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s2t2 -El húsar Tiburcio


Después del infructuoso intento de conquistar Astorga en octubre de 1809, el 21 de marzo de 1810 los franceses establecieron un cerco alrededor de la capital maragata con el propósito de tomar tan codiciada plaza. Al mes siguiente, el general Junot se sumó al asedio de una ciudad que ya padecía los estragos del hambre y la falta de municiones
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

El 20 de abril, todas las baterías galas abrieron fuego de forma simultánea, provocando un cañoneo tan atronador que se oía desde León. Al rayar el alba del día 21, y según relata Ángel Salcedo en su monografía sobre la heroica ciudad, unas granadas caídas sobre la Catedral prendieron fuego a la sacristía, incendio que pudo ser atajado con prontitud gracias al esfuerzo de los vecinos. No corrieron la misma suerte distintas viviendas sitas en Rectivía y en las calles de Santa Marta y Sancti Spiritus, arrasadas por las bombas del enemigo.

A las once de la mañana de aquel mismo día se destacó de la trinchera más próxima un soldado con bandera blanca y, una vez adentrado en la plaza, se identificó como español y cabo del Batallón de Voluntarios de Ribadeo, que había sido capturado en Foncebadón. Traía un recado de Junot para el gobernador de Astorga, diciendo que si no se rendía en el plazo improrrogable de dos horas, sus tropas entrarían en la ciudad a sangre y fuego, pasando a cuchillo a todos los que estaban dentro, sin respetar edad ni sexo. El rehén añadió que los franceses ocupaban todos los puertos exteriores, sin que se pudiera esperar socorro alguno por parte del ejército español. Celebró entonces Santocildes una conferencia con los jefes militares, manifestando todos ellos que no procedía rendirse sin haber sufrido un ataque general. Es más, el soldado que trajo la misiva de Junot se negó a volver con la respuesta, pidiendo un fusil para seguir luchando por la patria.

Fue un oficial de los encargados de defender Rectivía quien comunicó la negativa al general galo, quien le mostró los 14.000 soldados que ya estaban preparados para el ataque final. A eso de las dos y media, 2.000 franceses se lanzaron a paso de carga sobre Rectivía, amparada por apenas medio centenar de voluntarios leoneses. Cuando el arrabal parecía a punto de caer, salieron por la Puerta del Obispo el resto de voluntarios de León y varias compañías de Lugo y de Santiago, trabándose unos y otros en un feroz combate a bayoneta calada y arma blanca. La llegada de nuevos refuerzos desde el interior decidió la lucha, pues los galos hubieron de retirarse dejando un montón de cadáveres.

Cargan los granaderos

Sin arredrarse lo más mínimo, un contingente de 1.000 granaderos, fogueados en los campos de batalla de toda Europa, se lanzó sobre la brecha abierta en la muralla, equipados con escalas y asaltos. A pesar de las descargas de fusilería que diezmaban sus filas, lograron entrar en la ciudad y llegar hasta la Catedral, pero la violenta respuesta de los paisanos lograría expulsar a los intrépidos invasores, aunque no alejarlos de la muralla. Y allí mismo se dispusieron a pasar la noche, preparados para reanudar el combate con los primeros rayos de sol. En las calles de Astorga se encendieron fogatas, desde las que se oían perfectamente los golpes de piqueta con que los franceses trataban de colocar minas en el cerco de piedra.

Pese a la proeza de rechazar a los granaderos, la suerte de Astorga ya estaba decidida. Así lo comprendió Santocilces al hacer recuento de las municiones existentes, apenas treinta disparos de fúsil por hombre, veinte tiros de cañón, una bomba y una granada. Y con los torreones de la muralla a punto de derrumbarse, lo que dejaría indefensos a los ciudadanos ante la última y despiadada carga francesa. La junta de jefes se reunió a la una de la madrugada, manifestando su sorpresa ante la sugerencia de capitular que presentó el brigadier catalán. Pero al conocer las escasas municiones restantes, y sobre todo con la intención de salvaguardar al desguarnecido vecindario, se acordó enarbolar bandera blanca al amanecer. Y si el enemigo se negaba a pactar una capitulación honrosa, lucharían todos hasta la muerte. Antes, Santocildes se trasladó al Ayuntamiento para comunicar su decisión a los munícipes astorganos.

Honrosa capitulación El gobernador puso en conocimiento de las autoridades civiles la carencia de municiones, así como la superioridad absoluta de las fuerzas enemigas, como demostraban los dos puntos de la muralla que ya habían sido flanqueados por los franceses. El Ayuntamiento estuvo de acuerdo en solicitar una capitulación honrosa, a excepción del Sr. Martínez Flórez, dispuesto a no ceder en ningún caso. Pero el personaje que brilló con luz propia en aquella lúgubre y memorable sesión, celebrada a primeras horas de la mañana del 22 de abril, fue el anciano Pedro Costilla, antiguo corregidor de Astorga y persona muy importante en la vida social. Santocildes, en su Resumen histórico , recuerda así la actuación del veterano patriota: Este virtuoso y venerable anciano, de más de sesenta años de edad, renovando en su corazón toda la fuerza de la juventud y toda la virtud de los héroes, a pesar de estar convencido de la absoluta necesidad de admitir una capitulación honrosa, prorrumpió lleno de entusiasmo: ¡Muramos como los numantinos!

