervivientes a manos del marqués de la Romana, hecho acaecido el 24 de noviembre. Napoleón siguió su marcha triunfal con sucesivas victorias en Burgos, Tudela y Somosierra, donde los lanceros polacos protagonizaron una carga memorable que desarboló a los nuestros, dejando vía libre a la capital.

El día 2 de diciembre Bonaparte entraba en Madrid, alojándose en casa del duque del Infantado. Sin dormirse en los laureles tan brillantemente logrados, Napoleón puso sus ojos en la zona norte del país y trazó un plan para derrotar al potente contingente de tropas que Inglaterra había mandado a España. Al frente de 60.000 hombres partió de Madrid y en una gélida noche, con trece grados bajo cero, cruzó el Guadarrama y se lanzó en persecución del general Moore, que iniciaba la retirada hacia La Coruña en un intento de embarcar a sus hombres en los barcos británicos fondeados en la capital gallega.

Calamidades sin cuento La retirada de Moore, perseguido a uña de caballo por el ejército más formidable de la época, se convertirá en una estela de desastres y privaciones, tal como recogen los diarios escritos por algunos de los protagonistas. El soldado James Gunn, integrado en el 42º Regimiento de Infantería de Escocia, los famosos «Black Watch», refleja un rosario de calamidades sin cuento: Reanudamos la marcha de madrugada por una mala y nevada carretera para nuestra comodidad. Llegamos a un río todavía más formidable que el que habíamos cruzado - el Esla, en Valencia de Don Juan -. Cuando llegamos a la orilla, se nos ordenó quitarnos nuestras faldas y cartucheras y doblarlas y colocarlas encima de nuestras mochilas sobre nuestras cabezas, no se podía dudar a la hora de mantener seca nuestra pólvora. Esta precaución probó ser necesaria. No disponiendo ahora sino de un solo par de botas, resolví cuidarlas, por lo que me las quité para tenerlas secas cuando alcanzara la orilla. Sin embargo, mi celo estuvo a punto de resultarme fatal. Flotaban trozos de hielo corriente abajo y el agua estaba tan fría que de no haber sido por un generoso dragón que vadeaba el río con nosotros, seguramente hubiera sido arrastrado por la corriente. Pero pude llegar a tierra a salvo y disfruté del premio de mis cuidados, sintiéndome muy cómodo al calzarme mis botas secas. La diplomacia del dolor no afectaba tan sólo a la tropa, pues también las mujeres y los niños que la acompañaban se vieron atrapados en una ratonera de odio y sangre: Un rumor extendido, acerca de que los franceses masacraban a todos los prisioneros que caían en sus manos, ocasionó un terror adicional y gran confusión entre los enfermos: las mujeres y los niños, para muchos de los cuales no había transporte, siéndoles imposibles seguir el paso de las tropas, fueron abandonados a su destino. Los lamentos y gritos de estos desafortunados, implorando ayuda, que era imposible prestarles, eran verdaderamente dolorosos, quizás nunca presencié una situación tan a propósito para excitar compasión y ternura, como la que aconteció; una pobre mujer, esposa de un soldado perteneciente a un regimiento escocés, exhausta por el hambre y la fatiga, había caído sin vida en la carretera con dos niños en sus brazos; y allí permanecían; cuando llegué a su altura, uno de los inocentes pequeños todavía se esforzaba por extraer el alimento del pecho de su madre que la naturaleza ya no le podía aportar.

Pánico en León

Antes de que se precipitasen tan tremendos acontecimientos, la capital leonesa se había sumido en un estado de pánico debido a las noticias -infundadas casi siempre- sobre el inminente regreso de los ejércitos franceses. Patrocinio García recoge en sus libros la exposición realizada por Félix González Mérida ante la Junta de Gobierno, el día 15 de noviembre de 1808, comunicando la novedad difundida por varios desertores, en el sentido de que los gabachos habían ocupado tanto Burgos como Palencia. La Junta reaccionó de inmediato, expidiendo una orden para la recogida de los alistados. Al día siguiente, Luis de Sosa insiste en lo crítico de la situación, aunque confiesa carecer de «noticias positivas de oficio». Las autoridades ordenaron poner guardia de día y de noche en cada puerta, auxiliada por dos individuos de instrucción y prudencia, turnándose el vecindario sin distinción alguna, y así se vele siempre la entrada de cualquier persona, se indague la causa de dicha entrada y todo lo demás que conduzca a evitar cualquier espía del que pudieran valerse los enemigos . Hacia finales de noviembre se conoció que unidades galas se paseaban tranquilamente por localidades como Mayorga, lo que ocasionaría una petición a Joaquín Blake, que se hallaba en Astorga, para que viniera a socorrer la indefensa capital. El tira y afloja se prolongó hasta finales de 1808, cuando la amenaza francesa adquirió tintes cada vez más verosímiles. Lo que nadie se imaginaba entonces es que la silueta del mítico Napoleón Bonaparte pronto iba a recortarse sobre el horizonte de la provincia leonesa.
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s2t2 -(7) Llegan los franceses

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN(7) Llegan los franceses MAÑANA Napoleón en España
Después de la contundente derrota de los patriotas españoles en la batalla de Rioseco, el 14 de julio de 1808, el pueblo leonés comprendió muy a su pesar que la cotización de la vida ajena estaba en caída libre. El general Cuesta buscó refugio en nuestra capital, adonde comenzaron a llegar pelotones de soldados que habían sobrevivido a la acción. Venían descalzos y hambrientos, amenazando con quemar la ciudad si no se les socorría
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

Además, contaban horrores sobre lo vivido en Medina de Rioseco, relatos que hablaban de la barbarie ciega desatada por las tropas de Napoleón. No exageraban lo más mínimo, pues contamos con el testimonio de Juan Álvarez Guerra, testigo del acontecimiento, que narra así el saqueo y la masacre perpetrada en la indefensa villa castellana: La desgracia verdadera fue la que siguió a la acción. Los habitantes de Rioseco, que desde las ventanas observaban la batalla, cuando vieron que los enemigos cedían, y que los nuestros iban persiguiéndolos, comenzaron a repicar las campanas, a tirar cohetes y a cantar victoria, y por esto la primera noticia que se esparció en Castilla fue de haber sido derrotados los franceses. Rabiosos estos borrachos y frenéticos, entraron en el pueblo, cometiendo mil horrores, ravagez, brulez, pillez, et tuez tout le monde (destrozad, quemad, saquead y matad a todo el mundo) es la orden que tenían estos bárbaros del tigre feroz, del oprobio de la especie humana, del emperador de los franceses. No hay plumas ni palabras con que pintar la desolación de aquel día. El enemigo entró en la población tocando a degüello, matando cuanto encontraban: hombres, mujeres, niños y animales. ¡Qué confusión! Clérigos, monjas y frailes y toda clase de gentes huyendo de la muerte, que hallaban entre las espadas, bayonetas y balas, que llovían por todas partes. La ferocidad con que se emplearon los galos aún estremece, a pesar de los doscientos años transcurridos: Cansados de matar, se entregaron al saqueo por espacio de 26 horas, y no hubo casa grande ni chica, convento, iglesia, ermita, ni caserío, cuyas puertas no rompiesen con hachas o a balazos, robando todo y destrozando lo que no querían. Las imágenes acuchilladas y despedazadas: los copones y las custodias eran el cebo de su ambición. Apenas hubo mujer que se librase de su desenfreno, ni marido, padre, hermano o vecino que no tuviese que presenciarlo y sufrirlo. A algunas las sacaron después y las llevaban en carnes por las calles. ¿Y son estos los que nos prometen conservar nuestra Santa Religión?