Al clarear el día se colocó una bandera blanca en la Puerta del Obispo, mientras que el oficial Guerrero cabalgaba hasta las líneas francesas para entregar la capitulación, que Junot firmó sin apenas leerla. A eso de las once entró en Astorga el general Boyer para tomar posesión oficial de la plaza, seguido poco después por Junot, que no quiso aceptar el sable que le tendía Santocildes en señal de rendición. Según el acuerdo firmado en el protocolo de capitulación, la tropa española superviviente, exhausta después de semejante lección de coraje, fanatismo y valor, formó en columna y comenzó a desfilar por el camino real hacia La Bañeza, escoltada por 10.000 soldados franceses que miraban pasar con respeto y admiración a sus antiguos enemigos.

¡No me rindo! Entre los soldados que debían partir de Astorga una vez consumada la derrota se contaba el húsar Tiburcio Álvarez, nacido en Villafrades, un pueblecito de Valladolid, allá por 1785. Había destacado sobremanera durante las aciagas jornadas del sitio, sobresaliendo por su ardoroso patriotismo en acciones como la acontecida el 12 de marzo. El propio José María Santocildes refiere: a presencia de toda la guarnición y habitantes sacó libre a una guerrilla de cuarenta tiradores de esta plaza, que habiendo empeñado una defensa obstinada a un cuarto de legua con una descubierta enemiga superior en número, no solo en infantería sino en caballería, y habiendo sido envuelta por los enemigos y cortada por otra partida de caballería, Tiburcio contuvo con algún otro soldado de veinte y dos caballos que se componía su partida, a los enemigos que atacaban a la guerrilla en retirada, y cargándolos de nuevo, hirió de un golpe de sable al comandante francés que la mandaba, dando lugar con esta acción a que la guerrilla, reponiéndose y adquiriendo mucho valor, los atacara a su ejemplo y los persiguiese, matando algunos franceses y obligándoles a salvarse cada uno como pudo. No menor arrojo mostraría cuando los franceses abrieron brecha en la muralla, pues se presentó voluntario a defender cuerpo a cuerpo la entrada de los enemigos, teniendo el honor de matar con un puñal al primer oficial que intentó traspasar aquel punto que consideraba sagrado. Su extraordinaria figura se ha rodeado por el aura de la leyenda, agrandada en la fantasía popular. Según Salcedo, Tiburcio Álvarez iba a la vanguardia de la columna que salía de la capital maragata con destino a La Bañeza. En ese momento, excitado por la aparatosa ceremonia del desfile, disparó su carabina apuntando al general Boyer, mientras gritaba: Si todos se rinden, yo no me rindo . Otra versión sugiere que, arrojando el fúsil al suelo, Tiburcio se lanzó sobre el enemigo y mató unos cuantos franceses con su sable antes de ser reducido. Portentosa hazaña merecedora de la correspondiente composición poética:

Tiburcio mató a un francés

gritando: ¡Yo no me rindo!

Y después lo fusilaron¿ dicen que por asesino. Los hechos reales no ocurrieron exactamente así, tal como anota Santocildes al referirse al heroico húsar: Este fue pasado por las armas por los franceses, por haber intentado matar a un edecán del general Boyer, después de rendida la plaza y firmada la capitulación. Testigos presenciales de los acontecimientos afirman que Tiburcio Álvarez estaba con sus camaradas de armas cuando vio entrar a grupos de franceses en Astorga. Al conocer que se había firmado la rendición, gritó en forma desaforada ¡yo no capitulo! y se lanzó sable en mano contra los gabachos, salvando uno de ellos la vida al refugiarse en un portal. Llevado a presencia de Junot y juzgado sumariamente, fue pasado por las armas al pie de un negrillo, a la salida de Rectivía para la Fuente Encalada, y allí mismo recibió precaria sepultura. Con el paso del tiempo la figura de Tiburcio Álvarez iría cobrando tintes más épicos, acrecentados tras el decreto emitido por las Cortes de Cádiz el día 30 de junio de 1811, expedido para premiar la gloriosa resistencia de Astorga a las huestes francesas. Con respecto al mártir, afirma: pereció víctima de su resolución y de la patria, con la serenidad propia de las almas grandes, aparte de recomendar la justa recompensa y honrosa memoria de su entusiasmo y heroicidad. Emotivas palabras para cerrar la semblanza de uno de los más señeros protagonistas de la Guerra de la Independencia.
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s2t2 -(13) El Sitio de Astorga

El Sitio de Astorga
LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN (13)
El cruel arranque del siglo XIX afectó sobremanera a la señorial capital maragata, una urbe empapada en la rancia solera que proporcionan los siglos. Huéspedes tan incómodos como Napoleón Bonaparte hollaron su solar, que se convertirá en pieza codiciada para los ejércitos galos en 1809
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