¡No, bárbaros! La especie humana está más interesada en vuestra destrucción que en la de los animales carniceros. Nuestra seguridad y la sangre de nuestros hermanos exigen medidas cada vez más activas y más enérgicas. No conocéis a los españoles: hemos jurado vencer o morir, y vuestras crueldades no hacen más que irritarnos, y llamar sobre vuestras cabezas el castigo y la venganza. La generosidad española lo ha repugnado; pero vosotros nos forzaréis a publicar los dos siguientes decretos: 1º Muerte a todo francés que pise nuestro suelo. 2ª Todo buen español esté obligado a un hecho, por donde no espere perdón si cae en poder de los franceses. Si hay algún cobarde que no se atreva a manifestarse, yo soy el primero a darle ejemplo, proponiendo los dos decretos anteriores.

Templos y propiedades

Ante la proximidad del enemigo, casi a las puertas de León, la Junta decidió abandonar la ciudad en caso de que el capitán general no pudiera defenderla. Y así ocurrió el día 18 de julio, partiendo tanto la Junta, a excepción de cuatro de sus miembros, como el ejército de Gregorio Cuesta. Al día siguiente la ciudad estaba prácticamente desierta, salvo unas cuentas mujeres y niños y un puñado de hombres. Hacia los días 20 o 21 las tropas galas ya estaban en Valencia de Don Juan, apenas a cuatro leguas de nuestra indefensa capital, así que la agobiada vecindad suplicó al obispo, Pedro Luis Blanco, que solicitase la capitulación a los franceses. No obstante, aún era posible que pasaran de largo, por lo que se apostaron dos «vecinos honrados» en los caminos por los que podrían acercarse, para que comunicasen sus movimientos con cierto tiempo de anticipación. No hizo falta esperar mucho, pues el párroco de Palanquinos remitió un escrito comunicando que tenía ante su vista la avanzadilla del ejército francés, extremo confirmado por uno de los vigías. Sin esperar a más, Josef Azcárate y Pedro Álvarez partieron hacia Mansilla, donde ya se encontraba el mariscal Bessières, con una carta credencial del obispo de León.

El general en jefe del ejército galo los recibió con cordialidad, a la que respondieron los emisarios dirigiéndose a Bessières en su idioma francés. El obispo, en su escrito, le ofrecía alojamiento en su palacio, caso de que se dignase pasar por León, solicitando que, si así fuese, hiciera observar a sus hombres disciplina y respeto a los templos, a los sacerdotes, a las personas y a sus propiedades. Consintió el mariscal en no castigar a León, gracia de la que quedaban excluidos los miembros de la Junta y los patriotas más destacados, exigiendo a cambio que se quemasen todas las armas recogidas en los almacenes de la capital. Así se convino, regresando a León nuestros representantes con una proclama de Bessières en la que, además de garantizar el respeto a los templos y las propiedades particulares, proponía que las gentes volviesen a sus domicilios y respectivas ocupaciones.

Fidelidad a José I

De forma sorprendente, las tropas gala se retiraron hacia Astorga y no fue hasta el día 26 de julio cuando los franceses entraron como pacíficos conquistadores en la capital. Las raíces del León más señero se crisparon ante la insultante presencia en nuestro solar familiar de las tropas del mariscal Bessières, duque de Istria y hombre de absoluta confianza de Napoleón Bonaparte. Para empeorar aún más la situación, su hermano José Bonaparte ya había sido coronado rey de España, formando un gobierno en el que figuraban personajes de tanto relieve como Mariano Luis de Urquijo o el conde de Cabarrús. Gaspar Melchor de Jovellanos, propuesto para ministro del Interior, no aceptó el cargo. El caso es que José I tomó posesión del Palacio Real, recibiendo una fría y burlona acogida por parte del pueblo de Madrid:

Anda, salero,

no reinará en España José Primero.

Haciendo de tripas corazón, lo más escogido de la jerarquía eclesiástica local salió a recibir al general Bessières. Iba el obispo en su coche, acompañado por el deán y por Rafael Daniel, arcediano de Valderas y una figura muy representativa en la capital. Llegado a León para ser secretario del obispo Cuadrillero, cuya memoria está ligada al Hospicio que fundó, era Daniel inquisidor general y aficionado al trato con amigos laicos más que eclesiásticos, pues con ellos mantuvo agrias relaciones reflejadas en cartas y documentos que aún se conservan. Apenas tres días más tarde, los invasores nombraron nuevas autoridades afines a su causa, elegidas entre los afrancesados que también había en León. Alejandro Reyero Castañón recibió el cargo de corregidor, mientras que Antonio Gómez de la Torre fue reconocido como intendente interino. Ambos juraron fidelidad al nuevo monarca, siguiendo las instrucciones dictadas por Bessières.