Hostilizada Astorga desde el mes de septiembre, el brigadier catalán José María de Santocildes fue nombrado gobernador de una plaza apenas defendida por un millar de soldados inexpertos y mal armados. Las muescas de la historia se hacían patentes en las prácticamente desmoronadas murallas, así que el general francés Carrier inició el 9 de octubre un ataque que presentaba todas las garantías del éxito. Al mando de 3.000 hombres reforzados por dos piezas de artillería se lanzó sobre los arrabales y, protegida por las casas de Recitivía, la tropa gala cercó la Puerta del Obispo, defendida por un conglomerado de paisanos, mujeres y la guarnición de Voluntarios de León que dirigía Félix Álvarez Acebedo. La lucha, que se prolongaría durante cuatro horas, adquirió tintes épicos:

En la Puerta del Obispo

es la lucha más reñida,

por ser el punto más débil

y el que en franquear

se obstinan;

pero a estorbarles el paso

la gente está decidida

y ni el peligro la espanta ni el morir la atemoriza. Una crónica de ira, venganza y sangre que se inclinó, sorprendentemente, del bando español, capaz de batir en toda regla y provocar la retirada del humillado Carrier. Uno de los caídos en tan memorable jornada fue el civil Santos Fernández, sustituido en la refriega por su padre, al grito de ¡Si mi hijo ha muerto, aquí estoy yo para vengarle! Tan grave resultó la afrenta para el honor galo, que cuando la naturaleza comenzaba a vestirse con los primeros colores de la primavera comenzó el sitio de Astorga, contundente hito histórico cuyo punto de partida se encuentra en la primera hora de la tarde del 21 de marzo de 1810. En ese momento se avistó desde la torre de la Catedral un fuerte contingente comandado por el general Clousel, uno de los oficiales más brillantes y experimentados del ejército bonapartista.

La casa del Cortijo

Los 2.000 jinetes llegados el primer día rodearon la ciudad por completo, reforzando el cerco con otros 4.000 efectivos de todas las armas que aparecieron en las siguientes jornadas. Los franceses establecieron su centro de operaciones en una casa denominada «del Cortijo», al tiempo que ocupaban los pueblos vecinos de San Justo y San Román. El día 23 se cruzó importante fuego de fusilería entre sitiadores y sitiados, con los enemigos realizando distintas incursiones por la zona de Rectivía. La jornada siguiente reservaba una grave sorpresa para Santocildes, pues en torno a Astorga apareció una red de trincheras perfectamente entrelazadas, dibujando un muro concéntrico en torno a la plaza. Para elevar la moral de los astorganos, el gobernador dispuso efectuar una salida hasta muy cerca de las trincheras enemigas, llevada a cabo por mil infantes y una docena de jinetes.

El día 26 de marzo resultaría uno de los más críticos del sitio, ante la orden del general Boyer de ocupar por sorpresa el arrabal de Rectivía. Una columna de granaderos se acercó a las defensas amparada en la oscuridad de la noche, efectuando una descarga a quemarropa que sorprendió a los nuestros. Acto seguido entraron a la carrera en la barriada, apoderándose a paso de carga de algunas viviendas. El Regimiento de Lugo, responsable de la defensa, se repuso pronto de la confusión, respondiendo con tiros y cargas de bayoneta en un combate que duró poco más de dos horas y se saldó con la retirada de los franceses, aún a costa de numerosas pérdidas entre los patriotas maragatos. Por la tarde repitieron la intentona, entonces sobre el puente de los Molinos, siendo nuevamente rechazados. En cambio, y ello supuso un gran éxito, lograron cortar el agua con que se surtía la ciudad. A lo largo de las siguientes jornadas se mantuvo el fuego por una y otra parte, mientras aumentaban las trincheras y campamentos donde se alojaron las tropas que en número creciente llegaban a reforzar el campo.

Fuente encalada Al amanecer del día 30 y según los estudios de Ángel Salcedo, Auditor de Brigada del Cuerpo Jurídico, los astorganos amanecieron con otra desagradable novedad. Sobre una loma, en el sitio llamado las Tejeras , a sesenta toesas de la muralla, los franceses lograron colocar dos cañones que, bien dirigidos, podían suponer el fin de la ciudad. Ante una amenaza de semejante calibre, y nunca mejor dicho, se decidió que una fuerza mandada por el coronel Félix Álvarez Acebedo cargase contra la posición. Así lo hizo al frente de trescientos hombres, hasta lograr que los franceses desalojaran la trinchera, dejando tras de sí armas, mochilas y herramientas de ingeniero. Durante las siguientes jornadas continuó la refriega, logrando los enemigos conquistar el convento de Santo Domingo. El 1 de abril también se perdió la Fuente Encalada, por lo que el surtido de agua sólo dependía ya de los pozos abiertos en la ciudad.

Por resultar imposible defender los enclaves exteriores, y haciendo uso de la doctrina del mal menor, Santocildes ordenó evacuar el convento de Santa Clara, incendiándolo antes para que no cayera en manos de los sitiadores. La muralla peligraba igualmente, por lo que todo el vecindario se dedicó a reforzar con sacos y espuertas de tierra el anillo pétreo, amenazado por el enemigo con productos inflamables. En esta tesitura, la población entera lanzó un enorme suspiro de alivio al conocer la nota, traída por tres soldados que entraron a la carrera desde el exterior, en la que el general Mahi prometía, de forma un tanto imprecisa, auxiliar a la ciudad con su poderoso ejército de 4.000 mil soldados. Santociles hizo que se leyera la carta en público, ante la natural alegría del vecindario.