San Isidoro, cuartel general

Para mayor vergüenza, los soldados franceses buscaron alojamiento en distintas viviendas de la capital, distribuyendo sus pertrechos y camas de campaña en lo que antes eran honrados hogares, situación que pretendían perpetuar hasta el final de un conflicto que consideraban ganado de antemano. Igualmente, estudiaron la posibilidad de reducir de doce a cuatro el número de parroquias que prestasen servicios religiosos. Todo ello con el propósito de transformar a la chusma de aldeanos embrutecidos e ignorantes, según consideraban a los leoneses de la época, en hombres ilustrados y racionales. Se trataba, desde su óptica, de la batalla definitiva entre la civilización y la barbarie. Otra batalla, en este caso la de Bailén, pareció cambiar los vientos de la fortuna, además de trastocar definitivamente los planes galos durante el verano de 1808, pues tras la derrota en tierras andaluzas el ejército francés salió de León a la carrera el 1 de agosto y levantó su campamento en el Órbigo el día 3, para partir precipitadamente hacia Burgos.

Todas las cancillerías del viejo continente se hicieron eco de la insólita victoria obtenida por unas tropas poco equipadas y mal pertrechadas, integradas en su gran mayoría por paisanos armados con enseres caseros, sobre el mejor ejército de Europa. El general francés Dupont, encargado de reprimir el alzamiento en Andalucía y máximo responsable del saqueo de Córdoba el 7 de julio, se encontró el 19 del mismo mes y bajo un sol abrasador que hizo estragos en sus filas, frente a las fuerzas españolas mandadas por Castaños y Reding. Los franceses sufrieron tantas pérdidas que se vieron forzados a aceptar la derrota, solicitando que se les permitiera la retirada de sus abatidas tropas a Madrid, petición rechazada por el general Castaños. La noticia causó enorme conmoción en la corte, provocando la salida de los 22.000 hombres que estaban de guarnición en Madrid, acompañados por todos los enfermos que pudieron seguirles y el propio José I. El gran triunfo de Bailén supuso un rayo de esperanza para la vieja y cuarteada piel de toro, consciente de la que única lucha que se pierde es la que se abandona.
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s2t2 -(6) La Junta Superior del Reino

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN
Finalizando el mes de mayo de 1808, y una vez se hizo patente que España estaba políticamente inerme, quedó establecida en el Palacio Episcopal la Junta Superior del Reino de León, organismo de carácter patriótico encargado de asumir todos los mecanismos del poder y contener los violentos impulsos de un pueblo decidido a defender su tradicional «manera de ser», forjada a lo largo de milenios
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

La labor de la Junta durante los primeros y frenéticos días resultaría abrumadora: se repararon puertas y murallas, donde quedaron establecidos centinelas y rondas, además de proceder a la requisa de todo tipo de armas. Igualmente se enviaron vigías a Sahagún, Mansilla y otras carreteras, encomendándose su vigilancia, entre otros, a los abades de los frailes Benitos y Franciscanos en San Pedro de Eslonza y Santa María de Sandoval. A efectos económicos, se ordenó la requisa de trigo a los conventos, que también debían entregar su dinero y la plata que no necesitasen para el culto. En el cenobio de San Francisco se estableció un hospital de sangre para futuras contingencias, mientras que en San Marcos y San Isidoro se improvisaron sendos cuarteles. Los preparativos bélicos acrecentaron la sensación de angustia entre los ciudadanos, propiciando un torrente de furor público mencionado por el capitán general Cuesta en un escrito que remite a la Junta Superior: parece conveniente ceder a su fuerza, adoptando medidas y providencias para dirigir su impulso, de manera que sea menos funesto . La llegada de ochocientos hombres armados enviados por la Junta de Asturias alivió un tanto la tensión, pero de todas formas la Junta Suprema de León procedió, a partir del 1 de junio, al alistamiento de los varones que habrían de combatir a los gabachos. En el reglamento enviado a las autoridades locales en la provincia se incluyen requisitos como los siguientes: el padre que tuviera dos hijos útiles para la campaña, podría reservar uno para quedarse en el hogar familiar, aunque se admitirían voluntarios como prueba de su celo y patriotismo; asimismo, los justicias debían requisar y presentar todos los caballos con sus arreos pertenecientes tanto al clero como a los particulares, salvo los que eran propiedad de arrieros o sirvieran en las Paradas de Postas.

Cae Santander Así se lograron reclutar 8.000 hombres, divididos en diez Divisiones de entre 600 y 800 plazas. Durante el proceso de adiestramiento, dirigido por los militares Tomás Sánchez, Josef Antonio Zappino, Josef Baca e Isidoro Casado, se cometieron diversas irregularidades, según constatan testigos como Juan Posse, párroco de San Andrés del Rabanedo: Muy pronto comenzaron a ejercer actos de soberanía, mandando alistar los mozos, indiferentemente, en toda la provincia, sin atender a su talla e hidalguía. Nombraron oficiales a su gusto, sin atender si tenían luces y conocimientos necesarios, colocándolos según sus empleos o amistades . De forma paralela, se procedió a reunir todo el armamento para repartirlo posteriormente entre la tropa. Un proceso que causaría otro problema añadido a la Junta Superior, que ya había incautado en León 2.000 escopetas y 8.000 pistolas. Desde Asturias se enviaron distintos pertrechos de guerra, que fueron recogidos en el puerto de Pajares y traídos en carros a la capital. El pueblo recibió con alborozo a la reata de carruajes, pero al comprobar las municiones se vio que no correspondían con el calibre de las armas que había en León, lo que produjo un nuevo escándalo ante la Casa Consistorial. Tal cúmulo de circunstancias negativas, sumado a los rumores sobre la cercanía de los franceses, hizo que aumentara la desconfianza del pueblo leonés hacia sus autoridades, zanjada en un primer momento con el nombramiento de Manuel Castañón como comandante general y gobernador militar de León, además de organizar una guardia de 120 hombres para el servicio de la Junta. En la tarde del día 6 de junio corrió la especie de que 6.000 franceses se acercaban desde Palencia, algo que resultaría falso, aunque desgraciadamente no lo era la noticia de que las tropas enemigas entraron en Santander el día 23 de junio, novedad difundida por un espía que la Junta tenía apostado en las montañas de Reinosa. El bailío don Antonio Valdés, antiguo secretario de Marina y entonces presidente de la Junta Suprema del Reino de León, ordenó arrestar a Melchor Paniagua, difusor de tan malas nueva, por haber consternado a este pueblo y los demás en su tránsito, por haber esparcido con imprudencia varias noticias sobre las ocurrencias de Santander, que en parte han resultado falsas. Se vivieron jornadas de locura y continuas acusaciones entre unos y otros de antipatriotas y afrancesados, por lo que ni siquiera el propio Valdés, con todo su noble y rancio historial, se libró del recelo y la insidia. Efectivamente, el fiel servidor de Carlos III y Carlos IV había salido desde Madrid acompañando a Fernando VII, pero al llegar a Burgos se negó a continuar camino hacia el exilio de Bayona. Al entrar en la ciudad el 8 de junio, corrieron dañinos rumores sobre su persona, así que se presentó ante la Junta el día 14 diciendo que se sospecha de él en León y espera que la Junta le juzgue en el lugar que le corresponde . Y salió del salón, sin decir nada más. Las autoridades leonesas le dieron cumplida satisfacción, hasta el punto de nombrarlo presidente de la Junta en atención a sus muchos méritos y elevada categoría.