Sin tiempo para disfrutar la noticia, los franceses asaltaron el arrabal de Puerta del Rey en una lucha trabada incluso con armas blancas, colocando una nueva batería frente a la ermita de Santa Colomba. También incursionaron por el arrabal de San Andrés, situando otro potente cañón en la llamada huerta del Rulo. Desde todos estos enclaves se disparaba al interior de la ciudad, que para el día 13 de abril ya se resentía de la carencia de alimentos, lo que provocó un bando de Santocildes en el que prescribía, bajo severísimas penas, la mayor economía en el consumo de víveres.

Falsas promesas El día 14 de abril lograba entrar en la asediada Astorga un confidente, portando un oficio del brigadier José Meneses, comandante general de la vanguardia del ejército de Galicia. En él se decía: Sr. Gobernador. Luego tendrá usted un socorro poderoso . Tales palabras sólo pretendían ser, en opinión del citado Ángel Salcedo, un intento de elevar el ánimo de la agobiada población, ya que el socorro prometido era imposible de todo punto. El regimiento de 3.000 o 4.000 hombres que se encontraba entonces en Villafranca, no podía enfrentarse de ningún modo con los casi 50.000 efectivos del 8º Cuerpo del ejército galo acampados frente a la capital maragata. Tampoco el ejército aliado de Wellington, situado en los alrededores de Ciudad Rodrigo, consentiría en desalojar la zona central de la península para prestar ayuda a los 2.000 españoles encerrados en Astorga.

La plaza estaba condenada a sucumbir, por más que Santocildes creyera en un primer momento en la promesa de Meneses. Al fin y al cabo, llevaba para entonces veinticuatro días cercado, desconociendo lo que había ocurrido en el exterior durante todo este tiempo. Aquel mismo día 14, el comandante en jefe Junot salió desde Valladolid, donde tenía establecido su cuartel general, con destino a Astorga, dispuesto a finalizar el cerco con una victoria decisiva. El propio Santocildes, en su diario, afirma que el día 17 se vio a un general con escolta de 60 caballerías que revistó toda la línea francesa y reconoció la plaza, creyendo que era el mismo Junot. Al anochecer, y siempre según Santocildes, se retiró a Castrillo de los Polvazares.

La llegada de tan alto mando aligeró los preparativos franceses, pues al siguiente día se había levantado una formidable batería de brecha con nueva piezas, sin que los astorganos pudieran responder en condiciones pues las municiones de cañón faltaban casi por completo. También amenazaba con derrumbarse parte de la muralla, debilitada por el impacto de los proyectiles y el traqueteo de los disparos que se realizaban desde lo alto. Para remediarlo, se construyó un nuevo terraplén con material extraído de la Huerta del Obispo. Y sobre la pendiente se colocaron cuatro cañones de diferente calibre, cargados con granadas, bombas y morteros de piedra.

El día 20 de abril, a las cinco en punto de la mañana, todas las baterías galas dispararon al unísono, provocando un cañoneo tan formidable que se oía desde la capital. Según testigos presenciales, muchos leoneses salieron a la pradera del Calvario para escuchar tan amedrentador sonido. La horrorosa cortina de plomo cayó hasta mediodía sobre la desamparada Astorga, en cuya muralla se abrió una brecha que fue tapada a marchas forzada con costales y barricas. La ciudad parecía condenada sin remedio, pero antes habría de protagonizar una página inmortal e inolvidable en la historia leonesa.
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s2t2 -1809, un año crítico

1809, un año crítico
LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN(12)
La última cruzada emprendida por la vieja España en 1808, surgida en defensa del rey Fernando, la Religión y la patria, no presentaba buen cariz a comienzos del siguiente año. El general Loison había sido nombrado gobernador general del Reino de León, con el objetivo de «restablecer la confianza, el orden y la tranquilidad, y reparar los desórdenes que son consiguientes al paso de los ejércitos»
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

Una guarnición gala ocupaba permanentemente la capital, cuyos vecinos soñaban con tiempos mejores mientras trataban de llevar una vida más o menos normal en aquel polvorín cargado de tensiones. Decididas a renovar las rancias tradiciones españolas mediante un baño de modernidad, las nuevas autoridades ratificaron a Alejandro Alonso Reyero en el cargo de corregidor, nombrando regidores a Rafael Daniel, Manuel Castañón, Rafael Canseco y Nicolás Suárez. Todos ellos, acompañados por el obispo Pedro Luis Blanco, formaban parte igualmente de la Junta Particular, nuevo organismo creado por los franceses.

La ancestral división del país en reinos y provincias se sustituyó por un organigrama de 38 intendencias, cuyos responsables tenían a su cargo la inspección de los hospitales y casas de misericordia, la educación pública y el fomento de la agricultura y la industria, entre otros cometidos. Manuel de Ciarán fue el intendente designado para León, puesto que ocupará durante todo el período de dominación napoleónica. Por encima del intendente estaba la figura del comisario regio, encargado de comprobar la aplicación de las órdenes dictadas por el rey José Bonaparte, inspeccionar la fidelidad de las autoridades y fomentar, en definitiva, un espíritu de adhesión a los franceses. El conde de Montarco, antiguo Consejero de Estado, fue nombrado comisario regio para las provincias de Santander, León y el Principado de Asturias. Pero a decir de un folleto publicado después de la guerra, el recibimiento de la capital leonesa a su persona no resultó especialmente caluroso: Vino a esta ciudad en la primavera de 1809 el ridículo viejo conde de Montarco de comisionado regio por el rey intruso. Lo primero que trató de informarse fue del espíritu público, y al momento le designan como principales perturbadores a D. Lino Alambra, a D. Pedro Gaztañaga y a D. Pedro Unzúe. El tal comisionado regio los llamó a todos tres por esquela a distintas horas, y a cada uno de por sí les echó una sermonata, que no faltó más que sacar el Cristo para que la predicación hubiese sido completa. Los delatores, que sin duda aspiraban a más, dieron parte a su buen rey de que su regio comisionado se había andado con paños calientes, y que convenía para tranquilizar la opinión y amedrentar a los demás, que a los canónigos D. Francisco Campomanes, D. Lino Alambra y D. Pedro Pascual se les recluyese en el Seminario de San Froilán por dos meses, en donde aprendiesen el respeto y obediencia que se debía al rey y a sus leyes.

Llega la guerrilla Fanáticos del culto al orden, los franceses dedicaron todos sus esfuerzos a mantener una ficción de normalidad en la vida cotidiana. Con este fin, el general Loison dio el visto bueno a un Reglamento de Policía para la ciudad de León y pueblos comarcanos que regulaba aspectos referidos a la compraventa de mercancías, limpieza de la capital, armas que poseían los vecinos o la obligación de declarar a las personas alojadas en las viviendas particulares. La infracción a cualquiera de dichas normas era castigada con penas pecuniarias. Pero la tranquilidad pública que pretendían garantizar las autoridades afrancesadas, dividido su corazón entre el amor a la patria y sus ideales ilustrados, se vino abajo cuando los días 9, 10 y 11 de julio de 1809, las tropas mandadas por el general Chalot abandonaron León, no sin advertir que estuvieran dispuestos suficientes suministros para cuando tuviese lugar su regreso, pues de lo contrario serán terribles contra los inobedientes y omisos los procedimientos y penas con que serán castigados. Apenas terminaban de salir los últimos soldados galos, y mientras los regidores estaban reunidos en el Ayuntamiento, cuando una partida de seis o siete hombres pertenecientes al grupo de Acebedo entraron en la ciudad para informarse de los movimientos del ejército invasor. Enterados por el corregidor de que los franceses regresarían en breve, los guerrilleros partieron de la capital sin molestar a nadie. La guerrilla había encontrado un gran aliado en los montes de la provincia, lugar perfecto para perpetrar las emboscadas y audaces golpes de mano con que golpearon una y otra vez al enemigo. Tal como rezaba la propaganda bonapartista, la canalla se ha echado a calles y caminos , inventando una forma de guerrear que daría lugar a un término utilizado en castellano en todo el mundo. Se trataba de un conglomerado compuesto por desertores cercanos al bandidaje, campesinos, curas absolutistas y artesanos liberales, que jugaría un papel crucial al dificultar a los franceses el dominio del territorio.

Porlier en León El ejército napoleónico regresó efectivamente al poco, aunque el día 26 de julio la guarnición salió nuevamente de la capital. El comisario Montarco informó del hecho a la municipalidad, a fin de que arbitrasen las medidas oportunas para mantener la salud y tranquilidad pública. Así lo hizo el Ayuntamiento, emitiendo un bando con recomendaciones para preservar el orden y respetar las cosas, ordenando que los comisarios de Policía y los regidores de los arrabales, escoltados por vecinos de probada lealtad, rondasen por las noches y trasladaran los enfermos del Hospital Militar al de San Antonio Abad. Medida que de poco habría de servir, pues en la misma tarde del día 26 se presentaron en la capital cinco o seis jinetes, con espadas desnudas y socolor de Militares . En la sesión municipal del día siguiente, Claudio Quijada expuso que, hallándose desempañando su comisión para resguardar la Puerta de Renueva, se acercaron a dicha entrada hacia las 4,30 de la tarde, poco más o menos, 80 hombres a caballo y armados con espada y, habiendo preguntado al que al parecer los capitaneaba, dijo que buscaba al juez del pueblo para lo que se dirigía a la Plaza Mayor. Sigue refiriendo Quijada que el grupo se introdujo en la ciudad, dando paso a un destacamento de infantería de 70 hombres con sus fusiles, bayoneta armada y tambor batiente. Aún más, al amanecer del 28 entraron por Puerta Obispo alrededor de 200 hombres a caballo con espadas y clarines, encabezados según se decía por Juan Díaz Porlier, apodado el Marquesito . Permanecieron en la capital hasta las once de la noche, cuando marcharon por la calzada de Puente Castro. Al día siguiente se presentó un oficial, logrando abastecerse con 6 ó 7 carros cargados con pan, carne e incluso leña, cargamento que fue llevado a Villavente. También llegó a León otra partida con 70 hombres de caballería y alrededor de 300 de infantería. Era apenas una avanzadilla para la entrada, en la tarde del 29 de julio, de Luis de Sosa, comandante general español del Reino de León y de las Divisiones de Voluntarios.