Paz con Inglaterra Todas las miserias y grandezas del fluir humano se hicieron patentes en nuestra atribulada capital, pues en la noche del 1 de julio fue asaltada nuevamente la vivienda de Felipe Sierra Pambley, secretario de la Junta. Pero no todos los recelos eran infundados, pues a estas alturas el general Cuesta seguía diciendo que esas sospechas no pueden caber ni aun en la gente más ignorante y grosera; por consiguiente, si así lo vociferan los leoneses, sólo será pretexto para renovar su insurrección y desórdenes... Los miedos de ese pueblo son bien infundados . Con la intención de restablecer el orden público, la Junta acordó que se devolvieran todas las alhajas y el dinero robado por los revoltosos en distintas viviendas particulares, bajo la advertencia de pasar por las armas a los transgresores. Amenaza que podía ser cumplida gracias a los 200 hombres de caballería del Regimiento de la Reina que se asentaron en la ciudad.

Por otra parte, la Junta de León había establecido relaciones con Gran Bretaña, igual que hizo el Principado de Asturias, con la intención de solicitar un crédito. Pero como oficialmente España estaba en guerra con Inglaterra por exigencias del antes aliado Napoleón, la Junta de León manifestó que esta situación resultaba incompatible con las recíprocas muestras de unión y amistad entre ambos pueblos, decidiendo publicar la paz con dicha nación. El día 10 de julio tuvieron lugar en la Catedral nuevas rogativas por el éxito de los ejércitos españoles y se reiteró el juramento de fidelidad a Fernando VII, que seguía en los altares del culto popular:

Niño, que a los Santos Reyes

de Herodes los liberaste,

haz que salga el rey Fernando

del poder de Malaparte.

Si hablamos de la provincia, donde los preparativos bélicos seguían un ritmo igualmente frenético, en Astorga se improvisó el llamado batallón de Clavijo, así conocido pues su enseña era una antigua bandera de origen medieval perteneciente a los marqueses de Astorga y depositada desde trescientos años atrás en la Casa Consistorial de la capital maragata. Según refiere la tradición, un antepasado de los Osorio había ondeado el estandarte durante la legendaria batalla de la Reconquista. Conocemos por los rigurosos estudios del historiador Arsenio García, uno de los más documentados expertos en el tema de la Guerra de la Independencia, la contundente derrota cosechada por los ejércitos españoles en la batalla de Medina de Rioseco, acontecida el 14 de julio de 1808. Nuestras tropas estaban comandadas por los generales Blake y Cuesta, que poco pudieron hacer ante el potencial de pesadilla que mostraron las unidades galas. Un ejército, en palabras de Miguel Artola, capaz de introducir numerosas novedades organizativas y mejoras en el armamento que lo hacían casi invencible, integrado además por soldados muy motivados desde el punto de vista ideológico. Uno de los testigos presenciales de la acción, el teniente coronel Moscoso, refiere el desconcierto que se produjo entre los bisoños batallones españoles: El gran número de conscriptos que por primera vez veían el fuego enemigo y habían disparado un fúsil¿ se atropellan sobre los veteranos y les arrastran en su confusión. ¡Qué espectáculo! ¡Qué desesperación! Los Oficiales abandonados casi enteramente de sus Compañías vagaban por el Campo, espada en mano, sin poder reunir a su aturdida gente; algunos de ellos vimos perecer de los tiros de sus mismos soldados que disparaban sus fusiles al aire y sin más que la casual dirección; todo al fin era un tumulto al cabo de poco tiempo, y a pesar del valor y firmeza de los Comandantes y Oficiales particulares era ya imposible restablecer el orden y hacerlos volver a sus formaciones.

En Medina de Rioseco se destapó la caldera del diablo para los patriotas españoles, que vieron con pesar como el general Blake abandonaba a Cuesta para retirar sus tropas en dirección a Galicia, mientras el capitán general de Castilla, batido en toda regla, decidía dejar el lugar para dirigirse con las orejas gachas a León. La Junta, asombrada ante la magnitud de la catástrofe, dijo estar dispuesta a todos los sacrificios razonables compatibles con las circunstancias, pero que si los enemigos llegaban a León antes de que Cuesta la socorriera, dejarían libertad al pueblo para que capitulase y se librara así de los horrores del saqueo.
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