Euforia patriótica

El pueblo recibió con alborozo la aparición de los nuestros, pese a que el enemigo tenía distribuidos importantes contingentes armados por los pueblos de Mansilla, Valencia de Don Juan, Mayorga y Valderas. Como consecuencia de su postura recelosa hacia los munícipes en funciones, nombrados al fin y al cabo por los franceses, Luis de Sosa los cesó en sus cargos, decisión ratificada por la Junta Superior del Reino. Y para contener el previsto e inminente ataque galo, se reforzaron las puertas de la ciudad con gruesas empalizadas. Un trabajo realizado entre canciones rebosantes de euforia patriótica:

¡Viva la alegría! ¡Viva el buen humor! ¡Viva el heroísmo del pueblo español! El día 7 de agosto tuvo lugar el previsto encontronazo entre ambos ejércitos, choque armado que se trabó en el entonces arrabal de Puente Castro con el resultado de varios muertos y heridos por cada bando. No obstante, el cerco galo se estrechaba cada vez más, hasta el punto que Porlier y más tarde Luis de Sosa hubieron de abandonar León a su suerte, dados los ingenuos auxilios que pudo prometerse de nuestros cuerpos de ejército, a pesar de haberlo solicitado por seis veces, ya que los jefes militares no podían ejercer estos auxilios por las órdenes terminantes del Sr. General en Jefe . A mediados de agosto las tropas del general Kellermann tomaron de nuevo posesión de la capital, y según su versión, con satisfacción de todos los habitantes . Sin duda, el hartazgo del conflicto había provocado algún roce con la guerrilla, tal como declaró el apesadumbrado Luis de Sosa.

Desde esta fecha hasta el mes de diciembre de 1809, la capital será tomada y abandonada consecutivamente por unos y otros. Después de ser ocupada otra vez por Porlier, la caballería gala del coronel Dejean robó el día 16 de septiembre la plata de San Isidoro y hermosos ornamentos sagrados de otros conventos leoneses. Punto clave en la estrategia conjunta para el territorio norte peninsular, León cambia de manos en función de los intereses tácticos inherentes al movimiento de los ejércitos rivales. Así hasta el día 8 de diciembre, cuando las tropas francesas mandadas por el general Ferry, nuevo gobernador de la Provincia, se instalan de forma más estable y continuada, nombrando autoridades afines a su causa. El siguiente objetivo de los militares napoleónicos sería Astorga, víctima de un asedio que pasará a los anales militares españoles.
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Aparece la fosa de una embarazada y de su hijo de 3 años paseados en 1936


Aparece la fosa de una embarazada y de su hijo de 3 años paseados en 1936

Fueron fusilados como represalia a Isaac Cabo, marido y padre, que estaba escondido en el Pajariel
Los restos de ambos permanecían desde hace 72 años ocultos bajo una vivienda en el barrio de Flores del Sil
A. Calvo ponferrada
La historia era conocida en el Bierzo. Jerónima Blanco Oviedo y su hijo Fernando Cabo Blanco, de tan sólo 3 años, fueron paseados y abandonados en la orilla de la carretera en agosto de 1936. Durante tres días sus cuerpos estuvieron a la intemperie hasta que una familia de Toral de Merayo decidió enterrarlos. La mujer, de 22 años, estaba embarazada y su muerte y la de su hijo fue utilizada como represalia contra su marido, Isaac Cabo Pérez, que desde el principio de la contienda civil permanecía escondido en el Pajariel por su afiliación sindical y por las ideas políticas de toda su familia, vinculada a la izquierda.

Ayer, la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica comenzó los trabajos de exhumación de los cuerpos de Jerónima y de su hijo. Ocultos bajo un chamizo de madera han permanecido durante más de 70 años, sin que la dueña actual de la vivienda supiera que ambos estaban allí, de hecho, según fuentes de la asociación, la propietaria pensaba que estaban en otra zona de la finca, cerca de otra edificación.

La historia de la familia de Jerónima e Isaac y de su hijo Fernando traspasa el dramatismo. Una de las tantas veces que el marido bajaba desde el Pajariel a Flores del Sil a ver su familia sólo encontró, a la orilla de la carretera, los cuerpos de su mujer en avanzado estado de gestación y de su hijo. Entonces, huyó a Asturias. Poco después se enteró de que los falangistas también habían matado a sus padres, a dos de sus hermanos y su cuñado.

Una carta desde Santander

Isaac fue detenido, poco tiempo después en Santander. Allí fue juzgado y allí escribió una carta para pedir el indulto. Ésta fue una de las pistas que siguieron los miembros de la asociación para localizar ambos cuerpos. El hombre, que después de ser liberado regresó al Bierzo, decidió emprender una nueva vida en Pedrún de Torío, donde volvió a casarse. Uno de sus hijos ha colaborado con la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica para localizar a la primera familia de su padre, que murió en los años 80. Los voluntarios tuvieron que ir acotando el espacio, recurriendo a testimonios de aquellos que vieron los dos cuerpos en la orilla de la carretera y el entierro, documentos del juicio y cartas que ahora han permitido encontrar a Jerónima y al pequeño Fernando.

El cofundador de la asociación Santiago Macías, continúa esperando una respuesta del Ayuntamiento de Ponferrada desde que el año pasado le solicitara un espacio en el cementerio municipal para enterrar los cuerpos de los paseados que no son reclamados.
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(11)Cantineras militares, mujeres de armas tomar


LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LEÓN
Bajo su atavío femenino, y casi siempre pobre, latían corazones llenos de valor y de abnegación. Las cantineras eran la verdadera flor de los campos de batalla para los ejércitos de aquella época, y por supuesto de la cruel Guerra de la Independencia
FirmaTexto: Javier Tomé y José María Muñiz

El poder de Napoleón se hallaba en su apogeo allá por el año 1807, y toda la Europa continental estaba supeditada a su voluntad. En el mes de julio de ese mismo año hizo anunciar al Gobierno español su decisión de enviar a Portugal un contingente francés para obligar a dicha nación a cerrar sus puertos a los ingleses y expulsarlos de sus fronteras. Comenzaron entonces las conversaciones con Godoy que dieron como resultado el infame tratado de Fontaineblau firmado el 27 de octubre, en el que se estipulaba que Godoy recibiría el Principado de los Algarbes y a Carlos IV se le otorgaba el pomposo dictado de Emperador de las Américas. Éste, en cambio, se comprometía a mantener y alimentar a los soldados galos destinados a la ocupación de Portugal, permitiendo su paso por territorio español.

No vieron o no quisieron ver nuestros gobernantes la estratagema, el deseo vehemente de Bonaparte de ocupar así la Península Ibérica. Sesenta mil soldados se agolparon súbitamente sobre los Pirineos, prontos a cruzar la frontera y penetrar en el corazón de nuestra desventurada patria sin pegar un solo tiro. Al año siguiente, en 1808, los españoles comenzaron a manifestarse en muchas ciudades contra los franceses y en distintas fechas. En León, concretamente, hubo un manifiesto el 24 de abril de dicho año, tres meses antes de que las tropas francesas llegaran realmente a la capital, donde penetraron por el barrio extramuros de San Lorenzo.

A Napoleón siempre le acompañaban en sus campañas las cantineras, que además de suministrar víveres a los soldados, les servían de consuelo moral o ejercían de útiles enfermeras, además de su «biblioteca portátil». Según cuentan, el amor a los libros de este arrasador de naciones y empedernido «bibliómano» era tal, que se hizo construir una gran y completa biblioteca portátil. Constaba de un millar de libros que no superaban los diez centímetros de largo por seis de ancho, para facilitar así el traslado. Comprendía cuarenta volúmenes de materias religiosas, cuarenta de poesía épica, cuarenta de obras dramáticas, sesenta de versos, sesenta de historia, cien de novelas y los restantes de memorias históricas. Siempre que Bonaparte proyectaba una campaña dirigía instrucciones a su bibliotecario, un tal Barbier, encargándole libros que pudieran tener relación con aquélla, así como planos y documentos históricos sobre las mismas. Pero a pesar de la multitud de libros que solicitó sobre España, ello no impidió que Napoleón perdiera la guerra.

Un barril por bandolera

Cuando el 1 de enero de 1809, precedido el día antes por el mariscal Bessières, entró Napoleón en Astorga viniendo por Valderas y Benavente, pasó revista a casi setenta mil soldados y jinetes, formando también un pequeño grupo de mujeres, las famosas cantineras. Luego se retiró a su tienda de campaña, donde ya habían instalado su biblioteca, debido al mal tiempo y para que descansaran las tropas y reagruparlas, según narran las crónicas. Horas antes de llegar el emperador galo, la ciudad de Astorga había sido abandonada por las tropas del marqués de la Romana y las inglesas del general Moore, de camino hacia La Coruña.

Las cantineras son personajes poco conocidos, típicas de los ejércitos de antaño, una reminiscencia del pasado con su falda corta y el barrilito colgando de la bandolera. Habían surgido en una época romántica. La cantinera uniformada y formando en filas, verdadera flor de los campos de batalla, fue exotismo pasajero. Los españoles lo habíamos tomado de los franceses, con quienes alcanzaron gran popularidad desde la época de Napoleón. En tiempos de guerra seguían a los ejércitos con una pequeña cantina ambulante, despachando bebidas o comestibles a los soldados. Sin ningún distintivo especial, vestían al igual que cualquier mujer del pueblo, como podemos apreciar en la iconografía que ilustra este reportaje, y normalmente llevaban sus provisiones en un gran cesto colgado al brazo, o cuando más en un carricoche destartalado, del que tiraba un mísero rocín. Sin embargo, bajo su humilde apariencia, latían corazones llenos de patriotismo y valor. En algunas provincias se llegaron a crear las «compañías de mujeres» bajo la advocación de Santa Bárbara, con el deber de auxiliar a la guarnición, socorriendo a los heridos y repartiendo provisiones.

La dama de La Cándana

Napoleón condecoró a gran cantidad de ellas como recompensa a su comportamiento en el campo de batalla, honra para la clase de las cantineras. Así Teresa Fromageot, herida mientras daba de beber a los soldados que habían quedado lisiados. Catalina Rohmer, que asistió al sitio de Zaragoza y fue también herida. María Bourane, salvadora de un soldado que se ahogaba en otra batalla. Hay que destacar igualmente a las esposas de algunos arrieros maragatos, que ejercieron de cantineras ayudando a los ejércitos españoles y a las guerrillas en las contiendas habidas contra los franceses al paso por nuestra agreste y montañosa provincia. No hay que olvidar el servicio que los arrieros maragatos han prestado siempre al Estado y a la Corona. Podemos señalar como cantineras maragatas que destacaron en esa guerra, según fuente particular, a Trinidad Botas, de Castrillo de los Polvazares, Manuela Salvadores, de Santa Colomba, o Juana Calvo, de Rabanal. No nos hemos de olvidar de Amalia Alonso, conocida por la Dama de la Cándana, admiradora de su heroína, la Dama de Arintero. Amalia nació en un lugar del valle del Curueño allá por el año 1770, posiblemente en la Cándana. Era buhonera de profesión y en un pequeño y destartalado carromato, tirado por una mula flaca, recorría todos los pueblos del valle. Tendría unos 40 años cuando se enroló como cantinera al servicio de la guerrilla que luchaba contra el ejército galo. Se alistó al lado del famoso guerrillero fray Juan de Deliva, de sobrenombre el Capuchino , que actuaba por León y era correligionario del afamado Empecinado .

En años posteriores, y en recuerdo de los servicios prestados por tan heroicas mujeres, no sólo como abastecedoras, sino como excelentes auxiliares en la cura y socorro de los heridos, se les dio un carácter militar. Como uniforme se les asignó un traje casi masculino con falda corta y pantalón. Con el fin de evitar escándalos, se exigía que la cantinera fuese casada, y matrimoniada con militar. Se prefería a la mujer de un soldado raso, de un corneta o de un tambor. Además, estaba sometida al reglamento y tenía puesto en filas, detrás de la banda de tambores en las grandes revistas y detrás de la última compañía de su batallón en los desfiles y marchas.

Sirvo a una dama

Aquellas cantineras jóvenes, bonitas las más, se ofendían cuando se les recordaba su sexo o a sus hijos, pues no reconocían otra familia que su regimiento. España las introdujo con éxito en la guerra de África. Su uniforme consistía en sombrero embreado con largas cintas, pantalón como el de la tropa, falda corta, cubierta por delante con un pequeño delantal y corpiño de corte militar. Fortuny supo pintarlas, con hermoso detalle, en el magnífico boceto de la batalla de Wad-Ras. Los periódicos de la época dedicaron especiales elogios a la heroica cantinera de los cazadores de Baza, llamada Ignacia Martínez, que salvó la vida de muchos soldados con riesgo de la propia. Después de haber estado en la guerra siete años, con el ejército del Norte, no quiso abandonar la vida del campamento y siguió toda la campaña de Marruecos.

Cuando en los primeros años del siglo XX desaparecieron las cantineras, ya no eran más que las honradas mujeres de los cantineros; esto es, del cabo de tambores o del viejo sargento reenganchado, que para ayudarse un poco establecían una cantina en el cuartel, previa autorización de sus jefes y mediante el pago de cierta cantidad al regimiento que utilizaba la diminuta tiendecilla. En los ejércitos de Ultramar, nuestras tropas también iban seguidas de las cantineras, y algunas se embarcaron voluntarias hacia aquellas lejanas colonias que acabamos por perder. ¿Cuál era el arma que usaban las cantineras? Desde luego, la navaja, que además de ser objeto familiar y popular en la vida de los españoles, resultaba fácil de camuflar y esconder. Esta arma fue una de las más usadas contra los franceses en la confrontación bélica iniciada en 1808. Fueron muchos los soldados del país invasor que perdieron la vida merced a las navajas empuñadas por las cantineras, que preferían a cualquier otra arma por lo fácil de llevar en cualquier parte de su indumentaria. Cortaban las cinchas de las cabalgaduras de los caballos, y una ver derribados eran degollados. Se cuenta que en la hoja de la navaja de estas valientes mujeres aparecía la inscripción: Sirvo a una dama, la defenderé con la ayuda de Dios . Y es que las mujeres sencillas del pueblo, aquellas cerilleras, floristas, aguadoras o vendedoras ambulantes de otras épocas, confiaban su defensa en la navaja que solapada y dormida entre los pliegues de su ropa, las infundía confianza y tranquilidad.

Entre la historia y la leyenda, así fue el heroísmo, sin escatimar sacrificios ni regatear valor de las cantineras, empeñadas en la lucha por las libertades contra las tropas de Napoleón. Luego se acabó lo nacional, y para bien o para mal, vendrían las dos Españas.
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